El misterio de la torre (4ª Parte y última)
"-En cuestión de escasos segundos aquella imagen desapareció entre las sombras de la noche. Pedro de Espinosa inspeccionó toda la zona y no halló ni rastro de aquella visión espectral que de nuevo había conseguido acelerar su corazón de caballero." Enrique Romero Vilaseco.-Meditabundo abandonó la barbacana del castillo y cruzó la puerta de la Sirena dirección a la base de la Torre del Homenaje. La noche era cerrada y apenas las escasas teas de la fortaleza iluminaban el patio de armas o el paseo de ronda. Entró con paso nervioso en el aula maior y comenzó a subir los escalones que llevaban a su aposento. Cuando, por fin, alcanzó el primer rellano de la torre, sintió un gélido aire en su nuca. Se dio la vuelta y en el segundo tramo de peldaños atinó a ver la figura fantasmagórica de aquel ser. Un sudor frío le taladró la frente al tiempo que su respiración se hacía cada vez más pesada.
Aquel ente desapareció escaleras arriba, con una rapidez inusitada, como si de nuevo levitara sobre aquellos escalones de guijarros gastados. Pedro de Espinosa empuño su espada y con valentía emprendió la persecución de aquel supuesto fantasma. Pronto alcanzó el segundo rellano y pudo, al fin, contemplar la ventana por la que la Reina Isabel vio el mar por primera vez en su vida. Pero eso ahora no importaba, su único pensamiento era atrapar aquel ser y desenmascarar quién se escondía tras aquella visión espectral. Vano intento el suyo, porque le fue imposible verlo de nuevo. Pedro de Espinosa encaminó sus pasos hasta el último descansillo de la torre, había subido ciento dieciséis escalones, y ni rastro de aquel ente.
Cuando estuvo a punto de abandonar, nuestro caballero se percató de la existencia de una pequeña puerta. Con decisión y fuerza echó a bajo las endebles maderas que impedían la entrada. Una vez abierta, Pedro de Espinosa acercó la luz de su farol de aceite e iluminó el interior de aquella angosta covacha. Su cara palideció al contemplar aquella dantesca visión, todas las paredes estaban escritas con la misma leyenda: Alberto …
El aire se le hacía irrespirable, sintió náuseas y a punto estuvo de vomitar. Aquellas pinturas estaban realizadas con sangre y ocupaban casi la totalidad de los muros. En el frontal de la covacha había dos argollas de hierro clavadas en la piedra y una extensa cadena medio enrollada por el suelo. Pedro de Espinosa se preguntó, si aquello era un lugar de tortura para esclavos rebeldes o enemigos del II Duque. Salió de allí con la sensación de que las leyendas que él buscaba no se correspondía con aquella visión tan desagradable. Él, en el fondo, era un romántico y aquello que contempló poco tenía de romanticismo y mucho de crueldad.
Decidido a, de una vez por toda, saber quien era aquel Alberto regresó a su morada, con la firme decisión de que a primera hora de la mañana se entrevistaría con el alcaide de la fortaleza. Juan de Guzmán Ayala era el nuevo alcaide desde la muerte del anterior, José Sarabia de Vallejo, que apenas ostentó el cargo un año, ya que murió en extrañas circunstancia, pues mientras unos decían que había sido asesinado otros se inclinaban por el suicidio, que llevó a cabo arrojándose al vacío desde lo más alto de la Torre del Homenaje.
Las dependencias del alcaide estaban situadas en el torreón sur del castillo, en una zona apacible, con mucha luminosidad y con el suave viento sureño, que hacía muy grata la estancia. Conducido por el viejo Clodo, Pedro de Espinosa se presentó ante el alcaide de la fortaleza, que lo recibió como a todo un caballero. Tras ofrecerle asiento y una copa de vino, Juan de Guzmán Ayala interpeló a nuestro caballero preguntándole como había realizado el viaje, al tiempo que le rogaba manifestara aquel asunto tan urgente del que tenía que hablarle. Cuando el alcaide oyó de labios de Pedro de Espinosa el hallazgo de aquella covacha que hacía las veces de lugar de tortura, el rostro del alcaide palideció de tal manera que parecía que había visto a un ser de ultratumba. Guardó unos segundos de silencio que podían cortarse con el mismo filo de la espada de don Pedro de Espinosa, carraspeó su garganta y con una débil vocecilla confesó que aquel lugar albergaba una historia ya lejana que muy pocos conocían y que nadie estaba dispuesto a contar. Le aconsejó que se olvidara de aquello, pues así lo había decidido el mismísimo Duque. Ante su fallida estrategia, Pedro de Espinosa salió repentinamente de la dependencia del alcaide sin despedirse si quiera de él. Su siguiente paso sería dirigirse al mismo Duque, pero al tiempo que cruzaba la puerta de salida de aquel torreón, Clodo le pasó una nota escrita:” Si tiene usted la intención de ver a su excelencia el Duque, le informo que esta misma mañana ha salido rumbo a Niebla para un asunto familiar. Firmado Juan de Guzmán Ayala, Alcaide de la fortaleza”
Todo se le torcía a nuestro intrépido caballero, pero no estaba dispuesto a abandonar a pesar de cuantas contrariedades surgieran en su investigación. Alguien o algo le llevaría a esclarecer aquel misterio y no descansaría hasta verlo resuelto, mira por donde, sin pretenderlo, ante sus ojos tenía una verdadera historia, un auténtico acontecimiento que jamás pudo imaginar y que sin saber por qué, le servían en bandeja.
Pensó que lo mejor que podía hacer para descifrar aquel rompecabezas era volver al principio, y que la solución tenía que está oculta, de alguna manera, en aquella torre, donde aparecían esas pintadas. Sería las mismas piedras de aquellos muros, las que le hablarían de lo que realmente ocurrió. Comenzó a examinar palmo a palmo cada pared, ángulo, piedra, vigas de maderas fosilizadas ya por el pasar del tiempo, todo fue minuciosamente explorado. No había pasadizo alguno, ninguna piedra fuera de su sitio, nada que pudiera llamar la atención de Pedro de Espinosa, Cansado, aturdido e incluso casi derrotado, estuvo a punto de abandonar, recoger sus enseres y olvidarse de aquella historia sin sentido. Fantasmas, entes, seres de otros mundos, espectros… todo sería fruto de su imaginación.
Sentado en los escalones y con la mirada clavada en los guijarros del suelo, Pedro de Espinosa reflexionaba, estaba absorto en sus pensamientos y sumergido en un mar de dudas. El silencio quedó roto por el impacto de un murciélago que se estrelló contra la pared y que había salido de una especie de claraboya situada en el techo de aquel último rellano de la torre. Aquel quiróptero había surgido de un hueco que había entre la pared y los cristales de aquella claraboya. Con la ilusión recobrada, Pedro de Espinosa escudriñó aquel agujero, metiendo su mano hasta la altura del codo. Cuando las yemas de sus dedos acertaron a rozar un objeto depositado en el fondo de aquella oquedad, su corazón comenzó a palpitar de manera acelerada, del mismo modo que lo había hecho con antelación en otras ocasiones. Extrajo un recipiente de metal, era una especie de cajita de lata. Presurosamente quitó la tapa y sacó una especie de pergamino. Tras desenrollarlo, empezó a leer con fruición, de seguro aquello era la respuesta a tantas preguntas.
El escrito estaba realizado con una perfecta caligrafía, la letra uniforme y clara, evidenciaba que su autor fue alguien con la suficiente preparación académica que, con casi toda probabilidad, estaba a las órdenes del Duque.
Pedro de Espinosa comenzó a leer: ”Esta es la historia de Alberto, hijo que fue del alcaide Zebedeo Velázquez de Ávila, que murió en esta torre con tan sólo treinta y ocho años. Su padre lo había cruelmente castigado a la temprana edad de ocho años, al poco tiempo de quedar huérfano de su madre. El niño se aburría sobremanera entre las paredes de esta fortaleza y en su ingenuidad no se le ocurrió otra cosa, que dedicarse a pintar su nombre en todos los muros de la torre. Cansado el alcaide de tanta travesura infantil y de la desobediencia del pequeño Alberto, un día decidió encerrarlo en una pequeña habitación. Así, sin ver la luz del sol, Alberto estuvo por treinta larguísimos años, hasta que un desgraciado día de noviembre fue hallado muerto en su cárcel particular, se había cortado las venas con los trozos rotos del cristal del pequeño ventanuco. Al enterarse el alcaide de aquel desagradable suceso, enloqueció y una noche de espesa niebla, dicen que lo vieron arrojarse al vacío desde la Torre del Homenaje. El Duque prohibió a todos sus sirvientes y soldados hablar de aquellas muertes, amenazando con la reclusión perpetua a todo aquel que osara publicar aquel lamentable desenlace. Sin embargo, mi interior me dice que si esta historia no ve la luz algún día, el alma de Alberto no podrá descansar y vagará por toda la eternidad entre los muros de esta fortaleza…”
El final de aquel relato estaba inacabado, algo debió ocurrir cuando su autor no pudo culminar la narración de los hechos. Eso explicaría de alguna manera la razón de tan oculto mensaje, seguramente nuestro testigo se vio sorprendido por el Duque o algún secretario suyo, y escondió el pergamino rápidamente en aquel escondrijo. Quizás con la intención de reanudar, cuando el momento fuera posible, el hilo conductor de aquella fascinante historia. Algo debió de pasarle a aquel personaje, quizás murió o quedó preso para siempre en alguna mazmorra de la fortaleza o, incluso del palacio, lo cierto es que no pudo finalizar su obra, y sobre todo, lo más importante, que el mundo conociera la triste historia de un niño llamado Alberto, víctima de la crueldad y maldad de un hombre que antepuso su cargo de alcaide al amor de un padre para con su hijo.
Ahora, gracias a Pedro de Espinosa, la penosa vida de Alberto quedaba eternizada entre las páginas de su primer libro de caballería, Con ello, nuestro caballero vio un sueño cumplido, la de publicar una obra que sumergiera al lector en el sugerente mundo del misterio. Pero, sobre todo, Pedro de Espinosa era feliz porque al fin había liberado el alma de aquel desdichado, que ya podía descansar en paz por los siglos de los siglos.
Y cuentan las lenguas de los lugareños, que cuando esta historia vio la luz, las pintadas de sangre de las paredes desaparecieron y con ellas desapareció también el misterio de la torre.
