Espíritu franciscano

Cofrade
San Francisco y el nacimiento del niño Dios
En la inminente celebración de la Nochebuena quisiera trasmitir el espíritu franciscano a todo áquel que quiera recibirlo en su alma. Pero  esta ocasión he querido aparcar mis palabras y que sean las de Tomás de Celano, el primer hagiógrafo de San Francisco, el que nos narre aquella noche mágica que vivió, junto al Seráfico Padre, cuando celebraron la Nochebuena en la cueva de Greccio. Tomás de Celano fue franciscano y uno de los discípulos de San Francisco, nadie mejor que él para contarnos las experiencias vividas junto al Santo de Asís. Sumerjámonos en aquel 24 de diciembre en el que se produjo el milagro de la Navidad franciscana.


 “Llegó el día de alegría, el tiempo de la exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, iluminó todos los días y años. Llegó, en fin, el santo de Dios y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad  recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Grecio se convierte en una nueva Belén.

 
La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales. Llega la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos. La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría.
El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre y el sacerdote goza de singular consolación.
    
Francisco viste los ornamentos de diácono, pues lo era, y con voz sonora canta el santo evangelio. Su voz potente y dulce, su voz clara y bien timbrada, invita a todos a los premios supremos. Luego predica al pueblo que asiste, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la pequeña ciudad de Belén dice palabras que vierten miel. Muchas veces, al querer mencionar a Cristo Jesús, encendido en amor, le dice “el Niño de Bethleem”, y, pronunciando “Bethleem” como oveja que bala, su boca se llena de voz; más aún, de tierna afección. Cuando le llamaba “niño de Bethleem” o “Jesús”, se pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara en su paladar la dulzura de estas palabras.
 
 Se multiplicaban allí los dones del Omnipotente; un varón virtuoso tiene una admirable visión. Había un niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño. No carece esta visión de sentido, puesto que el niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados. Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría.
Se conserva el heno colocado sobre el pesebre, para que, como el Señor multiplicó su santa misericordia, por su medio se curen jumentos y otros animales. Y así sucedió en efecto: muchos animales de la región circunvecina que sufrían diversas enfermedades, comiendo de este heno, curaron de sus dolencias. Más aún, mujeres con partos largos y dolorosos, colocando encima de ellas un poco de heno, dan a luz felizmente. Y lo mismo acaece con personas de ambos sexos: con tal medio obtienen la curación de diversos males.
 
El lugar del pesebre fue luego consagrado en templo del Señor: en honor del beatísimo padre Francisco se construyó sobre el pesebre un altar y se dedicó una iglesia, para que, donde en otro tiempo los animales pacieron el pienso de paja, allí coman los hombres de continuo, para salud de su alma y de su cuerpo, la carne del Cordero inmaculado e incontaminado, Jesucristo, Señor nuestro, quien se nos dio a sí mismo con sumo e inefable amor y que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo y es Dios eternamente glorioso por todos los siglos de los siglos. Amén”
                                (Tomás de Celano, Vida primera, I, 30: FF469-471)
 
Hasta aquí la narración del franciscano Tomás de Celano, que vivió junto a San Francisco y que escribió de él tres hagiografía de su vida. Este relato es de la primera de ellas, escrita sobre los primeros años del santo, comisionado por el Papa Gregorio XIen 1228mientras que la canonización de Francisco se llevaba a cabo. El segundo trabajo "Vita Secunda" fue comisionado por Crescentius de Jessi,  el Ministro General de la Orden Franciscanaen el lapso entre 1244 y 1247, y refleja las perspectivas oficiales cambiantes en las décadas posteriores a la muerte del santo. El tercero es un tratado de los milagros del santo, escrito ente 1254 y 1257 y fue comisionada por John de Parma, quién sucedió a Crescentius como Ministro General.
                      
Sirva este relato para que en todos nosotros siga viva la llama encendida de amor y entrega, que San Francisco de Asís nos trasmitió en su vida. Mi saludo franciscano de paz y bien en estas fechas tan importantes para toda la cristiandad. 
                              
                                Fray José de Sanlúcar, Capuchino
 
                            
                               
                    
 

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