Nuestro collar identificatorio
Francamente, tantas recientes leyes, decretos y normativas en danza encierran, por su contenido, por su jurisdicción, por su extensión y por su farragosa exposición, su conque y su aquel.
Porque, aunque a veces, desde esta pequeñez pueblerina de uno, se carezca de talla para enjuiciarla en todo su valor y contenido, cuando menos, nos incitan a movernos inseguros, desprotegidos e inaceptablemente nerviosos.
De modo que , en principio, casi nadie está ducho y puesto en tamaño articulado, desarrollos, doctrinas, jurisprudencia e interpretaciones. Y hay ciudadanos ya que confiesan incluso, puestos a controversias, no importarles tamaña fuerza bruta de los legislativos, cuando al fin y al cabo, la última tuerca fiscalizadora y coercitiva está en el embargo de cuentas corrientes y bienes, y aquellas y estos, están, tristemente, desaparecidos por el combate.
Y no estamos por meternos en empinadas sutilezas jurídicas, verbigracia , en la constitucionalidad o inconstitucionalidad de las leyes vigentes o en trámite, entre otras razones porque tales extremos, ya se sabe, suelen ser del color del cristal con que se enfocan, véanse, las manifestaciones de los portavoces políticos, siempre matizadas, escoradas, barnizadas, delebles y tornadizas.
Pero, así, a vuelapluma, uno atisba a muchísimo personal de a pie que desde su llaneza entiende que el primer precepto constitucional no debiera ser otro que la libertad y la seguridad colectivas frente a tanta abrasión legislativa y normativa, desde Bruselas, hasta la última alcaldía de Barrio.
Verdad es que sí tenemos ultimísimas tecnologías incorporadas a nuestra identidad, códigos de barras, chips informativos, tarjetas del médico, carnet de conducir e incluso cámaras callejeras y de carretera que buena nota toman de matriculas, personajes y circunstancias diarias. Lo definitivo por determinar es saber si tamaña evolución tecnológica nos hace ciudadanos más libres y atendidos o, por el contrario, nos vuelve más vulnerables y embargados, administrativamente hablando.
Porque el privilegio de llevar almacenados en la cartera y en teléfono móvil tanto dato personal y patrimonial junto, desemboca no pocas veces en desvaríos intolerables de terceros, que se introducen en nuestra intimidad sin llamar a la puerta.
Ni tan siquiera las avecillas del campo están libre de controles y seguimientos administrativos cuando ya, no pocas, deambulan por los cielos con sus particulares tarjetas electrónicas, acopladas en sus antiguas alas de libertad.
Así que hasta cuando nos acerquemos a comprar la próxima aspirina todo le será posible al poderoso Estado, el que desde todos los niveles, alcanza por días los más omnímodos poderes dejándonos reducidos a un número, una letras y un chip, en esa clasificación y encuadramiento que, andando el tiempo, llegue a figurar en nuestro collar identificatorio o, rizando el rizo, incluso en el mini emisor permanente para nuestro mejor seguimiento, custodia y control remoto, digo, como a las ballenas o a las águilas culebreras.
Por eso uno, con el corazón en la mano, se queda con la vida de esos, de estos pueblos y la poca gente ya del campo o de la mar, distendida hasta la pereza, medio ensoñada y placentera, que para su suerte, llega a tener, menos papeles que un conejillo de campo.
eduardo dominguez-lobato rubio
