Sin pelos en la lengua
Zambombás por un tubo
El MIrabreño.-Cuando me disponía a escribir esta segunda parte dedicada a estos tiempos navideños, me he topado con el artículo de nuestro director. Pepe Fernández me ha pisado, como se dice vulgarmente, el terreno y en algún aspecto concreto se me ha adelantado a lo que quería trasmitir en esta continuación de mi anterior artículo. Y digo continuación, porque mi idea era hacer hincapié en la “movida” que vemos en Sanlúcar en estas fechas cercanas al día propiamente dicho de Navidad, en las cuales se funden y confunden la mal llamada Ruta del Mosto con, las también mal catalogadas, celebraciones de zambombás. Al Mirabreño como amante de las tradiciones y costumbres de nuestra tierra, le gusta que el pueblo celebre y se divierta con lo que nuestros antepasados nos han ido legando de generación en generación. El Mirabreño que ya peina canas desde hace años y cuenta con cierta andadura y experiencia, ha visto como llegadas estas fechas, villancicos y zambombás habían pasado a mejor vida. Hubo un tiempo que la Navidad en Sanlúcar pasaba sin pena ni gloria, sin que pudiéramos vivir y disfrutar de una zambombá ni de cantar villancicos.
Los belenes habían sucumbido a los árboles engalanados con bolas y guirnaldas doradas o plateadas; la nochebuena y el día a Navidad se solía pasar en familia, eso de estar en la calle y de encontrar un establecimiento abierto para tomar una copa era misión imposible, una auténtica quimera. El fin de año era distinto, pobre de aquel que no hubiese planeado con tiempo el asistir a un cotillón, esa noche estaría colgado, más agobiado que el fontanero del Titanic.
Ni tan siquiera le quedaría el consuelo de ir a la Plaza del Cabildo a despedir el año con las uvas y la botella de cava, eso se perdió en el tiempo. Hubo una época que sí, que en verdad los sanluqueños salíamos y hacíamos de nuestra céntrica plaza la del Sol de Madrid; pero eso lo enterró la evolución y el devenir de los años . Entonces Sanlúcar vivió la travesía del desierto, el éxodo del pueblo de Israel cuarenta años caminando entre paisajes desérticos, arena y polvo, hasta que un día, cual si visionara la tierra prometida, apareció en el horizonte el maná caído del cielo, un grupo de “Papa Noeles” -sirva el término- organizaron una numerosa charanga que al rebufo de las nuevas modos amenizaba el macrobotellón que la juventud lleva a cabo en nuestra emblemática plaza.
El Mirabreño insiste en que no es un amargado y que no pone cortapisas a que la gente se lo pase bien o, como dicen ellos, del carajo o de puta madre, espero que SD no me censure estas frases asumidas ya por el pueblo, pues, aunque son mal sonantes, están ya más que asimiladas por todos. Ahora bien, una cosa no quita la otra, si en este pueblo nuestro Equipo de Gobierno formado por auténticos pelagatos cumpliera la Ley Antibotellón, prohibiría esa concentración etílica y alcohólica que, desde hace unos añitos, contemplamos impasibles el día de Nochebuena. No sé si ustedes, queridos lectores, os habéis pasado por la plaza del Cabildo y calles adyacentes una vez terminada la ingesta de bebidas de todo tipo.
El panorama es desolador, basura por doquier, meadas, vomitonas y toda clase de inmundicias, un verdadero vertedero con los restos de la gran batalla. Este Equipo de Gobierno de chochimoscas, debería tener previsto un retén de limpieza e, inmediatamente acabada la marabunda juvenil sumergida en el apogeo de la gran botellona, que dejase todo el centro de nuestro pueblo en perfecto estado de revista. En su lugar, los que después de cenar con la familia nos atrevemos a dar una vueltecita y tomarnos una copita, disfrutaríamos de unas calles limpias y adecentadas y no de un paisaje más propio de poblaciones tercermunditas. Después de todo lo dicho voy directamente al tema de la enorme cantidad de zambombás que se organizan en este bendito pueblo. Como dije antes, las tradiciones y formas de celebrar la Navidad habían caído en desuso y las zambombás no podían ser menos, habían sido apartadas y arrinconadas. Nadie, hablo a título colectivo o de asociación, organizaba una zambombá, y si alguna existía era la excepción que confirma la regla.
Sin embargo, de unos años a esta parte y cuando la crisis ha agudizado la precaria economía de bares y establecimientos públicos, ha vuelto a aflorar como los hongos el anuncio de multitud de zambombás diseminadas por cualquier lugar o rincón de Sanlúcar. En estos últimos tiempos ningún bar ha querido perder y desperdiciar la oportunidad de subirse al carro de la nueva moda y así, desde el bar más pequeñito hasta el más famoso y grandioso, ha publicitado su correspondiente zambombá, como un reclamo para que la gente y clientela acuda a gastarse el poco dinero que maneja el personal. Pero llegado a este punto me pregunto ¿en verdad eso que organizan son zambombás? Sinceramente no, es un espectáculo donde suele cantar un grupito canciones que poco tienen que ver con la Navidad, aunque de vez en cuando, como dice el refrán, entre col y col meta una lechuga. Las zambombás clásicas, las de toda la vida, son esas que conserva aún el pueblo jerezano; es un numeroso grupo de personas que no asisten como meros espectadores a oír a tres tíos con guitarras, a veces eléctricas á otros instrumentos musicales que no son los propios de una zambombá.
La zambombá típica es aquella en la que enmedio de un buen coro de personas hay una buena hoguera ardiendo dentro de la mitad de un bidón o algún artilugio similar. En las zambombás todo el mundo participa, todos cantan y utilizan panderetas, botellas de anís que se hace sonar con un algún tipo de cubierto. Y como no podía de ser de otro modo está también el que golpea la boca del cántaro con la alpargata y como auténtica estrella tiene que haber una o varias zambombas, porque me hago otra nueva pregunta ¿cómo podemos celebrar una zambombá sin zambombas? Es como si quisiéramos jugar un partido de fútbol sin balón. Por eso digo, que esto de la proliferación de celebraciones mal llamadas de zambombás es una nueva rutita del botellón camuflada bajo tan recurrente tradición.
Por otra parte, y ya lo denunció aquí, el Mirabreño a su debido tiempo, este Equipo de Gobierno de incompetentes tiene que tomar cartas en el asunto y empezar a multar ya a todo aquel que ensucie paredes, farolas, bancos, papeleras y demás mobiliario urbano, porque es una verdadera vergüenza como están las fachadas de ciertos edificios como pueden ser la de la antigua Comandancia de marina o la del convento de Madre de Dios. Menos pensar en los votos y más multas a todo aquel que esté contribuyendo a que nuestras calles presenten una imagen de abandono y dejadez.
Banderillas negras
Todo amante de la fiesta de los toros sabe el significado de clavarle a un astado un par de banderillas negras. A partir de este artículo iré repartiendo un par de banderillas negras a quien haya hecho méritos para ello. El primer par de ellas se las adjudico al responsable máximo de urbanismo, por no saber o no querer, poned pie en pared con todas ilegalidades que se incumplen en la celebración de la Ruta del Mosto (botellón), de las zambombás y de la concentración masiva en la plaza del Cabildo.
