Cartas de una sombra

José Antonio Córdoba
El aliento de la otra vida
José Antonio Córdoba.-Las experiencias de la vida llegan un momento que te sitúan en un lugar donde el tiempo carece de sentido, un lugar donde los mundos carecen de fronteras, un lugar donde puedo contemplar el pasado, presente y futuro, además de saberme justo sobre la línea que ordena las dimensiones.
Ayer paseaba por sus rincones, fríos y sombríos, por espacios inertes la más de las veces ornamentados con algún detalle vegeta. .
La luz de artificio que me rodeaba era algo que no acompañaba a mis pasos. Según avanzaba por sus distintas estancias, pareciese al momento en que Moisés con su cayado rompió las aguas en dos, así, abríase ante mis pasos la dimensión de lo vivo, dejando ver al otro lado, el más allá, allí donde según nos cuentan desde pequeños la vida no hace, aunque hoy muchos aseguran que sí nace. El delgado velo que pretende ocultar la oscuridad de la luz que me precede me deja entrever una época de mendigos, aldeanos y señores de alta alcurnia. Doncellas, unas corren afanadas y nerviosas de estancia en estancia, otras en un gran salón forman un coro entorno a una elegante señora en labores de bordado, acompañando estas labores con un platica veces risueña y vociferante, veces leves susurros, que tras miradas de complicidad algunas de las jóvenes disimulan canturreando alguna canción aprendida en los conventos donde han estudiado o estudian cómo ser grandes damas de la Corte.
Mi pasar que yo tildo de fugaz, siento en mis carnes que es tenida en cuenta por algunos ojos, que aún sin llegar a verme me presienten. Siguen mis pasos hacia la zona de las mazmorras o calabozos, donde la dulce estampa antes contemplada se transforma ahora en gritos salvajes, roncos y faltos de vida. Al acercarme a un óculo -hoy sin rejas- veo un enrejado fuerte, pesado  y coronado con un gran cerrojo ubicado en el piso, la oscuridad dicta que nada se oculta en el lugar, pero apenas mis ojos se acostumbran a la penumbra dos pequeños reflejos en una esquina se clavan en mí. La guía que me acompaña me mira extrañada, pues no comprende que miro con tanto interés, menos aún al ver que mis ojos están fijos en un punto donde según su apreciación no hay más que  luz y vacío. Pero mis ojos siguen mirando esos dos puntos que me observan entre curiosidad y miedo.
La cara debe de habérseme puesto blanca, pues desde que he salido de la zona de mazmorras la guía no para de mirarme ciertamente preocupada, pero algo la impide preguntarme qué he visto.
Fuera en el patio aparentemente ido me despido de la guía quien sonriente comienza a desvanecerse ante mi mirada atónita.
Ahora en la barra de la cantina trato de ordenar experiencias, pero el tintineo acelerado y disonante de la cucharilla dentro del vaso indican todo lo contrario.
 

Comparte nuestro contenido