SanlúcarSur Ponientelargo XXXVII
Eduardo Dguez-Lobato Rubio.-Se aglomeraba la gente por saber qué pasaba y, al final, el cabreo del guardia con aquel fulminante "Se acabó" dirigido al de la moto, "o te vas o te vienes conmigo",……..
Bueno, usted gana, guardia; disuelto el tapón, circulación reanudada, el de la moto que se iba y el mundo reemprendía su marcha. La motocicleta hecha un asco, faro roto, manillar torcido y el pedal doblado. Está bien, usted gana, guardia…
-Rosaura…
-Susana…
Hacía por lo menos un año que no se veían y, al primer golpe de vista, Rosaura advertía que Susana -de su misma edad, quién lo dijera- había envejecido tan escandalosamente que daba pena, pobrecilla. Por su parte, Susana encontraba que Rosaura -de su misma edad, cómo es posible– envejece tan velozmente que cuesta trabajo reconocerla.
-Estás estupendamente, hija, qué bien.
-Mira quien habla. Pareces una niña…
-Cuánto tiempo, hija, qué cara te vendes, no hay quien te vea…
-Anda que tú, hay que pedirte audiencia.
Eran amigas desde el colegio de las monjas, siguieron siéndolo después de casadas y consolidaron definitivamente su amistad a lo largo de aquellos últimos veinte años. Ambas habían quedados viudas y, casi por necesidad, decidieron rehacer sus vidas.
En verdad sucedió que la unión con Eulogio fue desde el principio especie de pacto amigable determinado por la necesidad, azuzado por la soledad y marcado por la esterilidad, sí, un acuerdo casi filial o medio paternal, cualquiera sabe, porque Eulogio, caballero respetuoso y apacible, soltero vocacional y tres décadas mayor que Susana, se fue a la tierra como un santo, sin ruidos ni alharacas, hará unos quince años y no le dejó sino el feliz recuerdo -aunque de algún modo insípido, hay que reconocerlo- de su sombra protectora, el pisito recién hecho acabado de comprar y la razonable pensión vitalicia de funcionario jubilado.
-Pues ya ves, de mercado, hija, qué mareo, cada vez todo más caro y la pensión no estira.
–Para volverse loca, sube todo por días, qué agobio, ¿dónde vamos a parar?
-Oye, estás muy bien con ese vestido.
-Pues ya ves, tiene más de un año.
-Y el mío tiene dos.
-Total, para lo que tiene una que presumir …
Habían empezado a charlar. De todo y de nada porque desde hacía mucho tiempo establecieron el acuerdo tácito e inviolable que impedía el retorno al pasado y, vulnerarlo, parecería una torpeza imperdonable. Y para qué. Estaban al resguardo de la esquina, protegidas contra el ventisquero de la calle transversal, bajo el cielo súbitamente oscurecido, amarronado, que aligeraba el paso de la gente. Por alguna extraña razón, los ruidos se hacían más opacos, vaporosos y evasivos y quizás por eso llegaba más nítida la música de algún transistor que descarga sobre la mañana su aguacero melódico: " La canción del olvido ".

