Por favor, explicádmelo que no lo entiendo.. Parte II

Relatos cortos
Por favor, explicádmelo que no lo entiendo…(Y otras historias sin sentido.)
                                         Autora:
Marta A Dunphy-Moriel                       English
Segunda sesión. Buenas tardes doctor, ¿Se puede? Gracias… ¡Qué calor hace aquí dentro! ¿Está la calefacción encendida, no? Gracias….Siento llegar tarde… Como sabe los tumultos de gente nunca fueron mi fuerte y llegar a su consulta requiere paciencia, perseverancia y empujones.
Claro, me siento. ¿Soy yo o está el sillón más duro que de costumbre? Claro, seré yo. Espero que todo le haya ido bien durante la semana ¿A mí? Pues no me quejo, aunque voy a matar a mi compañera, no hace más que coger mis cosas y me saca de quicio… si, ya sé que debo de ser paciente con ella doctor, pero es que el lema de vida de Esmeralda es “Lo mío para mí y lo tuyo también.” La verdad es que esta mujer…

¿Qué si recuerdo lo que le estaba contando la semana pasada? Lo cierto es que… ¿De qué llamada telefónica me habla?… Pues no le sabría decir.
Pero vamos, es habitual en mí, no se extrañe. Nunca fui capaz de recordar ni el número de teléfono de mi casa. Cuando era muy joven mi madre me lo apuntaba en la mano para que no se me olvidase y por si alguna vez me perdía, que era algo bastante común, todo sea dicho, siempre acababa detrás del señor que vendía las palomitas y garrapiñadas. Tanto fue así que mis padres ya ni se asustaban, buscaban al señor del carrillo de las golosinas y allí estaba yo, más feliz que una perdiz, comiendo altramuces y contándole batallitas imaginarias al anciano que vendía chucherías a jóvenes y mayores durante cada uno de los eventos del pueblo. Qué tiempos aquellos…

Perdone, la memoria, que si se cae en nostalgia no se hace más que ver la vida pasar. ¿Qué le estaba contando?
Sigo diciéndole que no recuerdo nada de un teléfono… bueno, excepto aquella vez que Martín me regaló uno por mi cumpleaños. ¡No veas que ilusión me hizo! Aunque paulatinamente se fue convirtiendo en una pesadilla, porque lo había conseguido por un programa de puntos de esos y había contratado un plan donde podía escribirme o llamarme gratis 24h del día… ¡y que si los amortizaba! Me llamaba cada hora, estuviera donde estuviera, en el baño, viendo la tele, durmiendo… y solo para preguntarme:
“Oye,… ¿Y qué estás haciendo?”

Bueno, se imaginará que clases de borderías le solté al pesado ese, barbaridades que no merecen ser repetidas en alto en su consulta… está feo…
Si ya sé que desahogarse es sano, pero créame, no se IMAGINA lo que le solté a ese plasta un día. Lo que pasó fue que no tuvo mejor idea que llamarme a las 5 de la mañana, cuando estaba yo ya en el séptimo sueño. ¡Encima tiene la poca vergüenza de no decir ni hola! Solo respiraba fuerte… imagínese como me puse después de 15 minutos sin ni media palabra y solo escuchándole jadear como un perro… y no veas cómo se puso cuando se enteró de que le había puesto una orden de alejamiento… llegaban ramos de flores a mi casa todas las tardes, sin nota, solo un ramo de rosas blancas con una sola flor roja…

¡Qué gente más extraña hay en este mundo! Y pensar en las ironías de la vida… que años más tarde, ahora, sea mi vecino de enfrente. Pero bueno, han pasado 20 años, ya creo que la neura telefónica psicótica se le ha tenido que pasar, ¿No opina usted doctor?
¿Cómo? ¿Enamorado de mí? ¡No sea ridículo, por favor! Éramos amigos, bueno, hasta que empezó con las llamadas extrañas a las 5 de la mañana, claro está. Si bien es cierto que siempre me invitaba a todo, me acompañaba hasta a la peluquería, le podía contar cualquier cosa que siempre me escuchaba con atención, y, bueno, algunos otros detalles tan agradables que tienen las personas detallistas hacia sus amigos. Nada en especial.

Un poco rarillo sí que ha sido siempre, fíjese que una vez estaba en el cine viendo una peli de Amenábar cuando me sonó el móvil. Vaya situación embarazosa, todos concentrados en la película y de pronto empieza a sonar la “cabalgata de las valquirias” a toda leña… si la gente pudiese matar con la mirada yo habría muerto esa noche lenta y dolorosamente, sobre todo a manos de la pareja de novios que estaban sentados delante nuestra y de quien parecía ser la madre de la chica.

La buena señora casualmente se había percatado de la presencia de su hija y su pareja en el cine cuando se dio la vuelta a soltarme alguna barbaridad por lo del móvil y fue entonces que se acercó a la pareja. Mientras yo batallaba tanto con mi móvil como para que los demás espectadores dejasen de asesinarme con la mirada, la madre, escandalizada, estaba susurrándole amenazas a su hija que la joven respondía en susurros suplicantes. Sabes, cuando te suena el móvil en un lugar y momento inoportuno nunca se sabe qué hacer, si disculparse, sonrojarse o actuar como si nada… solo te entra un ataque histérico y sin sentido e intentas apagar el teléfono como sea, pero no lo encuentras y cuando por fin lo tienes no hay manera de silenciarlo.

El tono te parece el más desagradable y jaleoso del mundo y piensas “Tierra trágame…”. Aunque cuando por fin consigues silenciar a ese chivato tecnológico te das cuenta de la ironía: cuando estás esperando una llamada o en la ducha, el teléfono suena deliberadamente menos tiempo. Y cuando quieres devolver la llamada te das cuenta que no solo no tienes saldo, sino que además, has gastado todos tus anticipos llamando a “La vidente Ifigenia” con tus amigas aquella noche en la cual decidisteis quedaros en casa a ver una peli y acabasteis más borrachas todavía de lo considerado humanamente posible.

Es un complot mundial para volvernos a todos locos o matarnos de un infarto. En serio doctor, hay unos señores que se sientan en sillones de cuero alrededor de una mesa enorme que planean estos momentos de quebradero de cabeza para controlarnos a todos, como también pactan los precios de las cosas, las crisis mundiales y el desarrollo de la próxima temporada de Gran Hermano.
Y todo este follón y mal rato para que, poco después, te des cuenta que si hubieses estado tranquilo habrías apagado el móvil y tan pancho, sin sufrimientos.

Me he ido por las ramas, ¿Qué le contaba? Ah, el cine. Me encanta el cine, sobre todo el terror… hay quienes dicen que no entienden porque hay personas que pagan por pasar miedo, pero les digo que ya tienen que pasarlo mal en la realidad para no sentir ese subidón de adrenalina que te corre por las venas cuando ves una peli buena.
Ese día yo había ido con Pedro al cine. Si, el escritor. Vaya personaje bueno. Después dice la gente que YO soy friki, no han conocido a mi amigo Pedro. Le gusta más una peli gore que a mi comer frutos secos (En serio, es una OBSESIÓN doctor, ¿No será un trastorno obsesivo compulsivo que está relacionado con el hecho de que sus padres vendieron los árboles frutales del jardín antes de mudarse al pueblo, no?).
Lo único que no me gusta de las pelis de terror es ir al cine con un amigo a verla. No por nada, sino porque aunque te hayas llevado años dejándola claro que no quiere más que amistad, siempre aprovecha los sustos de la película para sobarte.

Cuando salimos del cine, me percaté del silencio que hay un jueves por la noche. Es impresionante, la vida parece desaparecer de las abarrotadas calles de la ciudad cuando el sol desaparece, como si hubiese caído una bomba atómica y fuésemos los únicos supervivientes del mundo. Bueno, casi los únicos porque en la acera de enfrente había un anciano harapiento acurrucado en la fría y moderna puerta de una caja de ahorros. Ya desde la otra acera, se nos quedó mirando fijamente. Ni parpadeaba, se lo aseguro. Las luces parpadeantes de las endebles farolas de aquella avenida abandonada se reflejaban en los ojos cansados de aquel mendigo.

Pedro y yo seguíamos debatiendo su último ensayo pero por algún motivo que no entendía mi corazón palpitaba a cien kilómetros por hora. ¿Amor? Le aseguro que no y menos mal, ya le contaré lo que ha sido de Pedro… el destino de todos los grandes escritores es acabar como una cabra. ¿No cree usted?
Como le decía, mientras hablábamos Pedro y yo, notaba como el corazón se me aceleraba, me costaba respirar y mi mirada se dirigió, instintivamente, a aquel humilde señor que estaba ya a escasos metros de nosotros.

“¿Dónde está?”- Pude ver su cara plagada de las arrugas que las inclemencias del tiempo y el destino habían cortado sobre su pálido rostro.
“¿Disculpe?”- Pedro intervino, despreciando la mala educación del señor.
“Usted me dijo que la cuidaría, ¿Lo recuerda?”- El anciano le ignoró y me miraba sin parpadear.
“De verdad que no se de que me habla….”
“¡Miente!” – Me gritó enfurecido, cogiéndome del antebrazo con fuerza- “¡Usted dijo que la ayudaría, que la protegería de los enemigos, que la salvaría de los bombardeos!”
“Delira…”- Pedro murmuró, forcejeando con el hombre para librarme de sus garras- “¡Déjela en paz viejo borracho!”
“¿Borracho? ¿Yo?”- Rió a carcajadas- “No sabe lo que dice y no sabe con quién va… ¡Devuélvame a mi hija!”
“Señor de veras que no le puedo ayudar.”-Le imploré.
“Va a ser mejor que nos marchemos.”
“Por favor, se lo suplico.”- No se puede imaginar la pena que me entró al ver a ese hombre postrado ante mis pues.- “Se lo imploro, dígame, ¿Dónde está mi hija?”
“Lo siento…”-Murmuré a la par que era arrastrada por Pedro lejos de aquel extraño.
“Viejo loco.”- Ve, otra situación extraña, ¿Qué se le debería haber dicho a en ese momento? Sólo podía pensar en ese señor y Pedro no lo entendía.
“Me da cosa dejarle solo.”- Notaban como mis pulsaciones aumentaban y la sangre me martilleaba los oídos. Los músculos se me estaban agarrotando y me agarré al brazo de Pedro para no perder el equilibrio. Me miró perplejo y, creyendo que era la preocupación lo que me estaba afectando dijo calmadamente.
“Seguro que estará bien…”
El chirrió de unos neumáticos, el alarido desesperado de un claxon y un golpe rasgado no le permitió terminar su frase…
¡Esa es mi alarma! Sí, me la puse para no enrollarme demasiado, que no me gusta abusar de su paciencia y comprensión… además, así tengo más cosas que contarle en nuestra próxima sesión. Nos vemos la semana que viene a la misma hora, ¿Verdad? Genial. Gracias, nos vemos la semana próxima.

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