Por favor, explicádmelo que no lo entiendo Parte VIII
Por favor, explicádmelo que no lo entiendo…(Y otras historias sin sentido.)Autora: Marta A Dunphy-Moriel English
Novena sesión.-Era muy temprano cuando esa voz angelical me susurraba en el oído que era la hora de despertar. Sus pequeñas manos me tiraban de la manta e insistía que me despertase… Nunca pude resistirme, al fin y al cabo, solo pasaba una vez al año y la ilusión siempre inundaba mi corazón. Con sueño y disfrutando de la inocencia del hombrecito que tiraba sin titubear de mi mano para que le acompañase al salón me movía lentamente por el pasillo, mis pies acariciados por la alfombra que habíamos comprado en nuestro viaje a África.
La luz del salón estaba encendida, aunque no se escuchaba ni a una mosca. Unas luces de colores parpadeantes se veían distorsionadas por los cristales opacos de la sólida puerta de madera.
Cuando me adentré, tirada hacia adentro por el pequeño de pelos de color del fuego no pude evitar sonreír con todas mis fuerzas. El pino que tan solo una semana antes habíamos decorado con esmero estaba rodeado de paquetes de todos los tamaños y colores, había cuatro tazas de chocolate caliente sobre la mesita de café y a los tres hombres que más quería en el mundo estaban sentados sobre el sofá. Los dos pequeños, idénticos al ojo inexperto, saltaban emocionados sobre el sofá, suplicando a gritos poder abrir los regalos.
Cuando me adentré, tirada hacia adentro por el pequeño de pelos de color del fuego no pude evitar sonreír con todas mis fuerzas. El pino que tan solo una semana antes habíamos decorado con esmero estaba rodeado de paquetes de todos los tamaños y colores, había cuatro tazas de chocolate caliente sobre la mesita de café y a los tres hombres que más quería en el mundo estaban sentados sobre el sofá. Los dos pequeños, idénticos al ojo inexperto, saltaban emocionados sobre el sofá, suplicando a gritos poder abrir los regalos.
El tercero, un hombre apuesto con una barba oscura y unos ojos azules brillantes que me hacen, aun hoy, temblar como una quinceañera cada vez que los veo, me sonreía feliz. Después de desearme los buenos días, puso orden a los dos duendes pelirrojos que correteaban por el salón y con la misma ilusión e inocencia que nuestros hijos, se ponía a abrir los regalos mientras que yo, sorbiendo el tazón de chocolate caliente que con tanto esmero me habían preparado los tres antes de que despertase, daba gracias al cielo por mi felicidad.
Hoy he vuelto a soñar con ese día de Navidad. Y, aunque es un sueño recurrente, doctor, siempre me despierto llorando de felicidad. La inocencia, que pena que los seres humanos tengamos la insensatez de querer librarnos de ella tan pronto… aunque no nos damos cuenta de que muchas veces nos será robada cuando menos lo esperamos.
Creo que ese momento es el más feliz de mi vida. No que no haya tenido momentos felices, pero, ese fue el momento en que sentí que era plenamente feliz y, aunque era una sensación incomparablemente placentera tenía un toque amargo. Ese pequeño rastro aparentemente sin importancia, una nota agria en un bocado dulce… el temer que la vida no siempre sería ese perfecto sueño de Navidad y que la vida me reservaba platos menos dulces. Quería congelar ese momento. Y no me equivoqué, porque no mucho después las cosas se complicaron.
¿Quiere que vuelva la semana que viene? ¿Seguro? Bueno, pero no el día de Navidad, sería inhumano. Estupendo, nos vemos pues el martes después de Navidad. Que pase unas felices fiestas. Y no beba demasiado, no le pega estar borracho que es usted indudablemente un caballero.
Gracias, feliz Navidad. Hasta luego.
Gracias, feliz Navidad. Hasta luego.
