Cartas de una sombra
José Antonio Córdoba.-Suenan en nuestras calles tambores y cornetas, acompañados con aromas de incienso que vuelan en la briza del atardecer.
Dos milenios después nazarenos, capataces, hombres y mujeres de fe cuidan su presencia. Dos milenios después cuidan la escenificación del martirio y el amor de madre. Dos milenios después cuidan y embellecen pasos y palios, todos distintos en la Pasión, pero idénticos en el dolor.
Dos milenios atrás en el tiempo, no había ricos bordados de oro o plata sobre fina seda incrustados.
Dos milenios atrás en el tiempo, la Pasión y el Dolor se vestían de sangre, sudor, lágrimas, espinas y tierra seca. Un tiempo hasta ahora que lo único que no ha variado ha sido `el miedo´ al cambio y a nuevas esperanzas.
Hoy por la calle suenan tambores y cornetas que a su paso acallan en murmullo del populacho congregado a la vera de las calles expectantes del pasar de las ilustres hermandades de penitencia. Hoy la ironía de la vida nos hace aclamar la belleza de unas imágenes que reflejan el amor de una madre por su hijo, y el dolor de un hombre por el pecado de los siempre ansiosos de poder.
A veces pienso sí año tras año no ocupamos el lugar de aquellos verdugos que tiempo atrás pasearan por la Vía Dolorosa el martirio de dos inocentes.
El velo oscuro del anochecer se extiende por nuestras calles, farolas, y hogares encienden sus luces artificiales que intentan rivalizar con la tenue luminosidad de cirios y velones que adornan pasos, palios y sus correspondientes comitivas. Son estas horas de penumbra en la que las lágrimas de María, y el rostro ensangrentado de Jesús, juegan con las luces y sombras de esa tenue iluminación de cera mecida por el palpitar acelerado de los corazones de costaleras y costaleros.
Hoy Cristo no arrastra sus descalzos pies por la polvorosa calle de Jerusalén. Hoy María no le sigue escondida en portales o tras el gentío curioso.
Hoy Cristo camina en los pies doloridos de hombres y mujeres que viven su Pasión. Hoy María, sigue a su hijo con el corazón dolorido tal cual daga lo ha atravesado con el rostro de lágrimas inundado. Lágrimas que resbalan por sus mejillas humedeciendo de esperanza sus manos elevadas hacia Dios, en señal de clemencia por el hijo que les une.
Sobre su regazo descansa su hijo, inerte, pero aun así María ve el rostro de un hombre Justo que ha dejado este cruel calvario para descansar al lado del Padre que lo ama.
En el dolor de María hay paz, la paz de esa madre sabedora que su hijo aquí yacente, no sufrirá más. Sus sentidos difusos no engañan a su corazón, que le dice “Cristo vive por siempre en ti María”
Nosotros amamos a Cristo, celosos del amor que le tiene María.

