Cartas de una sombra
José Antonio Córdoba.-Las distintas estructuras que se dan cita en el Universo muestran una hermosura y magia tan fascinante que aquí abajo, los de a pie, apenas llegamos a comprender la excelencia de la vida.
Pensar que donde hoy pisamos es el resultado de la colisión de miles de millones de asteroides, te hace pensar seriamente nuestra posición en el Universo.
El origen de un planeta como el nuestro de estructura sólida se origina por la colisión múltiple de asteroides, lo que genera un campo magnético, el cual se encarga de atraer todo los elementos sólidos que orbitan alrededor de este primer núcleo.
La gran variedad de los asteroides que han colisionado con la Tierra, han demostrado que estos han jugando un papel más relevante que el de la simple formación geológica del planeta, ellos transportaron el agua por el Universo hasta aquí, pero además, germinaron este planeta árido con las simientes de la vida.
Pero el papel de los asteroides en la Tierra no ha acabado, continuamente recibimos en nuestro planeta cientos de ellos. Es esta persistencia de estos elementos rocosos lo que siempre ha preocupado a la humanidad, catalogado como causa probable de erradicación de la vida tal y como la conocemos, continuamente se escudriñan nuestros cielos para prevenir la llegada de ese asteroide del Armagedón. Bien es cierto que desde que se empezara con esta idea de prevención en el último cuarto del siglo XX, donde se veía como única opción hacerlo explosionar, ahora que caminamos en el primer cuarto del siglo XXI, hemos avanzado hacia la posibilidad de alterar la órbita del objeto amenazante.
Es ésta, casi obsesión, por salvaguardar la vida humana en este planeta la que me ha llevado a plantearme que, quizás no estemos aquí puestos al azar. Que el ser humano -lejos de las distintas teorías de cómo llegamos aquí- estamos destinados a convertirnos en los defensores de la vida de este planeta en su más amplio espectro.
Se nos ha dado El Dorado del Universo en este Sistema Solar, con el fin de salvaguardarlo. Puede que cuando se ha hablado de la necesidad que tiene el ser humano de escudriñar el cielo, no fuera precisamente para buscar su origen, sino para evitar su fin.
Algo para lo que los siete moais de la Isla de Pascua podrían haber sido erigidos. Guerreros de piedra para defenderse de las piedras llameantes del cielo.
Algo por lo cual los antiguos tomaron la piedra como elemento de sus colosales construcciones.
Algo por lo que los antiguos se afanaron en estudiar el cielo nocturno, ese pedacito de Universo que estaba a su “alcance”.
Algo para lo cual el ser humano está siendo educado por seres superiores o incluso por seres de nuestro propio futuro.
Lo que está claro es que la Tierra, es la Línea Maginot contra ese asteroide apocalíptico.

