Al final, el Paso, espléndido, dramático..

Eduardo Dominguez Lobato-Rubio
Cuando llega esta semana … Santa
Y cada cual con su estética particular o su óptica determinada, y nosotros y ellos, los Pasos, en la calle. Para repasar recuerdos, nostalgias, y voces al oído, las de nuestras gentes que ya no están.
 Porque esta Semana de Pasión nos vuelve indefectiblemente a la infancia, nos lleva a ahondar en el recuerdo.   
Sí, de pronto, nos salta siempre a la memoria la primera vez que alguien nos llevó de la mano o acaso en brazos para ver la procesión, el Crucificado o el paso de palio que en aquella hora precisa arañaba nuestras paredes con sus respiraderos  labrados. O nos asomábamos a  algún balcón entre un enjambre de piernas porque la cofradía estaba pasando.

Quiero decir que, de alguna manera, cada quien lleva hincada en  la arena de la memoria la estampa de aquel primer impacto, de aquel encuentro con la maravillosa, inexplicable realidad del desfile procesional, encabezado, a veces, por la sonora y estruendosa avanzadilla de cornetas y tambores, más las enigmáticas hileras de nazarenos con el rostro tapado y los cirios encendidos, capirotes que tanto nos hicieron llorar, aquella primera vez.

 
Al final, el Paso, espléndido, dramático, con el abrazo espiritual de esas marchas procesionales mecidas, bamboleantes, pegadizas.
Mañana, en la esquina del Castillo y después en la Cuesta de Belén, olerá, como hace cuarenta años, a incienso, a nueva primavera,  a flor recién cortada, y hasta olerá a magia instantánea envuelta en un caramelo macizo, y rojo.
 
 Mañana, en la calle Ancha y en la Plaza, la procesión pasará ante nosotros con el mensaje de hace dos mil años, mensaje ultraterreno entre lo inefable y lo maravilloso, lo intocable o inalcanzable.
Porque mañana, como hace cuarenta años, volvíerá el privilegio de los niños, en ese don de aplicar la fantasía allí donde no alcanza el entendimiento.
Por esa razón, seguro, en mi tierra, en Sanlúcar , cada cual guarda en su memoria algún instante único, personal, privado e intransferible, de una calle, una esquina, una corneta, un olor que encierra toda una postal definitiva para nuestros adentros y que nos acompaña, día a día, entre los mil vericuetos de nuestras memoria.                                       
 
Recuerdo ahora que entre los sonidos, un año,  detrás de las faldas de mi madre, como protegiéndome de aquel nazareno de túnica y capa negras, con la llama del cirio verde alumbrándole los ojos distantes y perdidos, un año, escuchaba absorto aquel sonido aparentemente  desafinado, grueso, rudo, roto y dolorido… la Saeta.
 
Volvimos la cabeza hacia el balcón y el sonido de la calle fue languideciendo  poco a poco, y aquel hombre con chaqueta iba entonando libremente, sin ataduras, en esa interpretación sentida, posiblemente autodidacta y definitivamente verdadera. Quizá cantara por pura devoción o penitencia, por agradecimiento o por dolor.
Mi padre, aquel día, me dijo que la saeta era como una manera de rezar, y desde entonces no he encontrado mayor o mejor manera de acercarnos al Señor que con el padre nuestro o con una Saeta.   
eduardo dominguez-lobato rubio
         
 

Comparte nuestro contenido