Cartas de una sombra

José Antonio Córdoba
La Casa Maestra III  II  I 
José Antonio Córdoba.A salir de la cabaña, entre la confusión, sus hombres se batían contra los indios. Se soltó de Samanta, la miró a la cara y le dijo que debía reponerse y proteger al resto de supervivientes -ella había aprendido algunas técnicas de combate, lo tuvo a él como maestro- le entregó una espada y dejándolas a la espalda de la choza volvió con sus hombres y se batieron como solo ellos sabían, poco a poco el estupor se fue adueñando de los indios, aquellos hombre de negro con una señal de sangre en el pecho, eran demonios. Cuando la ventaja fue totalmente de los Templarios, Rodrigo dio un grito, y sus hombres dejaron de matar, una veintena de indios, permanecían tan inmóviles como los templarios, -no quiero más muertes, haced prisioneros-, tras aquella orden los templarios se reagruparon y rodearon a los indios, estos soltaron sus lanzas, arcos y cuchillos. Solo uno de los templarios permanecía tumbado en el suelo a pocos metros, pero hizo un gesto de ser una herida superficial.Mientras tanto los supervivientes con Samanta al frente se habían aproximado al lugar donde estaba Rodrigo.


Rodrigo miró a su alrededor, cuerpos mutilados por toda la explanada, se volvió hacia Samanta y la llamó, quería un traductor, ella asintió, se volvió al grupo y tras hablar con los supervivientes, una de ellas acompañaba de vuelta a Samanta. Entonces Rodrigo, tras limpiar la espada de sangre, la envainó a la vez que pedía a la sirvienta tradujera sus palabras y las de quien respondiera de entre los prisioneros:-Soy Rodrigo de Puentealto, guardo mi espada, pues nuestra justicia se ha llevado a cabo. Atacasteis nuestro poblado y disteis muerte, así como nosotros aquí esta noche. Nos marcharemos, pero si osáis atacar nuevamente nuestro poblado, regresaremos sin piedad alguna-, mientras la sirvienta terminaba de traducir, Rodrigo ordenó envainar las espadas y prepararse para el regreso. Cuando al sirvienta termino, uno de los indios salió del grupo, los templarios desenvainaron, pero Rodrigo los contuvo. El indio se dirigió a un tótem, dio una vuelta a su alrededor y depositando una mano sobre él, así habló: -Mi nombre es Wérachi, el guerrero más viejo de los aquí vivos, sobre nuestros ancestros nosotros, nuestros hijos, los hijos de estos, no atacaremos el poblado del cañón de río Guáitara” Mientras la sirvienta traducía a la inversa, el guerrero volvió con los suyos.

Los templarios emprendieron la marcha de regreso a su valle. Con el paso del tiempo el poblado fue reconstruido, hasta el lugar fueron llegando nuevos hermanos de la orden, con sus mujeres y el poblado fue creciendo.

Quince años más tarde, ya existían más casas de piedra que chozas, los niños iban dando paso a jóvenes, que eran formados entre otras cosas en el manejo del acero. Se les enseñaba que el acero era más que un arma, era un filosofía, un conocimiento antiguo, una pasión, una redención.

Rodrigo fue nombrado comendador, sus hijos siguieron las enseñanzas de la orden. Samanta había estado siempre detrás de su marido, pues le pedía, dejara a las mujeres jóvenes formarse en la orden, algo a lo que se negaba. Durante estos años, él se había dedicado al estudio de los diarios de los Grandes Maestres.

Un día para sorpresa de todos, llamó a sus hombres y ya caballeros de avanzada edad, los jóvenes sin perder el respeto les llamaban “Los Caballeros Antiguos” -ahora solo quedaban nueve- a un Capítulo, este se celebraba en la bóveda. Acompañaban en esta ocasión a los Caballeros Antiguos, nueve sargentos y nueve doncellas, además de Samanta.

El interior de la bóveda aparecía iluminado con grandes velones. En el centro se había improvisado un altar sobre el cual, aparecía extendida una gran tela negra. Una vez en el centro, Rodrigo llamó a la oración a los allí congregados. Tras el servicio religioso, El sargento más antiguo de los presente llamó a Samanta, ella se acercó hasta él con gran extrañeza, aunque todo le era extraño, nunca había estado en la bóveda, pues las veces que había acompañado a Rodrigo para recibir sus enseñanzas, la había mantenido en las galerías exteriores. Se la invitó a arrodillarse, y tras una ceremonia oficiada por el Páter, Rodrigo se acercó al altar, a la vez que dos sargentos retiraban la tela negra y Samanta se incorporaba. Apareciendo sobre el altar un manto blanco, un manuscrito y una espada. Rodrigo recogió el manto, bordeó el altar hasta ponerse delante de ella. Sonriendo extendió el manto y se lo colocó sobre los hombros, anudando el lazo por delante. Cuando terminó, acto seguido uno de los caballeros antiguos, se acercó hasta ella, cogiendo la espada se la ofreció y ella la aceptó, en la empuñadura estaba grabado la cruz de la orden. Por último el Páter bendijo el códice y se lo ofreció a ella.

Rodrigo avanzó unos pazos y la presentó ante los presentes como Dama Templaria y que a partir de aquél momento su vida quedaba ligada al lugar en el que se encontraba y que su misión era expandir entre las doncellas la sabiduría de la Orden, para su bien y el de la generaciones futuras, y que se debían de dirigir a ella como “mater”

Pocos meses después Rodrigo fallecía de unas fiebres. Samanta, fue designada como guardiana de la bóveda y dedicó sus días a investigar entre aquellos restos del pasado de una orden, que pese a los entresijos de Papas, Reyes y nobles, contra ella, supo salvaguardar lejos de la avaricia humana tan rica historia, tan grande tesoro.

Con el paso de los años, sobre la bóveda se construiría lo que hoy se conoce como el “Santuario de las Lajas”

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