Cartas de una sombra

José Antonio Córdoba
26 Agosto (V), (IV)(III) (II) (I)
José antonio Córdoba.-Esperando se le echaran encima y sabedor de que vendería cara su inferioridad, se
sorprendió al ver como todos se dirigían a una mesa situada en un rincón de la taberna donde no había
ventanas, junto a la mesa estaba el tabernero que se apresuraba a limpiarla y ordenar las sillas. Todos
tomaron asiento, al poco una silueta femenina salía de detrás de la barra con unas jarras de vino. Ella se
apresuró a servir en primer lugar al extranjero, a un gesto del anciano. Cuando el brazo de ella pasó rozando la cabeza de Arnaldo, él se giró encontrándose de lleno con el escote provocativo de la joven, semi-oculto por su larga melena, agachando la cabeza se limitó a coger la jarra y darle un par de vueltas sobre sí misma en la mesa. Mientras ella repartía las jarras a los presentes, él levantó la mirada y se fijó en la muchacha, su
semblante no dejó que los presentes se dieran cuenta de su sorpresa, tenía frente a él a aquella muchacha del primer día, hoy no llevaba pañuelo en la cabeza, por lo que pudo comprobar como su cabello era del color del oro. Sus ojos, aunque esquivos a su mirada, pudo distinguirlos de color miel intenso.


Pronto se quedaron solos en la sala de la taberna, pues la joven ya había regresado a la trastienda, los presentes miraron al hombre mayor y éste, meciéndose las barbas procedió a explicar al extranjero cuales eran sus negocios, y sus relaciones tanto con la corona, como con el señor de la villa. Y lo perjudicial de la presencia de expías de la corona en la villa. Tras estas palabras uno de los hombres de aspecto corpulento y serio, reveló a Arnaldo que sus hombres había apresado a dos expías de la Corona, no habituales en la villa, pues a esos los tenían comprados, y que dieron cuenta de ellos tras interrogarles. Ahora sí que el rostro del extranjero había cambiado, sus ojos denotaban cierta preocupación. Los villanos percatados de la preocupación del soldado rompieron a reír, cuando se hubieron calmado, le informaron de que los expías buscaban a un hombre, desconocían su aspecto, aunque era fácil distinguirlo por el acero que colgaba de su cintura, y que según les habían dicho era primordial para la corona encontrarlo, y dar aviso a la guardia real, se rumoreaba que viajaba con un tesoro incalculable propiedad de la Corona, aunque los mismos expías dudaban de que fuera cierto. Arnaldo ante este giro inesperado de los acontecimientos les relató a los presentes el motivo que le había llevado hasta la villa de Sanlúcar, y porqué le perseguían. Claro está que la historia contada a los presentes, no explicaba la realidad de su necesidad de embarcar a las Indias. Él relató a los presentes, como había sido capitán en los Tercios Viejos de España..

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