Cartas de una sombra

José Antonio Córdoba
26 de Agosto (VI), (V), (IV)(III) (II) (I)
José Antonio Córdoba.- ….y tras negarse a obedecer la orden de un superior, se vio obligado a huir, ya que su cabeza tenía precio. Contaba: “La orden recibida había sido atacar una villa donde solo habíamos visto mujeres, niños y algunos ancianos, nada por lo que los hombres de los Tercios Viejos Españoles tuviéramos que temer y, menos aún, cometer asesinato. Que de todos era conocido el espíritu, valor y arrojo del español. Fui tomado preso, pero esa misma noche mis hombres conocedores de mi suerte, asesinaron a los guardias que me custodiaban y liberaron a éste su capitán. Me dieron escolta hasta las afueras del campamento, donde nos dimos ese abrazo, sabedores de que era el último. Soldados viejos con lágrimas en nuestros cansados ojos” El tono de la voz y el rostro de Arnaldo, no dejó lugar a que los allí presentes dudaran de la veracidad de sus palabras.


Tras aquella noche, Arnaldo supo ganarse los reales que le pagaban aquellos hombres de negocios, casi todos sus servicios requeridos eran de acero. Tenía claro que su espada no debía de ser vista por aquellos lares, lo que le llevó a comprar un acero mediocre que le suministraron de contrabando. Oxidado los primeros días supo sacarle brillo con la sangre de algunos villanos o, como él, extranjeros en la villa.
 
Pasó el mes de espera, el siguiente al primer mes, el segundo al primero y el siguiente al tercero. Casi el invierno se le había ido en la villa. En su nuevo trabajo no quiso inmiscuir mujeres, aunque el hombre es hombre y santo solo los que sirven a Dios, por lo tanto hubo mujeres, pero nunca aquella que le impresionara el primer día en la villa.
 
Todos los días al anochecer se acercaba a la posada de Mateo, aquella donde contrató sus servicios. Aquella donde la sintió tan cerca que incluso en la distancia sentía su olor. Disfrutaba de verla pasear contoneándose por la gran sala de la posada, jarras y comida en mano. Cuando la llamaba agachaba la visera de su gran sombrero, y en ese anonimato pedía su bebida. Pero todo esto cambió el día en que ella al llegar ante el extranjero rompió esa regla invisible que los separaba y como por arte de magia, en un simple movimiento de mano descubrió a la figura en la oscuridad. Él casi perplejo solo pudo mas que mirarla a los ojos, ella sin embargo, sabía que había pillado al soldado con la guardia baja. Para romper el rictus del rostro del soldado se ciñó el gran sombrero y así se fue a buscar la bebida del desnudado soldado de los Tercios.

A los pocos minutos ella volvía con el sombrero puesto y con una sonrisa burlona bajo el mismo. Le sirvió la bebida y con una mirada picarona se quitó el sombrero y lo dejó sobre la mesa…

 

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