Beatificaciones
Siete capuchinos andaluces y mártires, serán beatificados el domingo 13 de agosto de 2013, en Tarragona
Hace muchísimos años que en la ciudad de la Mezquita, vi por primera vez la Semana Santa de Córdoba, gran novedad, para quien aquí escribe que solo conocía la de mi Sanlúcar natal. Eran años aquellos en los que no se tenía la fluidez de la comunicación que gozamos hoy, como pueden ser la televisión, la radio, internet, etc. En aquellos años de mí juventud esta Semana Santa me marcó mucho. Eran tiempos en los que no entendía los títulos de aquellas benditas imágenes, para mí los únicos títulos de la Virgen eran Dolores, Lágrimas, Angustias o Amargura, pero aquel día presencié un hermosísimo paso en la Madrugá del Viernes Santo de Córdoba. Era una cofradía que salía a la calle en aquel tiempo, y aún hoy lo sigue haciendo desde la Real Colegiata de San Hipólito de los Padres Jesuitas.
Esta cofradía titulaba con el “Cristo de la Buena Muerte y la Reina de los Mártires”. Aquel título de la Reina de los Mártires me hizo pensar mucho, no lo asociaba a las vírgenes dolorosas que había conocido en mi pueblo. Paso de bellísimo porte, estampa donde las tonalidades del burdeos y el granate se funden con unas palmas y, delante en la calle de la candelerías porta una arqueta con los mártires de Córdoba.
Muchos años después comprendí el significado de aquella bendita advocación. Lo entendí cuando leí la «Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939» de Antonio Montero Moreno, quien después fuera arzobispo de Mérida–Badajoz. Con aquel libro quedé destrozado al entender el dolor de las madres; del dolor de la Virgen María por el Mártir del Calvario.
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Vemos en nuestra Semana Santa y en nuestras iglesias la belleza de esas imágenes tales como el “Cristo de la Buena Muerte de Sevilla” del cordobés Juan de Mesa; “Jesús de la Pasión” de Martínez Montañez; o el “Cristo de la Veracruz”, de nuestra Sanlúcar. Todo bellísimo con esos montes de clavel, el brillo de la sangre, el resaltar de la policromía ante el sol de la tarde del Viernes Santo. Poco pensamos en el sufrimiento de Cristo desde que fue preso en el Huerto de Getsemaní, con lo que pasó nuestro Señor, azotes, coronación de espinas, tener que cargar con la cruz por la calle de la Amargura hasta el Calvario, ser despojado de sus vestiduras y finalmente crucificado. O de su madre, María, presenciando todo en compañía de aquellas mujeres y el discípulo amado.
Ya comprendía el porqué del título de aquella virgen cordobesa que conociera en mi juventud lejana; el porqué, Reina de los Mártires; el porqué de su palio bordado con palmas, eran, las palmas del sufrimiento de los mártires.
El próximo domingo 13 de octubre, en Tarragona, se van a beatificar 522 mártires que dieron la vida por Cristo, entre ellos hay más de veinte capuchinos, del Pardo, de Medinaceli, de Gijón, de Santander, pero el sentido de este pequeño trabajo es centrarme en siete capuchinos andaluces que martirizaron en la bella ciudad de Antequera, junto al monumento de la Inmaculada Concepción en la misma Plaza de Capuchinos, Plaza del Triunfo de la Inmaculada. Allí quedaron sin vida los siguientes capuchinos:
Padre Ángel de Cañete la Real, de la provincia de Málaga;
Padre Gil del Puerto de Sta. Mª.;
Padre Luis de Valencina de la Concepción, de la Provincia de Sevilla;
Diácono Fray José de Chauchina, de la Provincia de Granada;
Fray Pacífico de Ronda; Fray Crispín de Cuevas de San Marcos, de la Provincia de Málaga;
Fray Ignacio de Galdácano, de Bilbao, quien entrara de niño en nuestro convento de Antequera, lugar del seminario Seráfico.
Todos estos capuchinos pasaron por nuestro convento de Sanlúcar, alguno como el Padre Ángel fue Guardián del mismo. Los otros estudiaron en este convento cuando estaba el Seminario Mayor, o mejor dicho, el Coristáo de Capuchinos, tan querido en nuestro pueblo.
No hace mucho leía un libro de nuestra biblioteca conventual, donde una dedicatoria reza así: “Al Coristáo de Capuchinos, tan querido en nuestra ciudad”
Estos capuchinos fueron ejecutados por el simple hecho de ser religiosos. Eran personas que solo hacían el bien, el Padre Ángel siempre estaba pendiente de aquellos antequeranos que no tenían trabajo buscándole una colocación en cortijos de la zona, en el pueblo, o donde fuese. Los demás, estaban al cuidado a aquellos niños seráficos que vivían del pueblo cristiano fomentando sus vocaciones para la vida religiosa. Eso era lo que hacían aquellos siete capuchinos andaluces.
Cuentan, de la simpatía que gozaban aquellos coristas en Sanlúcar en los años treinta, salían por el pueblo muchas de las veces a cantar en los cultos cuaresmales o en las procesiones de nuestra Semana Santa. Precisamente relatan, y no acaban, sobre el Padre Ignacio de Galdácano, de cómo subía expresamente el pueblo de Sanlúcar a la Novena de la Divina Pastora para oír cantar a este fraile. Poseía una voz, que se podría comparar con la de aquel artista que después ingresaría en los hermanos franciscanos, Fray José Francisco de Guadalupe Mojica. La voz de fray Ignacio era bellísima. Este fraile cantó misa en Sanlúcar en el mes de mayo de 1935 y se dice que fue gran fiesta, no solo en Capuchinos, sino en todo el pueblo cristiano de Sanlúcar, porque decían: «hoy canta misa en capuchinos, el joven corista que también canta» Al terminar el curso lo mandaron a Antequera estando de profesor el año de 1935 a 1936.
Entre los siete frailes que martirizaron en Antequera siempre ha destacado el padre Ignacio de Galdácano. Yo puedo dar testimonio de ello, pues conocí a muchos capuchinos que por aquella trágica fecha estaban en Antequera y fueron echados para atrás. Se dio el caso de que al estar todos retenidos, cuando sacaron a todos los frailes a la plaza para su ejecución, tras un breve espacio de tiempo varios capuchinos fueron obligados por los milicianos a volver al interior del convento. Parece ser que esto aconteció por mediación de otro fraile preso, quién estando de cocinero de las tropas milicianas, intercedió por estos frailes diciéndoles: “No matad a aquellos frailes jóvenes que son maestros y vienen a enseñar a los niños” De entre los que sobrevivieron estaba el Padre Manuel de Pedrera que fue guardián en nuestro convento de Sanlúcar, el Padre Jerónimo de Málaga que fue restaurador del convento de Jerez y el Padre Sebastián de Villaviciosa con quien tuve muchísima amistad, quien tenía un libro escrito del habla en Andalucía, el libro iba dedicado a la romería de la Virgen del Rocío y a muchísimos ambientes andaluces. Mi curiosidad me llevaba a preguntarle en numerosas ocasiones y él me contaba muchísimos detalles de aquellos días tan trágicos para la comunidad antequerana, él mismo relataba: “… yo ya estaba en la puerta del convento y me echaron para detrás. Después supe más o menos el motivo de aquello, a ser porque éramos maestros de los niños seráficos” Fueron 18 días de cautiverio severo en el convento, sufrido también por los niños seráficos, a los pequeños seminaristas los distribuyeron por las casas de Antequera, cuyos vecinos eran amigos del convento y, a los mayores de 14 años los dejaron con la comunidad, aquellos chavales quedaron traumatizados para toda la vida, porque mientras los frailes eran ejecutados a las afueras del convento, se fueron todos a la iglesia a rezar, teniendo de fondo los ruidos de los disparos, estos chavales de los cuales he conocido a muchos ya en su vida adulta, algunos siguieron en la orden y el otros se marcharon, pero seguían teniendo presente el ruido y la algarabía de los tiros en la matanza de sus maestros.
Este trabajo es relato de vivencias personales recogidas a lo largo de mi vida de aquellos que lo vivieron en primera persona, despojando todo tinte político o partidista, pese a la dificultad de ello.
Después de haber leído tanto sobre la persecución religiosa lo que siempre me ha llamado la atención es el testimonio de Fray Ignacio de Galdácano, un muchacho con 24 años, que escribe una carta en la mañana del día 6 de agosto de 1936 a su familia despidiéndose, pues era consciente que lo mataban. Esa tarde de agosto acabó su sifrimiento.
A continuación presento la carta para que nuestros lectores puedan ver el sentimiento, el ser consciente que este joven tenía de que le quitaban la vida:
“Viva María.
Hoy, día 6 de agosto de 1936, el vigesimocuarto y quizás último de mi vida, a las nueve y media de la mañana, escribo esto para mi queridísima familia.
Queridísimos padres y hermanos: al recibir estos renglones, quizás ya no exista: espero tranquilo, de un momento a otro, la muerte, que para mí será la verdadera vida, porque muero por odio a la religión y por ser religioso. No lloréis, padres y hermanos queridos, como lloro yo al escribiros ésta, no por miedo, sino porque sé que va a causaros pena mi muerte; no llore, sobre todo usted, queridísima madrecita mi amachu lastana; se le causa mucho dolor la noticia de mi muerte, le dé mucho consuelo el tener un hijo mártir, que desde el cielo le sigue queriendo muchísimo y rogando por usted y por todos los de la familia para que allí nos encontremos un día todos.
No sé cuándo llegará mi última hora; hace ya muchos días que la estoy esperando, y conmigo estos mis hermanos religiosos. Que Dios sea bendito por todo, y si quiere mi vida en testimonio de su doctrina y de su Religión, la ofrezco gustoso. Solamente pido que los que nos hemos amado en la tierra sigamos amándonos desde el cielo.
Agur, agur hasta el cielo.
No lloréis por mí, padres y hermanos queridos; sabed que muero mártir de Jesucristo y de su Iglesia.
Agur, agur, agur, agur, agur…
Antequera, fiesta de la Transfiguración del Señor de 1936.
Yo Fr. Ignacio de Galdácano, capuchino (José Mari)”
De esta forma entregaba su vida, ninguno se escondió o quitó de en medio, y esta carta es testimonio directo de ello.
Ahora es cuando realmente veo y comprendo que sea la Virgen María, la Reina de los Mártires y es en el título de nuestras imágenes dolorosas donde está grabado el dolor de tantas madres que perdieron a sus hijos y a tantos familiares. Ahora comprendo el dolor de la Virgen y de esas madres. Ahora comprendo esos títulos de las Lágrimas, los Dolores, las Amarguras de la vida, de la Angustias del hijo muerto, por eso quiero que estas palabras, estas líneas nos sirvan de reflexión y no en modo alguno de revancha por el martirio de aquellos hermanos, ¡no!, simplemente reflexionemos de cómo dieron la vida, tal cual lo hizo el auténtico y verdadero Mártir del Calvario, como Jesús dio la vida por nosotros, estos hermanos también la dieron por Él.
Por eso, este 13 del mes de octubre entre esos 522 mártires que dieron la vida por ser cristianos religiosos, por su fe, por ayudar a los demás, por ayudar al pueblo, van a ser glorificados, elevados a beatos, llegados a los altares, pero como he dicho en párrafos anteriores he querido centrarme más en estos siete que estuvieron en Sanlúcar, que pasearon por nuestras calles, que predicaron por iglesias, por las calles con sus ejemplos y cofradías; que solían ir de paseo a Chipiona para visitar a los hermanos franciscanos y contemplar a su Virgen de Regla. Sus quehaceres, encaminados siempre a llevar el mensaje de Cristo. O cuando estos capuchinos, estas personas acogían a los niños de la catequesis de aquella época del barrio de Capuchinos en este mismo convento. Estos hermanos nuestros tenían las puertas abiertas dando limosna o comida a los pobres de Sanlúcar. Reconocidos siempre llevando el mensaje de Francisco de Asís. De PAZ y BIEN.
Fray José de Sanlúcar
Capuchino
