Mensaje franciscano
Ahora, que todo se impregna de fragancias nuevas, que pujante savia reaviva la vida de cada ser, sale a nuestro encuentro con renovadas fuerzas el mensaje de Francisco.
La primera juventud de Francisco fue como la primavera que nos inunda. El rico comerciante, Bernardone, daba por descontado que su único hijo llegaría a ser comerciante como su padre, tanto más por poseer Francisco (que así se llamaba el hijo), una cualidad innata muy apreciable para un comerciante: a una gran afabilidad en el trato con las personas. Así pues, el joven se vio detrás del mostrador, pero su corazón estaba muy lejos de todo aquello.
Llegó el verano de su vida, cargado de encantos y alegrías. El hijo del rico comerciante de Asís disfrutaba de todas las comodidades imaginables en aquella época. Con la guitarra en sus manos y una canción en sus labios, recorría los campos alegremente.
Pero pronto comenzó el otoño.
Una grave enfermedad y una corta cautividad de guerra señalaron el comienzo. El joven se retiró a las ermitas de los altozanos de Asís, para sentirse en soledad y entregarse a la oración. En Damián creyó oír la voz del Crucificado que le pedía que reedifique aquel templo medio derruido. El encargo tenía sentido metafórico, pues Francisco salvó más tarde de la ruina a la Iglesia de Dios en la Tierra; más por aquel tiempo entendió al pie de la letra el mensaje de Jesucristo. Perdió todo por la reconstrucción de aquel templo. Era otoño. Como cepa desnuda, así se hallaba ahora Francisco.
El invierno no se hizo esperar. El día 24 de febrero del a1208, tras oír la Palabra del Santo Evangelio, se desposó con la pobreza, por amor a Cristo. Y desde entonces “el Hermano Francisco” llamaría hermanos y hermanas a las estrellas y a las flores, a los lobos y todos los hombres, principalmente a los más pobres.
Volvía de nuevo la primavera y de aquél tronco de Asís germinaba nueva vida, con doce compañeros, al igual que los doce apóstoles, fue creando grupos de seguidores en fraternidad renunciando a tener su propio hogar, para ser hermano de todos, y vivir sólo para seguir los consejos evangélicos, viviendo en obediencia, pobreza y castidad.
Después de ocho siglos, el espíritu de Francisco vive en todos aquellos cristianos que quieran seguir su mensaje evangélico.
Más de una vez se piensa que para ser seguidor de San Francisco es necesario vivir en fraternidad regular o en una monasterio de clausura. En esta tesitura se encontraron algunos de sus conciudadanos, que querían seguirlo dejando casa y familia, algo imposible en el matrimonio. Francisco contestó a aquellos que les interrogaban y querían seguirlo con estas palabras: “Basta con observar el Santo Evangelio en el estado mismo en el que el Señor os ha llamado”.
“El Señor, en el Evangelio, nos dice por ejemplo: que el más grande de entre vosotros sea como el más pequeños, y el jefe como el que sirve. Bueno, esta palabra vale para toda la comunidad de creyentes, también para la familia. Así, el jefe de la familia, al que hay que obedecer y que es mirado como más grande, debe de portarse como el más pequeño y hacerse servidor de todos los suyos. Tendrá cuidado de cada uno de ellos con tanta bondad como quiera que le mostrasen si estuviese él en ese sitio. Será dulce y misericordioso con respecto a todos, sabiendo perdonar en cada atardecer: no se irritará con quien tuvo una falta, sino que con toda paciencia y humildad de advertirá y le soportará con dulzura, como lo hacía el mismo Jesús. Esto es vivir el Santo Evangelio. Tiene verdaderamente parte en el Espíritu del Señor en que obra así”. No es necesario, ya lo veis, soñar con grandes cosas. Es preciso volver siempre a la sencillez del Evangelio. Y sobre todo tomar en serio esta sencillez.
“Saliendo por el mundo con las antorchas en las manos. Colgando lámparas en los muros de las noches. Poniendo manantiales donde haya hogueras. Plantando manantiales donde haya hogueras. Plantando rosales donde se forjen espadas. Transformando en jardines los campos de batalla. Abriendo surcos y sembrando amor. Plantando banderas de libertad en la patria de la Pobreza y anunciando que llega pronto la era del Amor, de la Alegría y de la Paz”.
Fray José de Sanlúcar.
