Poniente largo 28
Eduardo Dguez Lobato.-De repente, el local quedaba medio a oscuras, como si tapiasen el vano. Era una mujer alta y gruesa, abrigo negruzco y un canasto en cada mano. Ocupaba el hueco de quicio a quicio y hablaba desde allí:
-Maestro, ¿los zapatos de la niña, qué?
–Mañana sin falta, a esta misma hora…
La mujer vacilaba y refunfuñaba: -”Mañana, siempre mañana“. Restablecida la luz, el transistor anuncia que de Paco para Quiña, en Algeciras, y de Cuqui para quien él sabe, “El baúl de los recuerdos”, de Karina.
Encabezaba la primera plana el titular a seis columnas:
“Hoy, temporal en todo el país“. Debajo, los sumarios y el farragoso texto con ladillos. Leía Quintín en voz alta hacia el maestro, medio a trompicones con las palabras: “Clima revuelto”. “Una prueba de cambio climático“. Y el maestro lo repetía entre dientes, a modo de estribillo, por encima de la voz niña de Karina:
-Joder, que ahora nos van a dar por todos los lados.
Quintín aplicaba la lengua al pulgar, pasaba la página, el papel crujía y levantaba como un pequeño vendaval; el maestro estornudaba, frotaba la nariz sobre la manga y decía:
-”Con ese periódico, una pulmonía, seguro”.
Quintín leía ahora: “La cuestión palestina, terremoto en Chile, inundaciones en China, la guerrilla de Angola”.
“Aquí no ha pasado nada”, encabezaba aquel artículo recuadrado. Otro, “El rebujón”, y todavía un tercero:
“Aún somos algo“, los tres en negrilla, apretados, los tipos como pulgas. Con la publicidad dispersa, ocupaban toda una plana. Quintín terminaba de leer y decía:
-Leche, qué rollos.
-¿Cómo?
-Esto de aquí, un coñazo.
La claridad sufría otro desmayo y allí estaba el chaval, detenido en el umbral, el cuello delgadísimo hacia dentro, hacia el maestro. Le salía de aquel impermeable achocolatado, amplísimo, que le daba cierta apariencia de pajarillo indefenso. Dijo:
-Mi madre que si tiene usted las zapatillas-. La voz sonaba a pitito de caña.
-A la tarde, dile que a la tarde…
Cuando el pequeño se iba, el maestro le guiñaba a Quintín:
–Lo primero, pagar, tanto cuento-, y encogía los hombros.
La mosca volvía a las andadas con tenacidad desesperante. Ahora Quintín agitaba el periódico que sonaba a racheo de pies. Olía a celulosa, a tinta fresca. Pasaba un camión con su formidable estrépito de ferralla suelta y dejaba cierto tufillo a ácido, a gas-oil. Detrás, la moto encabritada, acelerón tras acelerón, cuando empezaban los martillazos ahí en la bodega, retumbantes sordamente en hueco, como zambombazos.
En alguna parte, han sonado dos campanadas y, por la acera de enfrente pasaba el pregón mujeril:
-”Mojarritas frescas, del cordel…”. En un instante aburrido, el maestro pregunta:
-Oye, ¿has escuchado algo sobre la función de anoche, en el teatro?-. El maestro tiene la voz rota, como de caña cascada.
-No, a mí el teatro no…
-Coño, me han dicho esta mañana que salieron dos tías en cueros vivos, como lo oyes, en cueros.
Quintín lo miraba desde su silla de ruedas, como si dudara:
-Pero, ¿en cueros, en cueros?
-Lo que yo te diga, como las parió su madre….

