LA IDEOLOGÍA NO ES EL PROBLEMA; EL PROBLEMA ES NEGARLA
Fernando Cabral.-Una de las grandes victorias de la Batalla Cultural de nuestro tiempo consiste en haber conseguido que «ideología» suene como un insulto. Nadie presume de ella. Siempre es el otro quien la tiene. El adversario está ideologizado; uno mismo simplemente describe los hechos. El otro deforma la realidad; nosotros nos limitamos a contemplarla con objetividad. Es una ficción extraordinariamente eficaz.
Kim Stanley Robinson, en su novela El Ministerio del Futuro, recuerda algo que la política parece haber olvidado: la ideología no es una enfermedad del pensamiento, sino una condición del pensamiento. Todos tenemos una ideología. Ningún ser humano puede enfrentarse a la inmensidad del mundo sin construir previamente un relato que ordene la experiencia. La realidad existe, por supuesto, pero es demasiado compleja para ser captada en su totalidad. Necesitamos mapas para recorrer el territorio. Esos mapas son nuestras ideologías.
La cuestión, por tanto, nunca ha sido si vivimos con ideología o sin ella. La cuestión es qué clase de ideología utilizamos y, sobre todo, hasta qué punto estamos dispuestos a corregirla cuando deja de explicar el mundo.
Sin embargo, buena parte del discurso político actual descansa sobre una impostura. Se presenta como «sentido común» aquello que no deja de ser una determinada visión del mundo. Las decisiones económicas aparecen como inevitables. Los modelos de crecimiento como leyes naturales. Las prioridades presupuestarias como exigencias técnicas. El mercado sustituye a la política y la gestión reemplaza al conflicto democrático. Es una vieja operación intelectual: convertir una opción política en una necesidad histórica.
Quien consigue que su ideología deje de parecer una ideología obtiene una ventaja decisiva. Ya no necesita defender sus presupuestos; basta con presentar cualquier alternativa como una extravagancia ideológica. El poder alcanza entonces una de sus formas más sofisticadas: hacerse invisible.
Pero Robinson introduce un matiz decisivo. No todas las ideologías son iguales. Existe una diferencia fundamental entre un sistema de ideas que se protege de la realidad y otro que acepta ser corregido por ella. Ahí reside la singularidad de la ciencia. No porque carezca de presupuestos —también los tiene—, sino porque ha institucionalizado la duda. Su autoridad no proviene de proclamarse infalible, sino de haber convertido la rectificación en una virtud. La política debería aprender algo de esa actitud.
Vivimos rodeados de identidades políticas que funcionan como equipos deportivos. Los hechos importan menos que la tribu que los interpreta. Si una evidencia contradice nuestras convicciones, peor para la evidencia. Siempre habrá una explicación alternativa, una conspiración o un enemigo dispuesto a manipular los datos. Las redes sociales han acelerado esa deriva hasta convertir la discusión pública en una competición por confirmar prejuicios.
El resultado es paradójico. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, sin embargo, pocas veces había sido tan difícil compartir una realidad común.
Quizá el verdadero problema de las democracias no sea el exceso de ideología, sino la escasez de ideologías capaces de dialogar con los hechos. Porque una ideología no debería ser una prisión intelectual, sino una herramienta para comprender un mundo que cambia constantemente. Cuando deja de cumplir esa función, se convierte en dogma.
Resulta revelador que quienes más insisten en gobernar «sin ideología» acostumbren a defender con enorme firmeza un determinado orden económico, una concreta concepción del sistema, una idea precisa de la libertad o una jerarquía particular de derechos. Lo que llaman neutralidad suele ser, simplemente, la ideología que está teniendo éxito. Tan integrada en las instituciones y en el lenguaje cotidiano que ha dejado de parecer una elección.
Por eso la cuestión no consiste en expulsar la ideología de la política. Eso es imposible. Consiste en exigir que nuestras ideologías sean lo bastante honestas para reconocer sus límites y lo bastante abiertas para aprender de la realidad. La peor ideología no es la que se reconoce como tal. Es la que consigue disfrazarse de naturaleza, de técnica o de simple sentido común. Porque cuando una sociedad deja de discutir sus ideas creyendo que ya solo administra hechos, ha empezado a renunciar, silenciosamente, a la política.
La ideología no es el problema, por tanto; el problema es negarla porque negarla nunca ha hecho desaparecer las ideas. Solo las ha vuelto invisibles. Y pocas cosas resultan más peligrosas que una ideología que consigue presentarse como si fuera simplemente la realidad.




