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13 de Febrero de 2010

Imagen activa¿Cómo podía yo decirle a la encandilada maestra que no había leído el libro, que sólo leí con urgencia la reseña de la contraportada y que a partir de ahí empecé a escribir lo que me iba saliendo de los huevos, volátiles conceptos que sirven para todo, sonoras vacuidades que, porque suenan bien, parecen decir algo?

Gallardoski.-Una vez gané un concurso escolar de comentarios de texto. El libro que había que comentar era "La Metamorfosis" de Franz Kazka. La maestra, pobrecita, se deshizo en elogios hacia mi persona. Yo, sólo yo, había entendido el profundo significado de la obra y mi comentario estaba lleno de belleza y de poesía. No había recurrido a copiar largos párrafos del libro para ilustrar una idea, afirmaba emocionada mi maestra, que ésa había sido la treta de otros compañeros con alma de tesina que llenaron así, con esa erudición bastarda de las citas, varias cuartillas. Mi comentario era fresco, trabajado, lleno de fuerza y estilo y no como el de aquellos cabrones empollones que estaban acostumbrados a ganarlo todo a fuerza de peloteo e impostura. Cuando la maestra puso fin a sus alabanzas, algunas niñas me miraban admiradas y los compañeros borraban para siempre mi nombre de la alineación del equipo de fútbol.

¿Cómo podía yo decirle a la encandilada maestra que no había leído el libro, que sólo leí con urgencia la reseña de la contraportada y que a partir de ahí empecé a escribir lo que me iba saliendo de los huevos, volátiles conceptos que sirven para todo, sonoras vacuidades que, porque suenan bien, parecen decir algo?

¿Cómo decirle que era mi trabajo pura verborrea literaria, de esa que gusta a las cándidas maestras, impenitentes descubridoras de talentos literarios?. Era el principio de la mentira.

Al poco tiempo de este suceso, tuvo lugar en aquel colegio otro acontecimiento sustancial:

Llegó un maestro barbudo y atlético que impartía clases de lo que entonces se llamaba educación física. El primer día nos formó a todos en el patio y nos confio sus planes académicos, a saber; las niñas se dedicarían a jugar al baloncesto y a los niños nos reservaba una sorpresa especial ¡Jugar al fútbol!. Total, lo de siempre. Era el principio de la decepción.

Resultó que había chavales para formar dos equipos, así que se procedió a escoger los jugadores de cada uno de ellos. El maestro permitió que nosotros mismos hicíeramos la selección.

Después de que se compincharan los ases del balón entre ellos, nos fuimos quedando sin equipo ( pues sólo a un gilipollas profundo o a un santo varón se les hubiera ocurrido escogernos) la galería de monstruos; los gordos, los mariquitas y los torpes.

Para nuestra desgracia el maestro de educación física era un gilipollas profundo o un santo varón, y puso el grito en el cielo ante aquella flagrante marginación a la que se sometía a la parada de los monstruos. ¡No os da verguenza- clamaba- dejar fuera del juego a vuestros compañeros sólo porque sean...! Y aquí procedía haber dicho; gordos, maricones, pazguatos...pero el hombre se calló.

El capullo con sus humos de apostol comprensivo iba a jodernos el curso y quién sabe si a algunos la vida. Nosotros siempre habíamos aceptado nuestro sino y en aquellas horas de fútbol paseábamos tranquilamente por el patio del colegio, mirábamos los muslos de las niñas en calzones jugando al baloncesto o nos íbamos a fumar cigarrillos por los rincones. Así, mientras los artistas del balón daban patadas y chillaban muchísimo, nosotros jugábamos a las prendas con las chicas y los que no éramos demasido feos ni maricones, sino simplemente torpes congénitos, nos hinchábamos a meter mano y a dar besos en la boca con toda la lengua que pudiéramos.

Yo, por ejemplo, tenía grandes amigos futbolistas que me estimaban, pero sabíamos que una cosa era la amistad y otra el deporte. Tuvo que llegar aquel maestro, aquel Jesusito de mi Vida para complicarlo todo. Se empeñó en que todo el que quiere puede y nos obligó, con los lisiados y tarados de otros cursos, a formar un equipo de fútbol de que él, oh emancipador de los inútiles, sería entusiasta entrenador y romántico protector.

El equipo resultó, como era de esperar, un desastre patético. Nuestros amigos futboleros no nos perdonarían jamás el ridículo que hacíamos y las niñas, sin nadie que las rondara, se aficionaron a mirar jugar a los maromos. El libertador nos quitó las novias, la libertad y hasta la dignidad de decir a tomar por el culo el fútbol. Era el principio del fracaso y de la manipulación.

 
 
   
 
     
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