Entre la Historia y la Leyenda

Cofrade
Entre la Historia y la Leyenda
El niño Antoñito de Alba, se bautizó en la parroquia de San Bernardo, de ese sevillano barrio, tan mítico y, vivido por muchos toreros. Lo bautizó D. Francisco de Paula García Villegas y Alcázar, quien aún vive. En la actualidad reside este sacerdote en Jerez de la Frontera, allá en los Descalzos. Cuentan, que después de bautizarlo lo presentaron a la Virgen del Refugio. La Virgen del Refugio pertenece a la Hermandad del Cristo de la Salud, que procesiona la tarde del Miércoles Santo, sevillano. Esta imagen fue realizada por el escultor Sebastián Santos Rojas, al final de los años cuarenta, ya que la anterior, junto al Cristo y la parroquia fue pasto de las llamas en el año 1936. Con el tiempo, el niño Antonio de Alba, llegaría a ser un mito en la Sevilla cofrade cristiana, tradicional, religiosa y por qué no decirlo, en la Sevilla del arte.

Cuentan y dicen que, el niño solía ayudar a las monjas de clausura, con un amigo, vendiendo ramitos de jazmines, y en el tiempo de la violetas, ramitos de violetas, siempre para ayudar a las monjas de clausura. Hoy se ve esto un poco poético, pero allá por los años 50, las monjas de clausura pasaban verdadera necesidad. Aquellas violetas y aquellos jazmines, iban para las grandes Señoras de Sevilla. Para las Señoras del Centro, y no es que Fray Antonio, que así se llamaría después, viviese en un barrio marginado. Fray Antonio vivía en la collación de la iglesia de la Magdalena, en el antiguo convento de San Pablo, donde un día consagraron obispo a Fray Bartolomé de las Casas. Vivía en la calle Julio Cesar.
 
Siempre tuvo ese carisma de ayudar a los pobres. Aún todavía sigue siendo Antonio, sin el Fray.
Visitó un día, he de suponer que fuese con el colegio, la iglesia del Hospital de la Santa Caridad y allí vio, y se le quedaron impresos los cuadros de Valdés Leal, que un día mandó pintar D. Miguel de Mañara, pariente de Fray Isidoro de Sevilla, de los Medina y Vicentelo de Lecca. Antonio vio aquellos cuadros, aquellas pinturas de las postrimerías del hombre, cuando el hombre ya no es nada.
 
Fray Antonio, no es que desprecie el mundo, sino que, desprecia lo mundano, porque ante aquellos cuadros de Valdés Leal, ve que todo pasa. Por eso él siempre ha tenido desprecio a la vanidad, ¡jamás, Antonio! Ha presumido de títulos académicos, ¡que los tiene!, él como ha estudiado tanto la época de los Reyes Católicos, del Cardenal Cisneros, siempre ha pasado de esos boatos. Sus grandes admiraciones han sido: Francisco de Asís, Juan Ciudad o Juan de Dios, Ángela de la Cruz, Fray Leopoldo Personas estas que han dado todo por los demás, sin pedir nada a cambio.
 
Hay un detalle curios de Fr. Antonio. Siendo este joven iba con unos hermanos, compañeros de la Orden, conociendo la ciudad de Córdoba; esa Córdoba callada y sola, como dijera el poeta; de esa Córdoba que tanto recuerdos nos recuerda a los árabes. En su pasear, se cruzaron con un grupo de árabes que comentaban y discutían entre ellos. Fray Antonio se les acercó, pues solo él adivina el motivo de este enredo entre estas buenas gentes. Y tan cual, se puso a conversar con ellos en su misma lengua, aquellos árabes sonreían y le daban palmaditas en la espalda. Los hermanos contemplaban la escena, atónitos, pues jamás habían oído en diez años que llevaba Fray Antonio en la Orden Capuchina, articular palabra alguna en árabe.
 
Así han sido todas las cosas de Fray Antonio, jamás ha hablado de la nobleza familiar, de su padre en Iberia, de tío Serafín, que fue un mito en los franciscanos de la Bética, y en tantos antepasados seminobles de la familia de Fray Antonio. Antoñito, nunca ha querido que sepa su mano izquierda lo que hace su mano derecha.
 
Cuentan que, (se ha sabido después, pues por ser esto secreto, aunque para resaltar a la persona, se termina por contar y en ocasiones la persona se lleva un disgusto) habiéndose enterado una vez, que unas pobre monjas de clausura, lo estaban pasando mal y que había varias enfermas, aprovechaba la ocasión cuando la había para acercarse a la portería del convento y en la portería depositaba un par de pollos, huesos de jamón con el que poder hacer las monjas caldos para las enfermas. Las monjas lo comentaron, pero nunca supieron quien era el autor, quien era ese ángel mensajero que les dejaba ese detalle, ese consuelo, pues no podemos olvidar que, mientras habitemos en el mundo el espíritu debe de ser alimentado con la oración, pero el cuerpo necesita alimentos, viandas, porque el buen padre Dios nos creó a imagen y semejanza suya, no somos ángeles, tenemos que vivir.
 
Así en la vida diaria de Fray Antonio, no lo podemos encontrar por las calles de Jerez, hablando y atendiendo a la nobleza jerezana. Pero también lo encontramos en la puerta del convento atendiendo a los más pobres, a los que ponen la mano pidiendo por caridad algo que poder llevarse a la boca.
 
El día 2 de febrero, día de la Presentación de Jesús en el Templo, ese día en que José y María llevaron al niño al templo para presentarlo como hacían los más pobres, depositando como ofrenda unas tortolitas, o también, el día de la Candelaria, como popularmente se conoce en nuestra tierra, los cuarentas días después de nacer el Dios Niño. Pues ese día cumplió años Fray Antonio.
 
Sanlúcar y Jerez te felicitan por tu cumpleaños y, que siga siendo el abanderado de los pobre y necesitados.
Fray José de Sanlúcar

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