Cartas de una sombra
José Antonio Córdoba.- Sin embargo, estos hombres de la villa estaban ciertamente inquietospor la presencia desde la noche anterior de una nao armada al otro lado de la barra que había llegado a la zona, bajo pabellón de la Corona. Nada bueno para el negocio que trajeran entre manos estos tertulianos, pues maldecían el motivo de la presencia del navío. Él entendió que su situación en la villa corría peligro, si la corona había mandado una nao visible y armada, eso quería decir, que ojos y oídos había en la villa atento a cualquier detalle que alertara de su presencia.
Durante una semana la nao estuvo presente en la bocana del Guadalquivir. Nuestro hombre hacía una vida casi conventual, eso sí, no dejaba de asistir todos los días a la taberna de la torre Mayor, para escuchar lo que decían aquellos buenos vecinos de la villa.
Una mañana mientras refrescaba la garganta, los tertulianos de siempre se levantaron y se acercaron en grupo hasta la mesa donde estaba él. Un hombre mayor, moreno y de piel curtida por el sol, se dirigió a él con tono cortés pero ciertamente amenazador. Su nombre le requería, claro está que sus años en tierras extranjeras le permitían disfrazar su origen, para la ocasión utilizó un tono francés, dando por nombre Arnaldo de Anaga. Preguntado por el motivo de su visita a la villa y, concretamente tantos días a esa terraza, él respondió que esperaba embarcar para las Indias, pero que habría de esperar al menos dos meses. Para rebajar la tensión, pues algunos de los allí en píe acariciaban la empuñadura de su acero, les invitó a sentarse y acompañaran con uno tragos. Los hombres se miraron entre sí y aceptaron la invitación.
El día transcurrió en la grata compañía de los villanos, quienes terminaron por ofrecerle trabajo a Arnaldo, necesitaban de un hombre de batalla para sus negocios. Unos negocios que como le dieron a entender se vieron afectados seriamente por la presencia de la nao real, los días pasados en la bocana. Él aceptó el trabajo por los días hasta embarcar. No pudo dejar la reunión sin antes preguntar a los asistentes si conocían de la presencia de espías de la corona en la villa, de gentes nuevas que no conocieran de antes. Los allí presentes enmudecieron todos a una, uno de los villanos, el más joven, se levantó y se dirigió hacia el interior de la taberna, al poco se asoma y hace una seña. Todos se ponen en píe menos Jacques, pero enseguida lo invitan a que pase al interior de la taberna. Él se da cuenta que ha tocado un terreno peligroso, tal como lo esperaba, tranquilamente se levanta y acompaña a los hombres de la villa al interior de la taberna, tras ellos el joven cierra la puerta…

