Buitres

Eduardo Dominguez Lobato-Rubio
De los buitres económicos
Eduardo Dominguez-Lobato Rubio.-Y los encontramos siempre donde mismo, puntos concretos  de cualquier orilla de  estos campos empresariales, imperturbablemente fieles a sus genes, y  atentos a los despojos  concursales de cien mil negocios.
Y desde lejos parecen como algún cónclave imposible de chaquetas y carpetas, sentados y de pie, frente a la sala de vistas , la mesa de subastas o el consejo de administración.
Ayer volví a verlos, con su plumaje distinguido, impertérritos , aparentemente pacíficos, callados y como indiferentes al trajín humano de los alrededores.


Porque cualquier espectador curioso  puede empezar a preguntarse cómo es que el mal de los muchos siempre puede ser el negocio de algunos, buitres desparramados, amparados por leyes convivenciales, entre sus mayores o menores valores jerárquicos y con unos simples códigos de conducta, afianzar a la víctima y desmembrar patrimonios.
 
Cierto es que las hormigas devoran restos e inmundicias, pero al menos con la humildad del pequeño, la constancia del hábito y la opacidad de su color negro. Los buitres no, se adelantan a los impagados y a los balances, se constituyen en tribu, se hermanan con las subastas de capitales y se vertebran en el primer y único término de su seguridad,  el interés, el dinero.
 
 Y a lo que se ve, siempre necesitan más, porque ni siquiera entienden de solidaridad, ni de misericordia en cada remate, en cada operación.  Ya lo sabemos, nadie ayudará a nadie, porque la aparente cohesión y firmeza de los corros bienhechores termina casi siempre indefectiblemente en desbandada, en sálvese quien pueda.
 
Más todavía: multitud de soñadores y poetas le ofrendan rendidamente infinidad de madrigales y sonetos a sus maneras, a su estampa, a su volar esbelto, y también, otros los han zarandeado como los arcángeles del diablo, balizas plumíferas, pigmaliones de la estepa,  porque el aire es libre y el papel lo aguanta todo.
 
El caso es que ahí siguen, entre sus subastas, sus capitales, sus leyes concursales sus consejos de administración y convenios, ahí siguen en esa seguridad opaca en la que viven.
Y sepa usted, que seguro que los tiene ahí, en la inmediatez y cercanía, pendientes de cualquier rumorología sobre sus cosas, deseando su extravío financiero o su desesperación.
Pero sepan también, que algún  pesticida hay, o repelente ahuyentador , ese que les haga ver, que la muerte, la de usted, no está ni mucho menos cerca, y de que habrán de volar hacia otros lares.

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