Cartas de una sombra
José Antonio Córdoba.-En estos días donde la oscuridad invernal va remitiendo para dar paso a esa luz primaveral y veraniega, que a todos nos da esa impresión de felicidad, vida y emociones exuberantes, algunos seguimos saboreando la frescura que nos brinda ese difuminado y oscuro manto de las sombras, cuando se precipitan sobre los jinetes de la Luz.
Durante siglos el consciente colectivo ha ido creando una amalgama de mitos y leyendas sobre la sombra que nos han predispuesto en su contra, y lo que es aún más irritante se ha aumentado ese infundado pánico a la oscuridad.
Hemos asimilado nuestro miedo a lo desconocido, a esa imposibilidad de dominar aquello donde no podemos ver. No es cierto que la oscuridad es solo un estado del Ser. Y no es más verdad, que cuando nos enfrentamos a ella y lo más importante, somos conscientes de que existe, la llegamos a dominar.
Pero también es cierto que resulta más cómodo negar lo que sabemos, mejor dicho, creemos saber, que llegar si quiera a plantearnos dudar de ello y enfrentarnos a nosotros mismos.
Quizás sea esta negación a enfrentarnos a nosotros mismo, la que recoge Jung en sus escritos.
Sin embrago, si nos paramos a pensar es en la oscuridad cuando se respira más libertad, cuando se anulan los precintos internos que trae el ser humano de fábrica. Lo contra prudente es que al no saber dominar esos precintos, se libera la naturaleza agresiva humana de la que tanto se escribe.
La sombra en su singularidad o pluralismo es digna de estudio, de comprensión y sobre todo de libertad para entenderla.
Recordemos que provenimos del Universo. Esa oscuridad, que conforme la contemplamos más a fondo, nos estamos percatando de su poder, de su grandeza para albergar a la luz, pero aún es más importante entender su facilidad para transportar y albergar esa vida, que nosotros le admiramos a la luz.
Siempre vemos la oscuridad como algo negativo, y en realidad, es tan simple como lo dicho, todo es según como lo vemos.

