Cartas de una sombra
José Antonio Códoba.-Amada y repudiada, ella ha sido valerosa, es nuestra «Agustina de Aragón», en este Guadalquivir. Ha cobijado y enamorado a individuos de la más dispar calaña. Ella ha sido virgen y fulana; ha sido señora, plebeya y esclava. Ha sonreído y llorado por los muchos que han llegado o marchado.
Su cuerpo ha sido de un transitar continuo, pero su espíritu solo tiene dos amores, al amanecer despide a la Luna paseando con el Sol hasta que este se marcha por el lejano horizonte del poniente.
Aún no habiendo nacido entre sus campos, o marismas, me enamora está ilustre villa. Como buen marino mis novias son de puertos, una en las Palmas de Gran Canarias, otra en Ceuta, y la última, vive en un puerto chiquito. Por sus aguas grandes navíos pasan de largo, pero a sus orillas no llegan. Es bañada por las aguas de un gran río, al que llaman Guadalquivir.
Su belleza, como la humana, se marchita con el tiempo, pero mi amada, no ha sufrido por la edad, sino por la agonía humana, que al igual que en la mujer el exceso de cirugía plástica da paso a una deformación, en mi amada villa, el exceso de especulación la ha desfigurado.
Pero aún así sigue siendo bella, en su interior, en sus rincones, en sus amaneceres o anocheceres. Una luz o sombra natural sobre algunas de sus fachadas o torres, te muestran esa magia que aún conserva. Es más, hoy, día nublado y de bastante agua, es tan hermosa y sensual como una mujer sorprendida por una tormenta de verano, donde sus finas ropas se mojan dejando a la vista un bello y delicado cuerpo. Así es ella, entrada en edad, pero sensual. Alegre en su tristeza. Bella en su fealdad. Oscuridad en la luz y, luz en la oscuridad para los cansados navegantes.
Todos cuantos venimos de fuera nos enamora, tiene un “no se qué” mágico que aún no entendiendo aceptas de buen grado. Aceptas su dolor, sabedor de que en el fondo esta el amor que te embriaga.
Yo la he repudiado como buen sanluqueño. Pero ello no me ha impedido amarla, como lo hacen los de aquí. Es un amor natural, imperfecto, pero bello. Es en este “no, pero sí” que he conocido sus entresijos, sus rincones íntimos, una fachada, una puerta, una columna, una fuente, una escultura, una planta, un árbol, un hombre, una mujer, etc.
Es verdad que actualmente no es la Sanlúcar que quisiéramos, pero es la Sanlúcar que tenemos. En su piel está el paso de los siglos, de sus luchas, de sus logros, de sus fracasos, del odio, del cariño, de amores de juventud y, a pesar de todo, ella te sonríe, te brinda su poniente o su levante.

