Poniente Largo 30
Movía la cabeza.
Encima del maestro, una lámina acristalada de la Virgen del Rocío colgada en la pared y enmarcada en negro. En el muro del fondo, frente a la puerta, dos litografías de mujeres en bikini envilecidas por infinidad de puntitos negros.
Eran cartulinas de almanaques viejos claveteadas con chinchetas. En el suelo, alrededor del maestro, el revoltijo de zapatos viejos y, en la alacena, tiras y cachos de cuero amontonados en los anaqueles; hay telarañas espesas en las rinconeras y entre las vigas del techo.
El maestro había estornudado tres veces. Luego hacía “Ca-ca-ra-ca”, como las gallinas, y se reía. La mosca había vuelto, suponiendo que fuese la misma, pero ahora prefería el periódico, sobre la fotografía del barco encallado, a carreritas intermitentes sobre la misma borda como si lo hiciera adrede.
Ya notaba Quintín el cansancio de los brazos, como dos pesas que tirasen de los codos, dejaba caer el periódico sobre los muslos y accionaba las ruedas hacia atrás, de modo que la silla recula hasta la penumbra. Ya no veía el rectángulo de luz de la puerta sino la claridad algodonosa sobre la madera y más difusa abajo, desparramada por el suelo. Quintín cerraba los ojos, vencido por el extraño sopor que de cuando en vez le vaciaba la cabeza. Algo había en él, sobre todo de dos años a esta parte, invenciblemente sonnoliento, o acaso definitivamente dormido.
Era como si, en un momento dado, la máquina cerebral reclamase minutos de absoluto relax, bien lo sabía don Manuel, el médico de los milagros quien, sin hablar -porque esa es otra, don Manuel apenas hablaba– le recetó aquellas inyecciones que llegaban al alma y, encima, le trajeron vértigos, dolores y molestias que antes no tenía, leche, y después de todo no se llevaron estos lapsus de modorra. Y, más curioso todavía, las secuencias surgen con nitidez reverberante, magnificada, casi transparente, aureolada por halos mágicos y desprovista de cotidianeidad.
-Quintín, ¿ qué te pasa -. El maestro martilleaba otra vez sobre el zapato.
Quintín volvía al mundo, carraspeaba, echaba los codos hacia atrás y apretaba los dientes en aquel desperezo indisimulado:
-Nada, compadre, que a veces me entra esta soñera…
Apareció un chaval con gafas y un papel en la mano que extendía hacia el maestro, desde la puerta:
–El recibo de la Hermandad. Del año pasado.
El maestro miraba al chico, se frotaba las manos en el delantal y parecía sorprendido:
-¿Del año pasado dices? A ver chaval, que yo vea…
Era un recibito con la firma y sello de la Hermandad. La examinaba el maestro, la mano en la oreja, y luego la entregaba al chico. Decía:
-Entonces son veinte euros, o sea, dos billetes de diez, le reñía al chaval:
-También podrías haberlos traído antes, muchacho aunque, claro, de esta manera matas dos pájaros de un tiro, coño qué listo…
El chaval ni se inmutaba , impávido como si supiera cuanto el maestro iba a decirle o lo hubiese escuchado muchas veces. Respondía de carrerilla, como si recitara algo largamente ensayado:
-Es que el otro cobrador está enfermo, ¿sabe usted?, y no pudo venir en todo el año, ¿sabe usted?. Por eso yo…
Rebuscaba el maestro en el bolsillo trasero del pantalón, abría la cartera achocolatada y mugrienta, sacaba dos billetes de diez euros, arrugados, mohosos. Luego escudriñaba entre la calderilla y ponía cuatro monedas de cinco céntimos sobre el billete. Le decía al chico que ya separaba los recibos:
–Te avías con esto, un año, y pásate otro día por aquí-. Después chasqueaba la lengua y añadía en tono persuasivo:
– Y a mí, por trimestres, ¿eh, chaval?, que luego se amontonan los recibos y es un golpe, así que ya sabes…
Ahora se dirigía a Quintín:
–Me joden los atrasos y las trampas, leche. Yo, las cuentas al día, no quiero trampas.
Salía el chico y llegaba aquella niña rubia, impermeable de plástico sobre el vestido rosa, algún lejano, suave, indefinible olor a flores. Traía en las manos un zapato de tacón alto, amarronado, envuelto en papel de periódico. Lo ponía encima del banquillo y hablaba con su vocecita de cascabel:
-Mi madre dice que cuando lo tendrá usted.
El maestro examinaba el zapato, separaba aún más la puntera despegada, abierta como la boca de un pez, y meditaba concienzudamente: Luego dijo:
-Mañana por la tarde, a ver si puedo.
La niña salía a saltitos. Levantaba aire con el impermeable y Quintín estornudó. En la radio, la Novena Sinfonía, algarabía de instrumentos achatados y arrebujados en el altavoz. El sol hizo algún guiño instantáneo entre las nubes y el resplandor rebotó violentamente sobre el muro del fondo. Pasaba un helicóptero bajísimo y el cielo se venía abajo con el fragor trepidante de los metales en revolución.
El maestro agachaba la cabeza y doblaba el cuello hacia arriba tal si pudiese ver el cielo por encima del edificio de enfrente. Luego miraba a Quintín, chasqueaba la lengua, señalaba con el índice tieso y decía:
–Esos cacharros, cualquier día…- Hizo con la mano como si algún helicóptero se le viniera encima.
En la calle, unos mozalbetes bromeaban a empellones y, por unos segundos, se detenían allí mismo, en el hueco de la puerta y repetían a coro hacia dentro:
–Zapatero, ero, ero, zapatero, ero, ero,…
Después echaban a correr.
–Tu puñetera madre, niño …
Eduardo Dguez-Lobato rubio http://blog.dominguezlobatoabogados.com/

