Cartas de una sombra

José Antonio Córdoba
A mis niñas
José Antonio Córdoba.-Cae la tarde cuando sentado en este jardín urbano del Barrio Bajo, ubicado en la Casa Hermandad del Rocío, tomando un cafelito de mi amigo Toni, me encajo en la silla  para escribir los borrones que darán cuerpo a esta columna.
La vida tiene circunstancias en las que la gente te demuestra el verdadero valor de lo humano, frente a aquellos que se jactan de ser adalid de castillos de humos, te encuentras con personas que te hacen ver la verdad de esta vida politizada, basada en intereses propios. Hoy quiero hablar de mis niñas.
Mis niñas, ellas te muestran el calor de la humildad en la persona, lejos de afectos o defectos, de ideas o pensamientos, nos une, el ser humanos. Ellas de buen humor y sencillez serán por siempre mis niñas.


Mis niñas, hace años que han dejado atrás el acné; el noviazgo de paseo marítimo y farolas medios encendidas cómplices de amores furtivos. Ahora sus amores son platónicos, amores que entre risas y sorna toman a guasa los avatares de la vida pasada y futura.
 
Mis niñas, ya no hacen coros para jugar a la tiza o saltar a la cuerda, ellas juegan entre lienzos, pínceles, oleos y acuarelas. Ellas plasman en lienzos sus inquietudes personales. Una fotografía, un recuerdo, una ilusión toman forma en sus improvisadas ventanas al mundo.
Un boceto a lápiz marca el inicio de una convivencia que a ratos no tiene fin. Un pincel con acuarela humedecido acaricia el lienzo cual mano de una madre toca el rostro del recién nacido, que sin querer despertarle transmite su amor maternal.
 
Trazos sutiles van poco a poco impregnando de color una sin forma, que aun  pretendiendo dar sentido a un todo desde el primer momento apenas es conseguido hasta el final, cuando satisfechas de su pincelar, lavan utensilios depositándolos suavemente sobre el mueble a tal fin destinado. Pasos atrás para, tal cual, una madre observa el dormitar de su recién nacido, ellas contemplar el acabar de sus obras. Un instante que dura poco, pues como un coro de madres en el parque, hablan, comentan e incluso “critican” sobre los niños, ellas lo hacen de las obras de las allí congregadas.
 
Pero por el taller revolotea la sombra de la abuela Chari. Ojo que todo lo ve, llamando a la calma al grupo todo alborotado, para ella opinar y opinar, claro está, que las demás de su opinar habrán de pasar entre risas y aspavientos.
Todo se calma entre cafelitos, refrescos y dulces cuanto menos sugerentes. Que se lo digan a este que escribe, que hasta huevos han comprado entre pinceladas y risotadas.
 
A mis niñas quiero mi respeto mostrar por todo cuanto de bueno muestran con este humilde articulista.
A mis niñas, siempre gracias, es de vosotras de quien yo quiero que mi hija aprenda.
 

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