PonienteLargo XLVI
Su infalible buen ojo clínico había visto a la muerte….. la había reconocido sin equívocos posibles encaramada sobre el hombresentado junto a la ventana, violáceo, jadeante, los ojos desorbitados, la boca abierta como si pretendieseextraer los últimos átomos de oxígeno, ese oxígeno que se le había vuelto espeso e inaprensible.
Edema pulmonar, estaba claro. El hombre lo había mirado desde el fondo de su angustiamortal, tal si implorara clemencia desde el último hilo de esperanza:
-Don Samuel, me muero, me mueroDon Samuel…
Y había algo en su expresión que, todavía, esperaba el milagro….
Rumbo= 149º
longitud= N036º 46,491
Latitud=W006º 21,284
Y las aguas seguían su caminoy, entre ellas y con ellas, lamentos, suspiros, trozos de pena, de desilusión. Una caja de madera flotaba, dentro,cartones envolventessobre papeles ajados. Otra caja golpeaba aquella puerta de madera y quedaba definitivamente atascada entre las rejas del cierro, en aquella segunda planta de la casa, de la vieja casona. Aguas locasy dispersas, ansiosas en el recorrido, callejuela de la portería de la merced, callejón de la colartay calle misericordia.
El nuevo nivel del mar marcaba ahora, a la altura de la fachada principal de La Caridad, la ventana del coro alto, justo debajo del recto frontón.
Y ya no se disfrutaban ni las columnasjónicas del primer nivel, ni las pilastras corintiasde arriba, ni las hornacinas, y los santos, esta vez verdaderamente maltratados y ahogados por tanta inmersión junta.
Balsas salvavidas hubieran necesitado aquellas santidades y navegar hacia los cielosantes de que aquel repentino temporal destrozara sus moradas y estancias sanluqueñas. Quizás alguno prefiriera colocarse de improvisado mascaronde proa y seguir a lomos de la corriente camino de las Descalzaso de la Puerta de Jerez.
Práctica y enseñanza, la navegación a velaentre los callejones y temporales estaba permitiendo aquel alpinismo marítimo, quizás aquella travesía de altura, y quizás nunca mejor dicho. El casco de madera se envejecía por momentos y las labores de improvisado mantenimiento eran inútiles, tan solo acudir como clavo ardiendo a la experiencia nautica, a la intuición marinera, a la formación mercante, a la memoria de aquel buque escuelaen los años sesenta. Aparejos de velas cangrejas, y velas cuadras sobre la cangreja del trinquete, ahora que más daba, recuerdos sobre recuerdos, nostalgias sobre nostalgias y lamentos a la mar, como si a estas les faltara una última gota de llanto que gotearadesde el bauprés.
Todo parecía diferente, patios inundados, salones sumergidos, corrientes de agua entre escaleras y galerías. Hasta aquel piano…..
eduardo dominguez-lobato rubio

