Belenes de antaño

Cofrade
{jcomments off}¿Belenes  o maquetas?
En estas fechas cercanas al día de Navidad, en pleno tiempo de adviento, es costumbre acercarse a contemplar por toda nuestra ciudad los clásicos belenes o nacimiento. Los sanluqueños disfrutamos sobremanera con el esfuerzo de muchos artistas de nuestro pueblo que, con su trabajo y afán, nos muestran sus verdaderas creaciones artísticas. Sin embargo, viene a mi recuerdo aquellos belenes de antaño que, al admirarlos, nos servían como  una auténtica clase de catequesis sobre la vida de Jesús. Con ellos podías aprender y comprender mejor los textos lucanos que nos narra los Evangelios, y nuestra imaginación volaba en el tiempo para aterrizar en la Belén de aquella época.

Los nacimientos de aquellos años estaban realizados con verdadero amor y esmero, con cariño y buena dosis de ingenio, pues los belenistas de entonces carecían por completo de los materiales y técnicas de los que disfrutamos hoy en día. Quizá por todo ello, se nos hacía aún más valiosas las verdaderas obras de arte que representaban con sus bellas estampas navideñas, con sus paisajes nevados o desérticos. Y no digamos nada de los efectos especiales, por llamarlo de alguna forma, que conseguían a base de esfuerzo y tesón, realizando incluso los artilugios necesarios para hacer posible disfrutar de la lluvia, de la tormenta o del relámpago.
 
Sin dejar a un lado el maravilloso efecto que conseguían a la hora de llevar a cabo el cauce de un río o un cielo estrellado. Cuando contemplábamos estos trabajos en verdad nos introducíamos como figura o personaje del propio Belén y nos veíamos formando parte del gran acontecimiento de la venida del Mesías. Aquellos nacimientos tan añorados, tan sanluqueñisimos nunca nos distraían del motivo fundamental y clave de la celebración de la Navidad. A pesar de todo lo que rodeaba a su elaboración, sus autores tenían siempre en mente el destacar por encima de filigranas y decoración el motivo central y principal que se quería representar.
 
Ese motivo no era otro que el misterio del nacimiento del Niño Dios recostado en un pesebre, la Virgen María, San José, el buey y la mula, los auténticos protagonistas del nacimiento ocupan un sitio de privilegio, el sitio que le correspondía por importancia y transcendental signo de la Nochebuena, en el momento en que Dios viene a nosotros convertido en un recién nacido. Con el paso de los años, con la modernidad, ha llegado hasta nosotros una nueva forma de entender la elaboración del típico y tradicional belén navideño. A  ello ha contribuido sin duda los nuevos materiales, artilugios, técnicas y planteamientos, que está derivando en que estamos convirtiendo un nacimiento en una maqueta digna de concursar en una exposición de alumnos de arquitectura en el Reina Mercedes.
 
La verdad  se ha dicha, los belenes actuales son auténticas fotografías que reflejan con toda perfección la fachada de un edificio religioso o un monumento histórico de la ciudad. Son fieles reflejos de construcciones más propias de estudios de arquitectos, constructores o promotores de urbanizaciones o viviendas, que una demostración de amor y fe cristiana. Ahora el nacimiento propiamente dicho de Jesús pasa a un segundo e, incluso, tercer plano, y en lugar de extasiarnos con la carita divina del Niño, o con la ternura de María o la sobriedad de San José, nos preocupamos más de la tejita del techo del convento o monasterio reproducido o d ella piedra ostionera del Castillo de Santiago. Hoy día, valoramos más el pajarito dando de comer a sus polluelos en su nido; el gato recostado sobre el cojín encima de la sillita de enea y pasamos por alto el mensaje catequético y salvífico que nos trae el Niño Jesús hecho hombre. Hemos pasado de la Buena Nueva del Evangelio al nuevo secreto para conseguir ese o aquel techito de paja o el apolillamiento de la puerta de la posada.
 
La belleza de los actuales belenes y dioramas está fuera de duda, la perfección también, pero es una belleza y una perfección carente de vida, de sentimiento, de amor, porque es como si contempláramos la maqueta de un puente o de un aeropuerto realizada por cualquier  famoso arquitecto del país. Me resulta fría y desangelada la imagen de los actuales belenes, noto la falta de trasmisión cristiana en ellos, los contemplo y pienso que más que un canto al misterio y acontecimiento del nacimiento de Cristo es como la demostración ególatra y autocomplaciente del autor del mismo.
 
Es como si la vanidad de los artistas aflorara y fuese transformada en tal o cual trocito del belén. No sé si es muy atrevido pensar que más que una exaltación a Dios no es un canto a nuestro propio ego, a nuestro propio prurito personal, en lugar de mostrarnos más humilde y ser los últimos, abogamos por ser los protagonistas de la historia. El primer belenista de la historia, San Francisco de Asís, llevó el misterio de la Navidad a la gruta de Crecio, y aquella noche se produjo el gran milagro que aún todavía recordamos, cuando, entre el buey y el asno, el Niño Dios cobró vida, no hizo falta nada más que la fe y amor de todo un pueblo. En aquel primer Belén ningún aderezo ni atrezzo fue necesario ni imprescindible, bastó con la presencia única de la imagen de un Niño envuelto en pañales y recostado en su pesebre.

 
               Fray José de Sanlúcar,capuchino

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