Sanlúcarsur Ponientelargo

Eduardo Dominguez Lobato-Rubio
Sanlúcarsur Ponientelargo Capítulo 35
Eduardo Domínguez.- De mal en peor, bueno, pero resultaba que las tablillas de los precios, cuando los precios están en las tablillas, tiraban para arriba un día sí y otro también. Y a quienes les subían los ingresos cada dos por tres, que si convenios, huelgas, pluses, pagas extras y todo ese follón, menos mal pero, ¿cuando se había visto un convenio, o una huelga, o un plus, o un plante de viudas? Nunca.


Las viudas, calladas y a lo que buenamente caiga, claro, quien no llora no mama, como dice el refrán. Encima, ocurría que por algún extraño sortilegio, ni el kilo pesaba mil gramos, ni el medio quinientos, ni el cuarto doscientos cincuenta, mientras los metros encogían sospechosamente, de manera que  gramos y centímetros iban para abajo y los euros para arriba, que viniera Dios y lo viera.

Por fortuna Susana no fue nunca de mucha mesa y ahora, desde que la tensión arterial andaba por las nubes, menos todavía, de manera que según disminuía el volumen de la cartera disminuía el de la cavidad abdominal, ahí estaba el secreto.
 
Cuando se vive sola sin perritos que nos ladren, podemos tomarnos bastantes libertades con la cocina, de suerte que cualquier guisote bien administrado puede estirar hasta cuatro días. Eso, por no contar otras intimidades que vendrían al caso pero tampoco había que darle tres cuartos al pregonero, cada cual en su casa y Dios en la de todos.
 
Cierto que su hija Cari le echaba una manita cuando podía aunque, la verdad, con ese manirroto de marido y tres criaturas a la cola podía muy pocas veces. Insistía y machacaba, sí, en que se fuera a vivir con ellos. Aunque Susana todavía podía echar una mano en las faenas de la casa y con su pensión tampoco iba a comerse lo de nadie, decididamente no, claro, los matrimonios son los matrimonios y el casado casa quiere, allá ellos con las trifulcas e interioridades de todos los casados que siempre tienen arreglo entre ellos. Pero con suegras de por medio, quienes al final pagan el pato son las suegras.
Cáscaras de naranjas, broza, polvo, desperdicios vegetales y huesos con sangraza tirados por el suelo, losetas pringosas y resbaladizas tiznadas por la mugre. Olía a cebolla, a huerta, a ajo, a ave de corral, a madriguera.
 
Las mujeres hormigueaban, curioseaban o charloteaban en corrillos ante los puestos. Escudriñaban en la fruta de las cajas, sopesaban la fruta de las cajas, manoseaban la fruta de las cajas y el frutero, los fruteros, toleraban este rito inmemorial de las mujeres en su diaria aventura del mercado.
 
Las mujeres, abiertos los oídos a cien voces simultáneas, quizás porque el más viejo encanto de este mercado no fuese otro que su ilimitada, portentosa facilidad de comunicación. Era como una fantástica Bolsa de noticias, días en alza y días en baja como todas las Bolsas, jornadas francamente depresivas y otras tan suculentas en bulos, rumores, chismes y novedades del pueblo que resultaban en verdad apasionantes. A veces, los chismes entraban; menudos y susurrantes, por la puerta chica pero parecía comprobado que, al cabo de un rato, salían cebados, engordados, repintados y voceados por la puerta grande.

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