Cartas de una sombra

José Antonio Córdoba
La casa maestra (I)
José Antonio Córdoba.-Rodrigo se había separado de la columna de Orellana, dejando atrás a su compañero de viaje y amigo Arnaldo.Durante tres mes siguieron avanzando hacia el norte. La noche tomaba cada rincón de la selva, cuando Rodrigo ordenaba parar y que se preparasen para pasar la noche, pues según sus cálculos estaban a día de su destino, un cañón ubicado en el río Guáitara.
A la mañana siguiente cubiertos por una neblina, los hombres emprendieron la marcha. A cada paso la senda iba tomando forma de camino, con menos obstáculos por la comodidad del camino, hombres y bestias de carga llevaban un paso más ligero. Antes de llegar a su destino el camino se alzaba hacia el cielo, y en su punto más alto se podía divisar la mayor parte del valle que era transitado en la clandestinidad del suelo por el río Guáitara.


Los hombres aunque en alerta, marchaban relajados y entre bromas andaban, cuando al alcanzar el punto de observación, comprobaron atónitos, como dos grandes columnas de humo se afanaban por ascender al Reino de Dios. Todos comprendieron que el poblado había sido atacado y sin orden alguna todos aceleraron el paso, tal que el día de jornada que normalmente desde allí se tardaba en llegar a sus casas, aquél día lo hicieron en media jornada. Rodrigo y sus hombres, no pudieron por menos que sentir como un frío mortal les recorría sus curtidos cuerpos ante tal imagen.

-Rodrigo, y sus hombres, sí, sus hombres. Nadie ni tan siquiera Arnaldo, llegó a saber que los hombres que acompañaron a su amigo Rodrigo, no fueron elegidos al azar, pues pese a su distraído aspecto todos eran templarios-.

A la entrada del poblado amarraron las mulas, y de los bultos que estas cargaban los hombres sacaron espadas, rodelas, cascos y corazas, se calzaron sus armaduras y se dieron en batir el pueblo en busca de supervivientes, empresa esta que resultó infructuosa, pero lo más terrible para estos hombres curtidos en batallas, fue encontrar en la pequeña capilla -única estructura de piedra- los cuerpos calcinados de mujeres y niños. Ninguno de los que allí estaba, abrieron boca alguna, a excepción de Rodrigo, el resto se dispusieron para enterrar a sus muertos, sirvientes, amigos, mujeres y niños. Mientras daban santa sepultura a los cuerpos, un de los hombres se acercaba a Rodrigo con una lanza en la mano y enseñándosela le comentó:”han sido los indios y tengo su rastro”, Rodrigo asintió y todos los hombres rezaron por las almas de sus seres.

Rodrigo llamó a reunión, todos en torno a su oficial escucharon como este ordenaba que pese al dolor que sufrían, tenían una misión y estaba por encima de toda discusión, una vez concluida darían caza a los indios como si perros de presa fueran, todos en silencio agacharon la cabeza en señal de conformidad.

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