LA SEGURIDAD, ESA OPORTUNA COARTADA
Fernando Cabral.-La conocida advertencia atribuida a Benjamin Franklin -”quienes renuncian a la libertad esencial para comprar un poco de seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad”- sigue siendo una de las reflexiones políticas más citadas y debatidas de la modernidad. Aunque fue formulada en el siglo XVIII, su vigencia en el contexto político mundial actual es innegable. En un mundo atravesado por crisis múltiples y simultáneas y de retrocesos en derechos humanos, la tensión entre libertad y seguridad se ha convertido en uno de los ejes centrales del debate político global.
La historia política está llena de ejemplos donde la promesa de seguridad ha sido utilizada como excusa para eliminar derechos fundamentales. La estrategia es siempre la misma: ante una amenaza real o simulada, se exagera el miedo y, con ello, se justifica el recorte de libertades bajo el argumento de que es por el «bien común». Pero la realidad es otra. La seguridad nunca ha sido el fin; ha sido la excusa perfecta para que los poderosos fortalezcan su control sobre los demás.
Lo que nos venden como medidas de “seguridad” son en realidad maniobras para limitar nuestra capacidad de actuar, pensar y opinar libremente. El miedo es el terreno fértil en el que germinan las dictaduras y los regímenes autoritarios. En nombre de la protección, nos hacen entregar nuestras libertades, y lo peor de todo es que lo hacemos sin rechistar, convencidos de que es el único camino.
Este es el truco: nos convencen de que perder una parte de nuestra libertad a cambio de seguridad es un «buen negocio». Pero, ¿a qué precio? En el momento que aceptamos la idea de que nuestra seguridad depende de la renuncia a nuestros derechos, estamos entregando nuestra humanidad. Nos convierten en seres gestionados, monitoreados, controlados, mientras nos venden la ilusión de que estamos a salvo.
Lo que se olvida en esta ecuación es que la verdadera seguridad no es la que nos otorgan gobiernos y corporaciones, sino la que surge de una sociedad libre, informada y activa. Cuando nos quitan nuestras libertades, nos roban nuestra capacidad para cuestionar, para organizarnos, para luchar. Nos convierten en víctimas dispuestas a aceptar cualquier sacrificio porque nos han inculcado que la única forma de sobrevivir es entregarlo todo.
La vigilancia masiva, las leyes antiterroristas, el control de la información, la represión de la protesta, todo eso se presenta como necesario para «protegernos». Pero la protección no puede basarse en el miedo. La protección verdadera solo se consigue cuando las personas son libres para expresar sus ideas, para luchar por sus derechos y para resistir las injusticias. Si lo que llaman “seguridad” significa perder nuestra capacidad de decidir, de pensar, de actuar, entonces no queremos esa seguridad.
La seguridad que nos venden es solo una ilusión, una cortina de humo para justificar un sistema que tiene más que ver con el control que con la protección. No se trata de enfrentar amenazas externas, sino de mantener a la población bajo control. Cuanto más nos hacen temer, más fácil es someterse. Pero la libertad no se puede negociar, no puede ser un precio a pagar por la falsa promesa de seguridad.
Es hora de dejar claro que la verdadera amenaza no es el terrorismo, el crimen o la inestabilidad. La verdadera amenaza es un Estado que, en nombre de nuestra seguridad, nos arrebata nuestra capacidad de ser libres. El peligro real es una sociedad que renuncia a su poder y lo entrega a aquellos que nos prometen protección. La seguridad, cuando se convierte en coartada para suprimir libertades, no es solo una mentira: es un asalto a la dignidad humana.
Así, la frase de Franklin sigue funcionando como una advertencia incómoda pero necesaria. Nos recuerda que la libertad no se pierde de golpe, sino gradualmente, a través de concesiones justificadas por la urgencia del momento. En un mundo marcado por la incertidumbre, la tentación de cambiar derechos por promesas de seguridad es constante. Resistir esa tentación es, quizá, una de las pruebas políticas más importantes de nuestro tiempo.
