Aprender y amar un oficio
Alfonso Martínez Fernández.- Le recuerdo aún en medio del bancal, trabajando con su gorra bien calada para que no cayera al agacharse, observaba su espalda con forma casi oblicua, sus vestiduras negras y fajín negro arropando sus cansados riñones, mientras con sus rudas manos agarraba el pesado azadón, era hábil en su tarea, y sin dejar pisada ni de hacer su banqueta o labor a realizar hablaba de sus hazañas en su guerra civil que había vivido y demás historias mientras mantenía su celtas corto medio mordido y apagado entre sus labios.
Mientras, el que escribe permanecía sentado en una piedra del bancal bajo una higuera para protegerse del calido sol de medio día, y no podía dejar de escuchar boquiabierto esas hazañas, que estaban entre historias casi imposibles y enseñanzas a un adolescente, su marcada barba blanca de cuatro días y sus arrugas en el rostro, me causaban el respeto suficiente de su edad, y de esa pregunta interna, ¿ que seré yo cuando tenga su edad ? ¿ sabré lo mismo que el? ¿ llegaré a esa edad?….. cuantas y cuantas preguntas en tan poco espacio de tiempo.
A parte de esa recompensa de escucharle me premiaba con compartir hogaza de pan y tocino salado que sabía a gloria y que cortaba con su afilada e inseparable navaja , ambos bajo la sombra de esa higuera desde donde le seguía escuchando, compartiendo clandestinamente un trago de vino de su inseparable y curtida bota de piel.
Esa intriga de lo desconocido, de escuchar a esas personas es lo que nos ha hecho madurar a los que a temprana edad trabajamos y escuchamos a los más sabios. Nuestros mayores.
Esos hombres y mujeres que con mucha dificultad, sin medios y casi sin herramientas mas que las de sus manos, su ingenio y sus interminables ganas de trabajar , nos han enseñado lo que es el respeto , las ganas de aprender y amar un oficio. De ellos hemos heredado sus oficios, los de esos marineros que con alto riesgo hacían que el pescado llegara a puerto, el agricultor que como mi amigo cogía el azadón con habilidad para criar sus legumbres, el camionero que con camiones casi primitivos y carreteras intransitables hacían posible que los alimentos llegaran a los mercados, o el pastor que criaba su ganado sufriendo su trashumancia.
A esos mineros que a pico y pala le arrancaban a la tierra el tesoro negro para que en aquellas antiguas cocinas se pudiera guisar lo que el marinero había capturado, el agricultor habían cultivado, el pastor había criado y que el camionero llevó hasta el mercado. A todos ellos y a otros oficios que no nombro y cuyas enseñanzas nos han transmitido , van dedicadas estas líneas.
Mientras, el que escribe permanecía sentado en una piedra del bancal bajo una higuera para protegerse del calido sol de medio día, y no podía dejar de escuchar boquiabierto esas hazañas, que estaban entre historias casi imposibles y enseñanzas a un adolescente, su marcada barba blanca de cuatro días y sus arrugas en el rostro, me causaban el respeto suficiente de su edad, y de esa pregunta interna, ¿ que seré yo cuando tenga su edad ? ¿ sabré lo mismo que el? ¿ llegaré a esa edad?….. cuantas y cuantas preguntas en tan poco espacio de tiempo.
A parte de esa recompensa de escucharle me premiaba con compartir hogaza de pan y tocino salado que sabía a gloria y que cortaba con su afilada e inseparable navaja , ambos bajo la sombra de esa higuera desde donde le seguía escuchando, compartiendo clandestinamente un trago de vino de su inseparable y curtida bota de piel.
Esa intriga de lo desconocido, de escuchar a esas personas es lo que nos ha hecho madurar a los que a temprana edad trabajamos y escuchamos a los más sabios. Nuestros mayores.
Esos hombres y mujeres que con mucha dificultad, sin medios y casi sin herramientas mas que las de sus manos, su ingenio y sus interminables ganas de trabajar , nos han enseñado lo que es el respeto , las ganas de aprender y amar un oficio. De ellos hemos heredado sus oficios, los de esos marineros que con alto riesgo hacían que el pescado llegara a puerto, el agricultor que como mi amigo cogía el azadón con habilidad para criar sus legumbres, el camionero que con camiones casi primitivos y carreteras intransitables hacían posible que los alimentos llegaran a los mercados, o el pastor que criaba su ganado sufriendo su trashumancia.
A esos mineros que a pico y pala le arrancaban a la tierra el tesoro negro para que en aquellas antiguas cocinas se pudiera guisar lo que el marinero había capturado, el agricultor habían cultivado, el pastor había criado y que el camionero llevó hasta el mercado. A todos ellos y a otros oficios que no nombro y cuyas enseñanzas nos han transmitido , van dedicadas estas líneas.

