Reflexión
Luis Antonio Mariscal Rico.-Me llama poderosamente la atención escuchar de boca del Ministro de Guindos que el elevado paro pone en cuestión el “Estado del Bienestar”. El presidente ejecutivo de Lehman Brothers en la Península Ibérica, hasta su quiebra en 2008, sin duda quiso decir: que las maniobras especulativas obscenas de entidades como la que él dirigió han causado una crisis de escala planetaria; que ha producido tal desconfianza en el mundo financiero, que el crédito ha dejado de fluir, asfixiando con ello la actividad económica de los países occidentales; por consiguiente, que el desempleo se ha cebado en dichos países y más en el nuestro, donde el derrumbe del sector de la construcción, verdadero paraíso de la especulación y origen de grandes fortunas patrias, ha acentuado la crisis echando al paro a más de 1 millón de personas de difícil recolocación;..
… que todo ello está generando tal reducción de ingresos y tal aumento de gastos al país, que el “Estado del Bienestar” corre peligro. Sin duda, es lo que quiso decir de Guindos. De otro modo, es como si le echáramos la culpa a la penúltima ficha de dominó de derribar, en su caída, a la última, sin explicar que hubo una primera ficha que cayó e inició todo el proceso. Aún estoy esperando las disculpas por tan irresponsable actuación, pero me temo que nunca llegarán. De Guindos tiene un pasado reciente inasumible para un Ministro de Economía.
El PP mantuvo un discurso calculadamente ambiguo durante la pasada campaña electoral. Conocedor de la amplia mayoría que le pronosticaban las encuestas, no quiso comprometer más allá de lo necesario su futura acción de gobierno. Hablar entre dientes durante los procesos electorales para así tener las manos libres una vez alcanzado el poder, no es ético. El ciudadano se merece discursos veraces, y no falaces, de sus políticos.
Rajoy habló de no subir impuestos, pero nada más llegar a La Moncloa lo hizo con el impuesto de la Renta, es decir, el que incide directamente sobre salarios y pensiones. La excusa de que no conocía el déficit real no cuela. Buena parte del poder territorial estaba ya en sus manos desde hacía meses, por lo que esa información era fácilmente accesible para él. Ahora dice que no es partidario del impuesto por enfermedad, llamado con eufemismo “copago”, lo que en clave de este malabarista de las palabras significa que lo establecerá. Y por extensión lo hará toda la baronía popular en sus territorios. Mariano tampoco iba a abaratar el despido, lo que pasa es que también se ha encontrado con la necesidad de hacerlo. La reforma laboral, aplaudida con las orejas por los empresarios de este país, no creará empleo a corto plazo (ni este año ni el que viene), pero ya está permitiendo “sanear” y “limpiar” la cuenta de resultados de empresas sin problemas.
El férreo bipartidismo que la ley electoral impone en la práctica en España explica la paradoja de que, para salir de la crisis, se acabe eligiendo la opción política cuyo ideario está en el origen de la crisis. Sólo desde la constatación del enorme descontento y frustración de buena parte de los votantes de izquierdas, por la política llevada a cabo por el PSOE desde el Gobierno de la nación, se entiende la victoria del PP. La crisis le ha venido bien a nuestra ultraconservadora derecha.
Todas las reformas y contrarreformas que siempre soñaron hacer, pero que nunca encontraron el momento de hacer –mira por donde– las van a poder hacer finalmente. Distraída por la crisis, originada por los excesos de la misma ideología ultraliberal que guía los pasos del PP, la sociedad confiada no parece darse cuenta del desmantelamiento de una estructura social que, aunque imperfecta y mejorable, funcionaba razonablemente bien. La materialización del ideario ultraconservador nunca ha sido tan fácil, porque se produce en un momento en el que la sociedad, desarmada y cautiva, clama por salir –sin hacerle ascos a nada– de la miseria a la que se ha visto avocada, precisamente por la avaricia del capitalismo especulativo.
Sangre, sudor y lágrimas… de las clases más desfavorecidas y vulnerables de la sociedad. Mientras, reyes, clérigos y nobles (políticos, empresarios, banqueros,…) mantienen a salvo, cuando no incrementan, sus haciendas. Como en el principio de los tiempos. El PP ha comenzado a “laminar” derechos sociales conquistados con grandes esfuerzos. Total, otra cosa no tienen que hacer mientras esperan que la economía se reactive. Así, cuando pase este trance (si lo pasamos) podrán decir que ahí estaban ellos, y que gracias a sus medidas se consiguió. Recordaremos, entonces, la imagen que teníamos de nosotros mismos, como ciudadanos con derechos, con nostalgia, empobrecidos y sintiéndonos víctimas de un gran timo. Ya nada podremos hacer. Pero aún tengo esperanzas de que los andaluces sepamos parar esta oleada ultraconservadora que va a dejar España en barbecho.
Lo insostenible no es el incipiente “Estado del Bienestar” que estábamos comenzando a disfrutar, sino el propio sistema capitalista, cuyos excesos especulativos están demoliendo los cimientos de las democracias occidentales. Ya nada parece estar a salvo de las zarpas neoliberales. La estrategia consiste en soltar aquí o allá una sutil duda sobre algún derecho social, por parte de estos neopolíticos y de sus extensiones mediáticas, para que en pocos días ya parezca ineludible abordar la sostenibilidad de dicho derecho. Y en unos pocos días más, ya hasta veremos inevitable su eliminación. Es la propaganda que tan buenos resultados le dio a Goebbels. Al final, los alemanes creyeron que los judíos iban con rabo y cuernos por las calles.
Los socialistas hemos de pedir perdón por nuestra ineficacia y descontrol en muchos temas que ahora nos estallan en la cara. No cabe duda que hemos contribuido enormemente a transformar una sociedad atrasada y secuestrada porla dictadura, en otra más moderna y madura. Sin embargo, es fácil para cualquiera de nosotros perder esa perspectiva histórica, estando como estamos inmersos en una crisis de proporciones planetarias. También perdemos la perspectiva de los logros socialistas cuando los escándalos de corrupción vuelven a salpicar unas siglas centenarias. Por ello, la autocrítica es imprescindible para merecer, de nuevo, la confianza de la sociedad española. La corrupción y la golfería no son patrimonio de ninguna sigla política en particular, lo estamos viendo estos días en las noticias, pero ello no debe ser nunca una justificación para nuestros propios errores. Debemos exigir transparencia y honestidad a nuestros políticos, siempre y en cualquier lugar, y que la Justicia actúe de forma implacable sobre los sinvergüenzas y facinerosos que anidan en toda organización.
Muchas cosas aguardan al 26 de marzo. Las más duras posiblemente ya estén escritas y a la espera de las elecciones andaluzas. Es un desprecio a nuestra dignidad e inteligencia tratarnos de este modo. No es juego limpio. Debido a ello, Javier Arenas se ve obligado a presentar un discurso falaz, premeditadamente ambiguo, como el que tan buenos resultados le dio a su jefe de filas. Su estrategia me recuerda a la del padre que distrae a su hijo con cualquier fantasía mientras el practicante le asesta la estocada de antibiótico en el glúteo. Así nos deben ver, como niños asustados a los que hay que tratar con la medicina de la austeridad. Pero la austeridad como objetivo es algo insólito, estúpido. En lugar de explicar con detalle qué cosas se quieren transformar de la sociedad, con qué prioridades y medios, y los pasos a dar, Javier Arenas se limita a anunciar que se propone gobernar con austeridad. Y claro, como político experimentado que es, conoce el poder de la propaganda. Enunciaba Goebbels que una mentira repetida muchas veces termina convirtiéndose en verdad. Así, la austeridad como objetivo político y razón de ser de un Gobierno, acaba por tomar sentido en nuestro subconsciente. El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) define austeridad como la “mortificación de los sentidos y las pasiones”. ¿Quiere arenas mortificar los sentidos y las pasiones de los andaluces durante 4 años?

