Francisco de Asís

Cofrade
A D. Alfonso Muñoz Ochoa y
D. Rafael Verano, auténticos
centinelas de la Soledad de María..
 Como cepa desnuda de otoño.
Los viñedos han dado el fruto de la vid, pronto veremos los sarmientos retorcidos y huérfanos de su verdor. El otoño ha llegado colándose por las rendijas del almanaque, el largo estío veraniego ha quedado atrás. Mas cuando pase el tiempo otoñal y el invierno deje paso a una nueva primavera, volverá a nacer la vida, rebrotará de nuevo el espíritu alegre en cada corazón. Lo que acabamos de narrar es la simbología de la festividad que viviéremos los primeros días del mes de octubre con la festividad de San Francisco de Asís.

 


La primera juventud de Francisco fue como la primavera. El rico comerciante Bernardone daba por descontado que su hijo único llegaría a ser comerciante como lo era él. Tanto más por poseer el joven Francisco unas cualidades innatas muy apreciables para dicha profesión: una gran afabilidad. Así pues, Francisco se vio detrás del mostrador, pero su corazón estaba muy lejos de aquello.

Llegó al verano de subida, cargado de encantos y alegrías, disfrutando de todas las comodidades imaginables en aquella época. Con la guitarra en sus manos y una canción en sus labios recorría los campos alegremente. Pero le llegó el otoño y una gran enfermedad y una corta cautividad de guerra señalaron el comienzo. Entonces el joven se retiró a las ermitas, en las atalayas de Asís, quiso sentir la soledad y entregarse a la oración. Y así, en San Damián creyó oír la voz del Crucificado, que le suplicaba reedificase aquel templo medio derruido. El encargo tenía un sentido metafórico, pues Francisco, salvó mas tarde de la ruina a la Iglesia de Dios en la tierra; pero en aquel momento entendió aquel mensaje al pie de la letra. Quedó Francisco como la cepa desnuda en otoño.
El invierno no se hizo de esperar y también llegó a su corazón. Fue cuando aquel día del 24 de febrero del año 1208 tras oír las palabras del Santo Evangelio, se desposó con la Pobreza por amor a Cristo. Y desde entonces el hermano Francisco llamaría hermanos y hermanas a las estrellas y a las flores, a los lobos y a todos los hombres, principalmente a los más pobres. Y como una primavera renacida brotó del corazón de Francisco el espíritu de amor que perdura después de ochos siglos.
Las huellas de Francisco de Asís caló profundamente por la faz de la tierra, y llegó a Sanlúcar de la mano de los franciscanos en lo que fue la Casa Grande de San Francisco, primero en lo Alto de las Cuevas, más tarde en el barrio bajo de la ciudad y también en al antiguo convento de San Diego, desde donde oteaba las maravillas de la Madre Naturaleza. Su presencia sigue viva hoy, puede palparse en la labor de las Hermanas de la Cruz, en su continua dedicación para con los más necesitados. Y también la viven en la oración diaria de las clarisas de Regina. Sin podernos olvidar de la comunidad franciscana del Monasterio de la Virgen de Regla, donde la llama franciscana sigue ardiendo desde que un día llegaran a los pies de la Morenita Chipionera los seguidores de San Francisco.
Igualmente podemos seguir sus huellas en el mundo cofrade, basta con acercarnos a las dos hermandades con título de franciscanas: Jesús Cautivo y, la Humildad y Paciencia. No podemos olvidar aquí a la hermandad del Santo Entierro por su vinculación a la Orden Franciscana desde su fundación hasta nuestros días, quizás la cofradía con mayor influencia franciscana de cuantas hemos citado. Pero, al margen de todo lo anteriormente expuesto es sin duda el Convento de capuchinos el lugar franciscano por antonomasia. Es en el interior de sus viejos muros donde se venera cada año la reliquia bendita del Santo de Asís, donde se le rinde culto y veneración. Desde esa atalaya franciscana de Capuchinos el mensaje de Francisco sigue gritando a la humanidad las palabras y el auténtico mensaje franciscano de Paz y Bien.
Fray José de Sanlúcar

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