Cartas de una sombra
José Antonio Córdoba.-Sigo planteándome, aunque mejor dicho, queriendo imaginarme el día a día de esas personas que antes que yo, se han planteado su existencia e incluso su utilidad en este mundo.
No es la primera, ni será la última vez que haga referencia al hecho de sentarnos a reflexionar. Intento discurrir como fue el preciso instante en el que personas “normales y corrientes” pasaron a convertirse en grandes personajes para nuestra humanidad. Este discurrir se convierte a veces en una droga, ¡pero que dulce narcótico!.
Las crónicas del pasado, de hechos acaecidos y sucesos vividos a lo largo de la historia nos han permitido formarnos una imagen de un tiempo que no nos ha tocado vivir, pero del que irremediablemente formamos parte.
Siempre me he preguntado cómo narraría un cruzado, por ejemplo, esos momentos de su existir, sea pues, un día encaramado en el lienzo de una muralla de un castillo cualquiera, oteando el horizonte bajo un sol abrazador donde hasta el propio acero de su cota de mallas sintiera fundirse sobre su piel. Bien cabalgando por los sederos nevados de una cordillera cualquiera, donde el día apenas se distingue de la noche, cuando el frío hiere más dañinamente que el acero de una espada o la punta de una flecha envenenada.
O el de un mártir durante esos días de cautiverio, sintiendo que ya no siente nada, que el chirriar de las bisagras de la puerta de su celda ya no le surte temor, aun sabiendo que a continuación entrará su torturador o en el mejor de los casos su verdugo, para de un modo atroz poner fin a su vida. Pero aún antes ha convivido con otros seres que han dejado de formar parte de la categoría de seres humanos, entre el hedor de excrementos propios, ajenos o de ratas, donde el aire jamás conoció la definición de puro o respirable. Donde las esperanzas de vida o el anhelo a la muerte eran una misma cosa.
De aquellos que escribiendo aún sufrieron más que los otros, que guerreando, vivieron siéndoles común el habitáculo del cautiverio, torturas y, en muchos casos, su mismo fin.
Pero qué decir de aquellos que dejaron atrás tierra firme y se adentraron en la inmensidad de las aguas oceánicas. Hombres que sufrieron tanto como el cruzado bajo el sol o azotado por el cortante aire helado, que sufrieron de hambre, de sed, donde no teniendo más carceleros que el propio navío, sufrieron tantas torturas y hallaron la muerte como si hubieran habitado las mazmorras de algún castillo. Donde los días daban paso a las noches, y la mente les hacía olvidar a sus seres queridos, amigos, familias, casas, prados, montañas, ríos, playas, el calor de mujeres, etc.
Pero pensemos que en el mejor de los casos y más favorables de las suertes, estaban sujetos a estabilidad de sus embarcaciones.

