Sexo vivo (7)
Maduros
Jota Siroco.-Al acabar no se decían “te quiero”, porque había pasado demasiado tiempo sin confesárselo, pero sus olvidados orgasmos eran una prueba más de que aún estaban dispuestos para recuperar su romance.
Años hacía, para qué negarlo, que no conseguía tal erección. Bueno, casi los mismos que ella no aceptaba caricias. La televisión ya no era un espejo, ellos se habían convertido en los protagonistas.
El sofá se convirtió en su patria, en su fe y, gracias a Dios, en su Infierno.
De los anónimos cuerpos que llenaban la pantalla sacaban la fuerza.
Entre las sombras del salón, solos, después de la misa, la novena y el vermut, se reencotraban con su piel repetida, con su ausencia de secretos…pero lentamente, eso sí, a veces demasiado lentamente, la imagen hacía los efectos de la química y se amaban miméticos, aunque la imposibilidad de algunas posturas…las dimensiones de algunos órganos…la fluidez de algunos sexos…les hacía soñar con su ya vieja juventud.
¡Vaya que sí!
