Crónica de Semana Santa
{jcomments off}Crónica de la Semana Santa que se nos fue
Hemos vivido una Semana Santa de 2013 con una tónica dominante: la incertidumbre. Una nueva Semana de Pasión con sus claroscuros, es decir, con sus luces y sus sombras. La aparición de la temida lluvia por momentos parecía dar al traste con la ilusión y la esperanza de tantos cofrades.
Pero tal y como dice el refrán popular: “Nunca llueve a gusto de todos”Vivimos un Domingo de Ramos, que a pesar del día frío con el que nos recibió la tarde – noche, pudimos sentir la alegría del Señor de la Paz en su Entrada Triunfal en la Jerusalén sanluqueña. Mientras los alrededores del Castillo de Santiago se hacía Oración permanente en el Getsemaní, cuando la preciosa imagen del Cristo Orante se nos muestra de hinojos pidiendo al Padre que pase de Él ese cáliz de amargura.
El Lunes Santo cuando la Virgen de las Lágrimas bajó la Cuesta de la Caridad irradiando blancura, es como si presenciáramos la renovación de una nueva primavera y la alegría del mundo de la juventud.
En la jornada del Martes Santo fui testigo de la recogida de Ntro. P. Jesús del Consuelo, que tras pasar por las Carmelitas de la calle de las Descalzas, encontró el merecido cobijo en el Santuario de Ntra. Sra. de la Caridad, donde tuvo que refugiarse por mor de la aparición de la lluvia. Mientras, casi a la misma hora, el Señor de la Cena halló las puertas abiertas de la Parroquia Mayor, pues su párroco don Juan Cecilio recibió a la hermandad bonancera con los brazos abiertos.
Y amaneció el Miércoles Santo, donde todos creíamos que viviríamos un día en plenitud, pero entrada la madrugada, la Virgen de los Dolores tuvo que recogerse antes de tiempo, y así entró en su casa, como suele decir el pueblo sencillo, antes del horario establecido. A pesar de este pequeño contratiempo, todos gozamos de la presencia por plaza Madre de Dios o Cuesta de la Caridad del Señor de las Misericordias, que nos invitaba a la meditación cuando lo veíamos pasar atado a la columna, siendo azotado por nuestras culpas. Por calle Caballeros nuestros sentidos quedaron extasiados ante la contemplación del Calvario dominico, cuando ya así agonizando, el Cristo de los Milagros nos dejaba a su Madre de las Penas, como madre del género humano.
El Jueves Santo resultó espléndido, la Iglesia celebra la institución de la Eucaristía, fue una jornada especial, nada más y nada menos, se cumplía los cincuenta años en que Ntro. P. Jesús Cautivo hacía Estación Penitencial en el día del amor fraterno. Simultáneamente a ese acontecimiento, la Virgen de la Esperanza era aclamada por su barrio marinero como la que es ancla de salvación y esperanza nuestra. Emotivo fue el momento que viví cuando el paso de la Señora fue plantado frente al monumento que recuerda su Coronación Canónica y los cánticos que recibió de las gargantas de la coral de sanluqueña que la recibió en loor de multitud.
Con la caída de la tarde, con la llegada del ocaso, vi como el Cristo de la Expiración entregaba su espíritu al Padre eterno, en lo más alto del calvario de la Cuesta de Belén.
Y todo se hizo Silencio en la madrugada, cuando pasó Cristo con la cruz a cuesta, mientras el Amor de una madre lloraba su pena, atravesada por la espada de dolor que profetizara el anciano Simeón.
Cuando el reloj dió las tres de la madrugada, y antes de que el gallo cantara, salió de la basílica Ntro. P. Jesús Nazareno y a su paso todo lo iba teñiendo de morado, mientras, como ya dijo el poeta: “… y van abriéndose a la Vida, las rosa mágicas del alba”
El tiempo en Semana santa pasa rápido y así llegamos, sin apenas darnos cuenta, al Viernes Santo, y de nuevo la lluvia. De nuevo, el día más grande de la Semana Mayor se vió truncado. Fugazmente pude ver al Señor de la Veracruz, una portentosa imagen de cristo crucificado, pasar por delante de la Basílica de Ntra. Sra. de la Caridad, enfilando la calle Caballeros, mientras detrás todo era Misterio en la Soledad de su bendita Madre. El cielo se tornó completamente rojo, amenazaba con descargar abundante agua. Pero antes de que se cumpliera los peores augurios, contemplé la belleza de la Virgen de las Angustias, como una rosa tronchada de amor, que era consolada por las angelicales voces de las monjas carmelitas, ya que la hermandad está estrechamente vinculada con la comunidad. Tras su negro cortejo apareció la urna del Santo Entierro de Ntro. Sr. Jesucristo, cuyo paso austero, sobrio, solemne y señero, se nos presentaba con un colorista cortejo de túnicas y capirotes, era la representación de las diferentes hermandades de nuestra ciudad. Y, ¡cómo no!, tras él, la bellísima cara anacarada de la Soledad de María, rota por el dolor del hijo muerto. Preciosa talla, nardo dolorido, que ahoga su pena en un manantial de lágrimas marfileñas. Venía con sus manos enlazadas, en as cuales sostenía los clavos y un pañuelo de encajes. Qué lástima, Madre mía de la Soledad, que el agua cayera sin compasión alguna, que largo se me hizo el trayecto hasta llegar a san Francisco, donde entraste con el clamor de los cofrades de Sanlúcar. Fuiste recibida con el Ave María, que brotó de la garganta de Inmaculada Salmoral y que con la tonalidad de su canto te enjugaba agua y lágrimas al mismo tiempo.
Llegó el Domingo de Resurrección, el gran día de la esperanza, porque como dijo san Pablo: “Si Cristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe” No tuvimos la suerte de contemplarte un año más por las calles anunciando que Cristo no ha muerto, que Cristo Vive, tuvimos que conformarnos con la alegría de tus cofrades, que te demostraron en el interior del templo franciscano.
Pero si tuviera que quedarme con uno de los días vividos, me quedaba con la jornada del pasado día 6 de abril. Grabada en mi mente quedará por mucho tiempo esa tarde cuando la Hermandad del Consuelo regresaba a su parroquia del Carmen. Podía hablar tanto de esta Hermandad carmelita, que tendría que recordar al poeta cuando dijo: “Y amanece un Martes Santo”
No era un Martes santo, sino un sábado de gloria cuando los componentes de esta mi querida Hermandad, con su Junta de Gobierno a la cabeza, empezaba el día celebrando la eucaristía junto a la comunidad de las carmelitas , ¡eso sí que es un auténtico pregón!
Más tarde, en el regreso, no existía el camino del Calvario, sino la imagen de Ntro. P. Del consuelo Resucitado, glorioso y triunfante, en una espléndida celebración Pascual.
Los magníficos sones de la Banda de la Resurrección hicieron que nuestras calles vivieran la alegría de la nueva luz del Resucitado, porque Cristo vive y vive en medio de nosotros.
Fray José de Sanlúcar
Capuchino
