Apuntes de Historia (XXXIII)
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-Existen dos modelos básicos de formas de pensamiento humano, dos formas de interpretación del mundo que coexisten y que se combinan (y que en absoluto resultan contradictorios entre sí) para ayudarnos a comprender y explicar mejor el mundo que nos rodea, el mundo en que nos encontramos, el pensamiento mítico-religioso y el lógico-racional. Quizá el historiador que mejor haya profundizado en estos temas haya sido el rumano Mircea Eliade, cuyos trabajos sobre Historia de las Religiones (en general) y sobre el pensamiento dual y el tiempo cíclico (en particular) revolucionaron la concepción existente hasta mediados del siglo XX sobre la coexistencia de “mito” y “logos”.
El Hombre antiguo (y circunscribiremos el marco temporal de nuestra atención al mundo clásico grecolatino, por mor de la concisión y por tratarse del embrión de nuestra herencia cultural mediterránea), emplea los recursos a su disposición (como nosotros, hoy) para entender y, por tanto, “ordenar”, el mundo que le rodea. Sin exclusión del razonamiento lógico, será el pensamiento mítico-religioso el que proporcione las bases de la inteligencia del mundo para el Hombre antiguo.
El mito no es sólo un relato religioso: es el vehículo por el cual el Hombre antiguo trata de aproximarse al conocimiento del mundo en el que vive, y es el procedimiento empleado por las sociedades antiguas para integrarse en el marco natural así como para “antropizar” tal marco; dicho de otro modo, el mito es el mecanismo de expresión y regulación de la integración bidireccional entre Hombre y Naturaleza, la herramienta utilizada por las sociedades del mundo antiguo para explicar, justificar y defender el control humano sobre el medio natural, tal y como expresa el Génesis (1:28), por ejemplo, cuando recoge el mandato divino de crecer, multiplicarse y dominar la naturaleza que Yahvé reserva para la estirpe
de los humanos.
de los humanos. El mito, desarrollado a través del relato mítico, no es un cuento sino un vehículo para entender y explicar la realidad, una realidad que trasciende al Hombre antiguo, que la desconoce y que trata de comprenderla y explicarla con los medios de los que dispone.
Tartessos, que surge siempre entre las brumas de lo mítico, es uno de los ejemplos quizá más cercanos a nuestro entorno geográfico y a nuestra tradición histórica y cultural de cómo el mito es un mecanismo de explicación de una realidad: el ciclo tartesio se abraza con la mitología griega y aún con la fenopúnica, de modo que personajes míticos como el tartesio Gerión y el griego Heracles (con sus resabios del fenicio Melkart) coinciden en un mismo relato mítico, fundiendo dos ciclos originalmente quizá distintos y destinados a perpetuarse en el relato ya único de las hazañas heracleas y la derrotada agresividad geriónida. El Suroeste andaluz, el Estrecho de Gibraltar (el viejo “Fretum Gaditanum” romano), la Bahía de Cádiz y el Bajo Guadalquivir forman parte de las claves, de los territorios esenciales de la herencia cultural del mundo mediterráneo, en cuyos horizontes se integran desde la Antigüedad (no en vano una de las ubicaciones del mítico “Jardín de las Hespérides”, esto es, uno de los paraísos de la tradición mitológica griega, clásica, viene a ubicarse en este ámbito del Estrecho de Gibraltar y las tierras y aguas del Bajo Guadalquivir).
Ello explica que desde dicha Antigüedad Clásica no pocos autores, al detenerse en la descripción -o siquiera en la simple mención- de estas tierras hayan hecho a su vez, por ejemplo, alguna mención de la mítica “insula Cartare”, esa gran isla formada merced a la comunicación por esteros y caños que habría existido entre la Bahía y el ámbito del Guadalete, al Sur, y el lago Ligustino y el ámbito del Guadalquivir, al Norte, una insula Cartare que hoy, en líneas generales, conocemos como la comarca de la Costa Noroeste (y que, en un sentido lato, puede encontrarse en el marco las tierras de la marismas jerezano-sanluqueñas) y en la que se sitúan municipios actuales como Rota, Chipiona, Trebujena o la propia Sanlúcar de Barrameda.
El mito y las fuentes antiguas guardan una muy estrecha relación, marchando en no pocos casos de la mano. En lo que respecta a estas últimas y en relación con estas tierras y riberas, el romano Plinio el Viejo (Cayo Plinio Secundo) en su Historia Natural (III.16) habla del carácter sinuoso de los ríos hispanos, considerando los perjuicios que tal naturaleza acarreaba de cara a la delimitación de las tierras y la organización de la propiedad; al propio tiempo Plinio hará la primera mención de las “flechas” de arena del actual Parque Nacional de Doñana, el llamado “Mons Hareni” (Historia Natural, III.7), unas “flechas” que terminarían coadyuvando a la colmatación del espacio del Sinvs Tartessii del que más tarde hablará Rufo Festo Avieno (Ora Maritima, versos 265-306), y sobre el que volveremos en próxima ocasión.
Si por su parte el citado Avieno menciona el lago de la desembocadura del Baetis y lo llama Lacus Ligustinus (Ora Maritima, verso 284), Mela (Chorographia III.4) recoge la existencia del bosque (el “lucus”, “lugar sagrado”) “Oleastrum” en la tierra firme, al margen de lo cual -y en relación con el tema que nos ocupa- se limita a mencionar (Ch., III.5) la existencia de un “gran lago” en la desembocadura del Baetis, sin dar su nombre. Por su parte, Claudio Ptolomeo (Geografía, II.40.10) señala asimismo la existencia en la zona de un bosque de olivos silvestres, esto es, el acebuchal u “Oleastrum”, con lo que parece refrendar lo que señala Mela, o apoyarse en lo dicho por aquél.
Plinio el Viejo además de mencionar al bosque “Oleastrum” (Naturalis Historia III.15), al tratar sobre el emplazamiento de la ciudad de Gades (N.H., III.7), señala que la tierra firme situada frente a la misma tenía el nombre de costa “Curense”, y lleva a cabo una puntualización sobre la forma física de la misma: Plinio la describe como “litus Curense inflecto sinu”, el “litoral Curense de curvado seno”.
Podemos señalar que, de acuerdo con el mito, los “curetes” o “curenses”, habrían sido los presuntos habitantes originales y primeros de estas tierras; al mismo tiempo, y al hilo de lo que nos interesa, cabe apuntar asimismo que estos “curetes” eran, en el mundo mitológico clásico (grecolatino), unos seres míticos que cuidaron de Zeus-Júpiter en su primera infancia, mientras la cabra-ninfa Amaltea se encargaba del cuidado y crianza del dios de la Luz durante su lactancia, tarea por la que recibiría andando el tiempo su jupiterina recompensa: sería inmortalizada en una apoteosis que la ascendería literalmente a las estrellas, mientras uno de sus retorcidos cuernos se convertiría en la cornucopia, en “cuerno de la abundancia”, y su piel sería mutada en la Hégida o “Vellocino de Oro”, mágica piel de la invulnerabilidad que recubriría el escudo de Atenea y protagonizaría algunos de los más célebres episodios de nuestro pasado mítico, desde la Ilíada hasta el viaje de Jasón… Y hasta nuestros días, mutada dicha piel en altísima condecoración española y europea, el Toisón de Oro.
Respecto a estos “Curetes”, otro autor de la Antigüedad, Justino (en su “Epítome” XLIV 4, 1) los establece en Tartesos, bajo el reinado del mítico Gárgoris (uno de los reyes tartesios), mientras por su parte Diodoro Sículo (en su “Bibliotheca Historica” 5, 63-65) señala el papel civilizador desempeñado por esos míticos curetes (o curenses) en este lejano Occidente. Unos y otros testimonios enlazan reiteradamente a los curetes con los tartesios, haciendo de los primeros una suerte de “héroes civilizadores” (al tiempo que de antepasados) de los segundos.
Una vez más, vuelven a mezclarse en las brumas del mito -de entre las que se asoman fugazmente para esconderse a nuestros ojos- términos, conceptos, formas y figuras como Tartesos, el Occidente mediterráneo y atlántico, la Creta que habría visto igualmente nacer a Zeus, las navegaciones fenicias, las divinidades griegas, la cultura de las antiguas tierras de Andalucía, los héroes civilizadores, las fuentes clásicas recogiendo lo que ya en la época de los Diodoro, Estrabón, Plinio, Mela, Ptolomeo, Justino -y en buena medida- no eran sino un batiburrillo de informaciones, leyendas, mitos, sucedidos, tradiciones y relatos de la más variada naturaleza y origen, todo mezclado en unos relatos fijados por escrito (los de los tratadistas de la Antigüedad) que, precisamente por quedar fijados por la escritura, perdían (a cambio de una remota posibilidad de salvarse para la posteridad) la naturalidad y agilidad del mito sin ganar a cambio el rigor ni la solidez racionales.
Con un poco de imaginación, aparcando la lógica y amparándonos en nuestra mentalidad mítica, podremos -entrecerrando los ojos- casi contemplar a estos curetes, batiendo palmas, agitando los crótalos, saltando y haciendo ruido para espantar a los malos espíritus y alejarlos del niño Zeus mientras la ninfa Amaltea, dejando su cornucopia sobre la arena, lleva al padre de los dioses y los hombres, aún niño, a bañarse a la playa, a una de nuestras playas, entre pinos y acebuches. Pudo ser en las orillas del Egeo, en las playas de Creta, o en las riberas del lago Ligustino, en el entorno de este litoral curense de curvado seno… No nos dejemos llevar por el sentimiento y el mito, pero tampoco rehuyamos el pasado mítico que los clásicos guardan y pregonan.
Porque quizá sí ocurrió. Y quizá, sólo quizá, ocurrió aquí.
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