Fray Leopoldo

Cofrade
Fray Leopoldo de Alpandeire
Siendo un niño nos reuníamos un grupo con inquietudes, unas veces en el Santuario de la Caridad y otras en el Convento de Capuchinos. Todos los domingos asistíamos a la bendición del Santísimo por la tarde. El capuchino encargado de la sacristía, fray Eloy de Purchil, tal vez sin darse cuenta, nos estaba dando una catequesis franciscana, grabando de forma indeleble en nuestra personalidad la fascinación por el santo de Asís.
El domingo siguiente a la muerte de fray Leopoldo, fray Eloy nos habló de las virtudes del fraile de Alpandeire y desde esa fecha quedamos marcados por aquella figura franciscana. Aquel grupo de niños, entre los que me encontraba, iba exteriorizando en su círculo familiar y de amigos esta admiración y de esta forma tranquila pero implacable como la subida de la marea, se iba conociendo en Sanlúcar la figura de fray Leopoldo.

          Muchas veces buscamos en los santos lo apócrifo. Recuerdo que una vez le pregunté sobre fray Leopoldo a Fray Alfonso de Lourido (1918-2004), que había vivido con él, y su respuesta fue rotunda y sólida como la roca: “Un hombre bueno y justo”. Para qué queremos más santidad cuando esto nos recuerda al patriarca señor San José. Lo primero en las personas y en la santidad, es ser auténticamente hombres, con todo lo que esto conlleva. La bondad nos trasmite al Buen Padre Dios; y ser justos ante los ojos de Dios y de los hombres, es lo más grande que hay, ¿para qué queremos más?
 
           En otra ocasión le pregunté al padre Gil de Pedroche (1927-1995), que también vivió con él un tiempo y que tiene recogida las experiencias vividas con fray Leopoldo en un pequeño libro titulado: “El hermano de todos”, que cómo era fray Leopoldo. Me respondió que era un hombre exquisito, atento con todo el mundo. ¡Habrá profundidad más grande que sentirse hermano de todos y percibir en todos la presencia de Dios, sin distinción de sexo, raza, rango, jerarquía…!
 
          Y es que, como decía fray Gonzalo de Córdoba:
 
             ¡Y tanto a Dios se ha acercado
             que de presencia divina
             los ojos se le han llenado!
      
            En ocasiones buscamos en los santos lo mágico, cruzar la frontera de lo humanamente posible, la ingravidez. Recuerdo, hace años, que vi una película de un santo con unas alas de cartón, que lo mismo subía a un árbol, que a un monte o a una torre, y todos sus seguidores, convulsos, lo aplaudían y corrían tras él. Todo esto nos aleja de la figura humana de los santos, estos santos que son intermediarios, intercesores entre Dios y los hombres. A los santos los tenemos que ver como auténticos seguidores de Nuestro Señor, siendo cumplidores y seguidores de su mensaje, el evangelio y las reglas franciscanas en el caso de fray Leopoldo, siguiendo el verdadero mensaje y las enseñanzas de Francisco de Asís, adentrándose tanto en el mensaje evangélico, que pudiera decir como San Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.
 
           El santo se ve desde lejos por su amabilidad, su cariño a los demás, el respeto, por su entrega a favor de los hermanos, su cariño a la Iglesia, a la Eucaristía, su entrega a la oración, siempre pidiendo por el prójimo y sufriendo el sufrimiento de los demás; de ahí que fray Leopoldo, con sus tres avemarías, estuviera siempre pidiendo, entre otros, por los enfermos y los jóvenes.
 
          El camino de la santidad está aquí, entre nosotros, abierto, esperando…, quienes lo han recorrido nos han dejado su legado, su carisma, la esperanza…
 
 

Fray José de Sanlúcar, o.f.m.Cap.

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