La dignidad de quienes limpian lo que otros ensucian
SD.- Nota aclaratoria La editorial que van a leer es la traducción libre que hemos trabajado de un periodista bloguero italiano llamado Matteo Gracis y que por su importancia creemos que es relevante en cualquier lugar. Si queréis verlo aqui tenéis la url de su facebook
Hoy he visto a una barrendera hacer su trabajo.O, mejor dicho, a una trabajadora ecológica, como quizá deberíamos llamarla hoy.
Más allá de las definiciones, quisiera compartir una reflexión.
Cuando éramos niños, muchos escuchamos a los mayores decirnos: «Estudia, trabaja, esfuérzate, porque si no acabarás así». Y ese “así” aludía a trabajadores y oficios como el de barrendero, como si se tratara de algo degradante.
Hoy, ya adulto, pienso exactamente lo contrario.
En la sociedad que nos ha tocado vivir, el trabajo del barrendero es probablemente uno de los más virtuosos, nobles y dignos que existen. Son personas que limpian lo que nosotros ensuciamos, que mantienen el orden en el decoro urbano. ¿Cuántos pueden presumir de algo así? ¿Cuántos, en cambio, contribuyen cada día a la degradación del entorno?
Y, sin embargo, seguimos considerando estos trabajos como menores, triviales o despreciables, mientras ensalzamos otros oficios y maneras de ejercerlos de los que, en realidad, deberíamos avergonzarnos.
Pensemos, por ejemplo, en los llamados influencers: personas dispuestas a cualquier cosa por un “like”, un “follow”, un poco de notoriedad virtual. Poco importa el precio a pagar: espectáculos de feria, instrumentalización de la beneficencia, promoción de las peores multinacionales o cualquier otra basura. Lo importante es hacerse viral. Lo demás, ¿a quién demonios le importa? Por no hablar de la cantidad de muchachas que mercadean con su propio cuerpo en redes sociales.
Todo está fuera de control: plataformas y aplicaciones creadas expresamente para ello, pódcasts y radios que blanquean la chabacanería como práctica habitual, ni más ni menos.
Esto sí es decadencia humana. Esta es la verdadera falta de dignidad.
Pero hablemos de mi propia categoría profesional: el periodismo.
Durante un tiempo fue un oficio noble. Hoy está infectado de plumillas a sueldo, cortesanos, felpudos y megáfonos institucionales. Gente que, si el trasero de los poderosos fuera de papel de lija, se quedaría sin lengua. ¿Eso es un trabajo digno? Lo siento, pero el del barrendero lo supera con creces.
¿Y qué decir de los médicos? ¿De los hombres y mujeres de ciencia? En el último año hemos visto a no pocos cantar en televisión, completamente vendidos a la industria farmacéutica, renegando del juramento hipocrático y de cualquier principio moral.
Luego están los directivos y gestores que viven para el beneficio, aplastando derechos, aprovechándose de las personas y destruyendo vidas en nombre de los números. Para la sociedad son triunfadores, gente de éxito, ganadores, siempre que exhiban un Ferrari o un Rolex.
Y, en fin, los políticos, a los que seguimos, seguís, llamando honorables o excelentísimos: una banda de charlatanes y oportunistas, dispuestos a venderse al mejor postor, a cambiar de chaqueta según sople el viento, a prometerlo todo y no dar nada. La ignorancia al poder ¿Honor? ¿Qué honor?
El barrendero —la barrendera— es, en cambio, un hombre o una mujer que puede caminar con la cabeza alta. Si fueran más, y si aprendiéramos a comprender qué es realmente la dignidad, dejando de dar pábulo y fama a lo peor, este sería un Mundo mucho más limpio… en todos los sentidos.
