Poniente largo
…..Era una guerra de juguete……
-Qué hora más rara para Fernando-, decía Rebeca, y ya descorría el cerrojillo. Entraba Femando, el único hijo, bueno, el único varón, que además hay dos hembras casadas, una en Francia y otra en Barcelona. Por lo menos hacía una semana que Femando no venía por aquí.
Besaba a Rebeca y le pasaba el brazo por los hombros, la espalda encorvada desde su desgalichada estatura de pivot de baloncesto. Tenía bolsas cárdenas bajo los párpados, la barba híspida y azulenca y hoyancas en las mejillas como cavadas a navaja. El nudo de la corbata grasiento, brillante:
-Hijo, ¿y los niños? ¿Y Mati?
-Salvo Femandito, con sarampión y Mati con su eterno problema digestivo, todos bien.
Era él quien maleaba un poco del estómago y, además, estaba en un apurillo porque los negocios en general y el suyo en particular andaban mal, muy mal, rematadamente mal. Y, claro, los representantes de comercio eran los primeros en resentirse. Particularmente los de artículos alimenticios andaban por los suelos y no digamos quien, como él, ofrecía únicamente -porque no se avenía a otra cosa- exquisiteces para minorías.
Porque la gente, con tanto coche, tanto piso nuevo y tanto electrodoméstico y tanto préstamo, lo pagaba con la cocina, vamos, no comía más que bazofia. Por resumir, él, como tantos otros, atravesaba un bachecillo, grande. Ya comprendía, ya, que ella tampoco andaba lo que se dice boyante, al contrario, más bien apretadilla pero un hijo necesitado, ¿a quién podría acudir sino a su madre? Total, tampoco era gran cosa. Con trescientos euros salvaba el bache. A devolver, claro, escrupulosa y puntualmente a la primera oportunidad. Que no tardaría en llegar porque, precisamente, tenía entre manos un asunto que…
-Sí, hijo, sí; sí, hijo, sí…
….. Ayer…..
Ra= 147º
l= N 036º 47,019’
L= W 006º 21,550’
El barco continuó ganando playa o mejor dicho haciendo travesía canal adentro. Desde la última tarde en la que reparaba la pala del timón en el varadero de puerto no le había dado importancia a lo imprescindible, ¡ un buen marinero de puerto ¡, quizás ahora se acordaba felizmente de José.
José era abruptamente campechano, violentamente cercano y tan próximo en la relación que incluso a los cinco minutos de conversación ya parecía sentirse con él como de toda la vida. Había recurrido a él simplemente con la pregunta de:
– ¿ sabe usted quien podría poner un punto de soldadura al macho del encaje del timón .-
Y José contestó:
– si hombre, pregúntale a los de la náutica, aunque espera, déjame primero ver la pieza.
Caminaban juntos hacia el Tostaki, por el varadero de puerto, entre crucetas, entre el silvido del viento y el palilleo de aquellos obenques sobre los mástiles de aluminio, algunas embarcaciones derramadas y escoradas sobre el asfalto les hacían serpentear y sortear viejos neumáticos, defensas de amuras, botes de pintura y quillas de madera. De vez en cuando pisaban crucetas rotas y restos de cabuyería, y seguían andando, rozando el costado de estribor de “La Bonita”, goleta de 40 pies, encaramada en enormes borriquetas de hierro y sumisa ante las últimas faenas de lijado y pintura. Manoseaban alguna que otra hélice oxidada entre los últimos restos de aquella patera de madera y, por fin…
-Este es, el TOSTAKI…
– ¿ Cómo ?
– Sí hombre, por lo de … ” to está aquí…..”
– Y mire José, ayer, en plena navegación se salió la pala del timón, y ya ve usted, cuando me di cuenta estaba gobernando la embarcación solo con un punto de anclaje. Fíjese, torcidito que lo ha dejado, por poco me arranca la pala la pieza entera……..
eduardo dominguez-lobato

