Trabajar duro y trabajar bien…

Eduardo Dominguez Lobato-Rubio
Ha muerto un viejo empresario
Eduardo Dguez.-Lobato Rubio.-Y lo mucho que sabemos de él lo contaba también un viejo que lo conocía.“Sabía su obligación y era un gran hombre”.Eso decía su amigo….
Sencillo, exacto, magnífico epitafio. Sabía su obligación y supo cumplirla. Empresario entre empresarios y profesional entre profesionales. Uno de aquellos hombres de empresa punteros y dispuesto  en aquellas  amanecidas, entre los últimos balances, abrazado a su viejo código civil y enjarretado entre el último cigarrillo de tabaco negro.Lo pintaban alto, fibroso, embutido en su inevitable traje azul marino, sombrero negro y zapatos espejeantes, porque desde su niñez aquella jerarquía empresarial siempre llevaba los zapatos negros, y muy brillantes. Hasta es probable que, en rachas opulentas luciera cuello almidonado, incluso leontina aurífera curvada como entorchado glorioso entre el ojal de la solapa y el bolsillo alto de la chaqueta.

            -Parece que está usted pintando un cromo.

De ninguna manera. Puede que me esté quedando corto, quizá camisa de puños, irreprochablemente blanca, que de esta guisa mundaneaban y galleaban por casinos, despachos y ministerios los hombres importantes de los negocios.

–          Claro, otros tiempos.

Sí, otros tiempos. Lejanísimos, olvidados, perdidos, indigeribles, irrecuperables tiempos. Tiempos de empresarios anudados de por vida a la palabra dada, al compromiso de pago o la dedicación diaria y menesterosa, a hacer bien las cosas.

Empresarios que terminaban por interpretar balances y cuentas, como si adivinaran desde arriba con una suerte de don especial. Claro que en aquellos tiempos un balance era un balance, y una letra, iba a misa, y hoy…. Para que les voy a contar.

Estos empresarios conocían y ponderaban al extremo las consecuencias de las cosas y lo que es mejor, sufrían por aquellos que habían confiado en ellos si en algún momento los números se torcían y había que encomendar algún pago para el mes próximo. Incluso un borrón de tinta  en un libro diario o en el libro mayor, o incluso en el libro de cartas, suponía un pellizco en el estómago, un mal rato y, seguro, alguna que otra bronquilla a alguien.

– qué cosas – 

Hoy, que toda la culpa o casi toda se la trasladamos a la informática, o al papel del fax, o al banco que ha retrasado la trasferencia o al correo basura que nos ha hecho “perder” algún que otro mensaje no deseado.

Cuentan que murió tras una mirada de reojo al último telediario, cuentan también que barruntaba palabrotas en voz baja cuando le decían que la crisis no se nos quitaría de  encima…

A él, que solo pasar una carta a limpio, con papel de calco para tres copias, en aquella su primera máquina de escribir le llevaba casi dos horas. A él, que conocía de listados y punteos a lápiz, repetidos hasta el cuadre definitivo.  A él, que no le llegaron a tiempo las bendiciones de los benditos programas informáticos que hoy sazonan hasta a la más humilde de las oficinas.

Si, estamos en crisis,  lo estamos, y lo seguiremos estando por mucho tiempo, y será por algún, muchos, repetidos desajustes y despropósitos, si no mala fe, de esta, nuestra época posmoderna.

Y dice el Sr. Obama, y dice la Sra Merckel,  que la solución pasará por trabajar mucho, trabajar duro y trabajar bien…

 Pues como siempre, hombre, como hemos hecho toda la vida.

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