Cartas de una sombra

José Antonio Córdoba
Mi olvido
José Antonio Córdoba.-Pocos son los minutos que pasan de la hora de las brujas. El cansancio pesa en mi cuerpo; mi alma arrastra las pesadas cadenas del desánimo; mis ojos pierden su mirar en el abismo del no pensar.
 
Sea una posible verdad, que de Dios yo me he olvidado, no lo es menos que cielo  e infierno de este mortal se burlan. Mis oídos niegan haber escuchado vez alguna la disputa que sobre el ser humano libran el bien y el mal.
 
Estos momentos eternos que transcurren en la hora mágica, los siento necesario de cerrar los ojos, y olvidar el mundo, buscando mi lugar en la infinidad del Universo. Pero si grande es mi enfado con la vida en este mísero mundo, en el Universo nada lo alivia al entender que su inmensidad también me olvida.


Sentado, solo frente a las llamas vivas de una fogata, siento como mi vida se escapa en cada crepitar de los leños al arder. La fría tierra soporta mi pesado cuerpo, mientras que no tengo por más cobijo que el bello y oscuro manto de un cielo a la luz de la luna.

No soy hijo de la Luna, que menguara para acallar mi llanto mecido en cuna de plata. Quizás más mi vida sea la del buen Platero.
A veces quisiera ser peregrino y a Dios le hablo, pero que inútil mis palabras, no por sin sentir, más bien por ceguera, pues peregrino me ha hecho en esta vida desde los seis años, aunque pienso que al nacer ya lo traía a hierro marcado.
 
Sus brazos me acogieron,  entre penas y lágrimas me acurrucaba, soledad es madre, y no porque así se llame quien me pariera o me criara. De la soledad soy hijo, ella no me ha repudiado, ni en un portal olvidado, o como un paquete regalado, ella ha hecho de su frio mi más grande sentir. Como la piedra solitaria contempla el horizonte, tal cual contemplo yo mi vivir.
 
Soy sombra de un existir. Soy la espuma de la ola rompiente. Soy el humo de una cerilla apagada. Simplemente soy.
Las letras desahogan esta alma repudiada. Castigada a enseñar lo que nunca se le enseñó. De un cajón a una cuna acomodada, y de allí al frío de la arena mojada.
En algún lugar una musa llora desconsolada, a ver como su escritor olvidó la belleza del Mundo que enamoró a Dios.
 
Cuanto miro al cielo intentando con mi pensamiento volar por el espacio exterior, cual meteoro, sin percatarme que mi realidad, es la de esa roca fija en la orilla de esta desembocadura, arremetida por el oleaje furioso de las mareas.
 
Mi mundo es de bellos grises, sin coloridos espejismos de un querer ser para lo que simplemente no vine a nacer.
Mi vida, es un cúmulo de olvidos.
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