Cartas de una sombra
José Antonio Córdoba.-Él simplemente se limitó a mirarla y hacer un leve gesto que agradecía el haberle devuelto el sombrero. Mientras la veía alejarse contoneándose más de lo acostumbrado, recogía el sombrero de la mesa y le daba vuelta para ceñírselo cuando de su interior caía en su mano un pequeño pergamino, el lo miró, en una letra casi ilegible de tizón estaba escrito: «al segundo cambio de la guardia del castillo, en la puerta de la posada, no faltes». Enrolló el pergamino, arrimándolo a la llama de la vela, permitió que esa lo consumiera. En ello estaba cuando un mozo, de corta edad se le acercaba y le entregaba otro pergamino, una vez en mano del extranjero tal como había aparecido se desvaneció el mozo. Dejando caer al suelo lo que quedaba del pergamino de la joven, procedió a leer las nuevas órdenes o mejor dicho encargo. Su sorpresa fue mayúscula, la misma mano que le daba los encargos le insistía a que se diera prisa.
Al alba un galeón, salía soltaría velas rumbo a las Indias, y su pasaje estaba pagado, igualmente en la falúa que lo llevaría hasta el galeón, tendría el pago por los servicios prestados, desde ese mismo momento no debería de dejarse ver por las calles. Sin apurar su vaso se levantó, y abandonó la taberna como si de una fantasma de tratara.
La guardia había hecho el cambio, hacía ya buen rato, y por la calle de la taberna no se veía figura humana alguna. Ella entendió que el extranjero no llegaría. Abrió la puerta y volvió a entrar en la taberna, cabizbaja subió a su habitación y se dejó caer sobre su lecho, y sin dejar de mirar el cielo por las rendijas de la ventana se durmió.
Al día siguiente, con el sol en su punto más alto, dos vecinos de la ribera entraban en la taberna de la torre. Y sentados en una mesa cualquiera, contaron al mesonero y los poco allí presentes, entre los que se encontraba la joven posadera, como a primeras horas de la mañana en la puerta del Mar, la guardia encontró el cuerpo de un hombre. Había sido víctima de forajidos de la villa, lo mas desagradable era como le habían dejado el rostro, mas fue reconocido por la ropa que por otra cosa. Uno de los recién llegados indicó al mesonero: “buen amigo, el pobre desgraciado es el extranjero ocupaba siempre aquella mesa”, señalando uno de los rincones. En ese momento a la joven se torno blanco.
Tras leer el mensaje, Arnaldo se dirigió a la hospedería. Ya en su habitación sacó de debajo de su colchón de paja, una tela oscura, la depositó sobre la mesa, y la deslió dejando a la vista su acero, correaje y un pequeño canuto.

