SsanlúcarSur PonienteLargo

Eduardo Dominguez Lobato-Rubio
SanlúcarSur PonienteLargo   Capitulo 54
Y a partir de ahí, Maruchi volcaba toda su diligencia en ajustarle el vestido color humo y en abotonarle el abrigo de lana negro cada vez más ancho e imbarajable y, en ese instante justo, el reloj de malaquita repujada marcaba las siete y veintitrés minutos y todo había discurrido con precisión de asombro, increíblemente sincronizado y medido por los inalterables péndulos de la costumbre.Y a las siete y veintiséis doña Claudia había salido a la mañana díscola y borrosa, apoyada en el brazo de Maruchi, protegida por el paraguas de plástico marrón sostenido por Maruchi, Maruchi a compás de los pasitos recelosos, del bastoncillo vacilante de Doña Claudia.


Cruzaban la plazuela casi en diagonal, evitaban el banco de cemento pintarrajeado por los niños, sorteaban el primer arriate plantado de margaritas y pitirrosas, dejaban a la izquierda la palmera inmemorial seducida por insidiosas buganvillas rojas y violetas y alcanzaban, por fin, el pórtico esbelto del convento, justo cuando la campanita casquivana lanzaba a los aires diecisiete monedas cantarinas, pausa y tres puntos, por encima de los gorriones asustados y por encima incluso de la lluvia.

Entonces, quedaba atrás la luz olorosa a hierba nueva y a tierra mojada, quedaban atrás los goterones enamorados de pitirrosas y buganvillas, quedaba atrás el inútil forcejeo del sol con los nubarrones del Este por asomarse al pueblo todavía dormido. Y cuando entraban a la penumbra inciensada, Maruchi forzaba su genuflexión trabada por el brazo y ofrecía a doña Claudia los dedos índice y corazón mojados en agua bendita  conduciéndola sostenida por el codo hasta el reclinatorio de cedro y raso púrpura con las letras R y C enoro mortecino luego permanecían arrodilladas mientras el padre Fabián cruzaba desde la sacristía, reverente y ensimismado, las pelusillas de la barba aureoladas a contraluz por los dos cirios del altar. El padre Fabián, los brazos abiertos entre oferentes y exhortantes, diría como siempre:

Hermanos, reconozcamos nuestros pecados…

Cuando doña Claudia intentaba el buceo por las serenas hondonadas del examen de conciencia, yo pecadora, me confieso a Dios, su imaginación volaba hacia cualquier parte,qué cabeza la mía, Señor, qué cabeza, hasta resbalar sin saberlo a la diaria contradicción de que a fuerza de pensar en Dios se olvidaba de la misa.

Luego caía en la cuenta de que a esta misa venía tan poca gente que podrían contarse con los dedos y, además, casi siempre la misma, nadie sabía si porque esta misa no era para mucha gente o porque mucha gente no era para esta misa. Y eso ocurría desde siempre, al menos desde aquella exuberante mañana abrileña de hace diez años, cuando ella asistió por vez primera a esta misa que parecía otra por entonces.

Porque aquella mañana fastuosa aún no se hablaba de ningún temporal….
 
eduardo dominguez-lobato rubio


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