Isabel y Sanlúcar
Lo descubrió mientras subían, por entre los troncos y el ramaje que bordeaban el talud, y era como un fajín aun más azul que el cielo que emergía poco a poco al fondo del horizonte confusamente verde. Cuando llegaron a lo alto, donde el talud ya era precipicio, Isabel había dicho…. “ Para, por favor “, y quedó absorta ante la maravilla.
El mar estaba allí sencillo y solemne, extendido hacia Poniente hasta la raya maricielo donde, probablemente, terminaba el mundo, al menos hasta aquel instante. No era el lagunón azulina y relamido de los sueños, ni el ogro aborrascado de las pesadillas, ni el monstruo tormentosos de los relatos infantiles que guardaba en su vientre centenares de naufragios….
Era, sencillamente, un espléndido ser vivo, como el costado de un gran pez atrapado en alguna red de mallas movedizas, que sonaba como un fuelle de órgano, exhalaba un vaho casi animal y en algo semejaba un campo de violetas. Y luego, a la derecha, el mar irrumpía en tierra con su falo plomizo, encajado entre el paisaje cosmopolita de este lado y la banda selvática de pinos y dunas centenarias en la parte de allá. Era la broa del Guadalquivir…..
Isabel entornó los ojos y dijo:
-Qué solo está.
Fue como un instante iniciático que la incorporase de repente a alguna secta extraña y, en aquellos momentos, tuvo la inexplicable convicción de que el mar la aguardaba allí desde siempre.
Porque esta nueva tierra se le hacía a Isabel, la Reina, como el paréntesis andaluz a sus problemas, en esa Sanlúcar predescubridora, como un dulce apetitoso fuera de las intrigas palaciegas, fuera de la corte, de los tributos, de las miserias.
Porque aquí, frente al Castillo de la Rivera, Castillo de Santiago….
Aquella mañana de octubre de 1477, Isabel conocería el mar, la mar océana……. aquí, en Sanlúcar…
eduardo dominguez-lobato rubio

