Faltan héroes

Eduardo Dominguez Lobato-Rubio
Los héroes que nos faltan
Nos vuelven a faltar los héroes de Occidente, los que ahora parecen cansados, como abrumados por el peso de su propia leyenda. Y la cuestión es grave porque uno de los más alarmantes síntomas de decadencia es la insensibilidad individual y colectiva ante el héroe como proyector de ejemplaridades y exaltaciones. Más, parece ahora que los que pintan son los antihéroes, esos nuevos fenecidos dirigentes griegos, los de ahora, tirando, como están, de todos nosotros hacia los fondos marinos.
Griegos antihéroes, olvidados ya aquellos ejemplos pasados del Olimpo, porque el Olimpo parece ahora gloriosa y venerable farfolla, inviable e inaccesible. Cuando estamos donde estamos porque este Imperio de Occidente se corroe por días, porque los emperadores de lo político han dejado de serlo, porque los ciudadanos de hoy ni quieren ni creen en mitologías financieras ni acomodos legislativos en tiempo de descuento.

Es ahora cuando el ciudadano del día a día y hora a hora llega al encogimiento moral y la demoledora carga antiheroica, cuando duda del sistema, de la democracia, de sus políticos, en esa ausencia total de la heroicidad, pública o privada.
Y esa anemia de los que están por arriba origina, seguramente, la arritmia de cielos abajo, depresión y deflación en rumbo asimétrico hacia lo imprevisible.
 
Ahora, los que nos importan, los que nos atraen son esos héroes cercanos que pueden remunerar sus ocupaciones diarias, afortunados ellos,  protagonismo heroico que ronda en las cercanías del andamio, del contrato o de la escoba, pongamos por caso. Y mientras tanto, los no tocados por la varita  mágica de la heroicidad laboral  naufragan lastimeramente en las charcas de la perplejidad.
 
Si alguien aguantara al borde de la acera, a pesar de las temperaturas rojizas del medio día, si alguien aguantara les digo a ustedes lo que vería, a unos y a otros al pasar…
 
Oportunistas, charlatanes y aventureros. Ambiciosos de salón, el de esta enana ciudadanía. Arribistas, impostores, de particularismos angostos. Personajillos de escuálido civismo y del poder en medio de la calle. Audaces y tiranuelos que hicieron sayo de sus capas. Próceres sometidos y aristócratas indiferentes. Ágapes suntuarios para equívocas conjuras. Retóricos deslumbrantes como pompas de jabón. Mendicidades tribunicias, aplaudidores prostituidos. Cobardes prudentes, pusilánimes dignos en novelescas  claudicaciones.
 
Es tiempo de terminar, el artículo, aunque también con legislaciones adolescentes, ambivalentes y recelosas. Es tiempo de terminar con las gentes del buen vivir refugiadas en el dogma de la asepsia política.
 
Mientras tanto, las legiones guardianas de las fronteras miramos hacia dentro, antes que sucumbir a la tentación del botín, que no el banquero. Tras de ellas, irrumpieron los bárbaros.
Eduardo domínguez-lobato rubio

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