Cartas de una sombra

José Antonio Córdoba
Un inmortal demonio
José Antonio Córdoba.- Noches de claras tensiones en ambos lados del improvisado muro. Entre las oscuras sombras que arrojan los rayos plateados de la luna y las bengalas que unos y otros lanzan al aire para tenerse en buena visión, evitando de ese modo sorpresas sangrientas.
Vehículos civiles y militares están aún humeantes, tras los duros enfrentamientos del día. Tenues llamas devoran lo poco inflamable que quedan entre los amasijos de hierro. Aún es perceptible en el aire, el olor rancio de la carne antes muerta y quemada, pero ahora achicharrada.
 
Desde ambos lados de este muro, en una calle, de una ciudad, pueblo o aldea, de las tantas que hoy se encuentran revolucionadas por la locura humana, se aprecian susurros y quejidos humanos de dolor,de los heridos y de la impotencia de los sanos por esta situación de tablas.
 
Desde mi altura, contemplo impasible el paso de los minutos, que antes fueron segundos y ahora andan por las horas. El frío me obliga a moverme, pero mi posición me lo impide. Yo, que todo lo veo y controlo a modo de un mortal Dios, soy más un inmortal demonio al acecho de las almas que se atreven a cruzar por delante de la mira telescópica de mi rifle semiautomático. Cuando entre en la unidad, los mandos me decían: “un tiro, una vida”, “dos tu muerte”.
 
Noto como el frío recorre mis extremidades, cual río fluye por un cauce libre. Pero, al otro lado de este improvisado muro, unos ojos en la penumbra escudriñan cada rincón de este destartalado edificio, en busca de su presa, ¡yo!
 
El alba despunta a mi espalda, puedo observar como los rayos de luz, se cuelan como un ladronzuelo por entre las gentes de la calle, por los orificios de los impactos múltiples de los bombardeos. Pronto mi posición estará comprometida, aunque con un poco de suerte, me podré deslizar por entre los escombros en busca de un lugar sombrío y con buena perspectiva. (CONTINUARÁ)

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