Revolución bolivariana
Luis Antonio Mariscal Rico.-Leo en un periódico digital: “El expresidente del Gobierno, Felipe González, ha ironizado hoy sobre el éxito electoral de Podemos en las elecciones europeas, al afirmar que la revolución bolivariana "se está poniendo de moda en España"”. Al leer esto, cosas del subconsciente, me vino desde mi memoria más lejana la imagen de un joven y descamisado líder que, con el puño cerrado en alto, arengaba y fascinaba a multitudes deseosas de cambio. Corrían los últimos años de los 70 y gobernaba entonces España un partido de centro reformista que intentaba vadear como podía una crisis institucional de dimensiones colosales llamada “transición”. Este joven provocaba el recelo de aquella casta de reyes, militares, eclesiásticos, abogados del Estado, y descendientes en general del régimen anterior, que supervisaban nuestros movimientos y que veían en él los demonios que tanto les costó exorcizar.
Han pasado casi 40 años desde aquella imagen grabada a fuego en mi retina. Pero la vida suele traernos estos “déjà vu” tan inquietantes como reales. Es como si el tiempo se volviese sobre sí mismo, enfrentándonos a situaciones aparentemente vividas en el pasado. No sé si el “compañero Isidoro” habrá tenido esta sensación recientemente, pero no deja de ser curioso cómo el discurso de un político va pasando por diferentes etapas a medida que avanza en edad y en experiencia. En este sentido, Felipe González pasó hace ya tiempo el Rubicón ideológico, desde la orilla del joven idealista a la orilla del hombre de Estado, donde los políticos adquieren una especie de estado de gracia. El hombre de Estado es en sí mismo un paradigma, el oráculo de los dioses, la pila de agua bendita hecha carne. El hombre de Estado es la última reencarnación de un alma, ese karma inalcanzable, salvo para algunos privilegiados.
Muchos políticos pertenecientes a ese grupo que se ha dado en llamar "la casta", se identifican con este tipo de político mitológico. Felipe González se enorgullece de ello públicamente. Son como las vacas sagradas de la India que transitan a sus anchas por donde les place sin que ni siquiera las más desarrapadas y hambrientas gentes que se cruzan con ellas se atrevan siquiera a molestarlas. Son los hombres de Estado. Frente a ellos, las personas o “chusma”. Endiosados, soberbios, van perdonando vidas y repartiendo axiomas por doquier. Los pobres mortales haremos bien en no poner en duda su recto proceder, so riesgo de caer colectivamente en los más indescriptibles abismos de confusión y perdición. Porque ya se sabe que el Estado está por encima de todo, y para recordarlo tenemos a estos guardianes de la ortodoxia institucional.
¿Las personas? Qué molestia, qué inconveniencia, qué ordinariez,… Si no fuera porque a la casta alguien la tiene que mantener… La chusma es desagradecida por naturaleza. Las personas no son conscientes de lo que se hace por ellas desde las Instituciones del Estado. Siempre quejosas, siempre reivindicativas, no tienen medida ni fondo. Pagan los desvelos de los hombres y mujeres de Estado queriendo poner patas arriba todo aquello que con tanto esmero y dedicación fue construido. Total, porque dicen que la pobreza avanza, que la esclavitud laboral es un hecho, que la atención social retrocede,… Haberse leído mejor el Contrato Social: la persona cederá su alma al Estado por un plato de lentejas con cañamones. Este Rousseau fue un ingenuo.
Bastardos.

