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Carta al REy (Melchor)
 
 
 
 
   
 
Carta al REy (Melchor) PDF Imprimir E-mail
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07 de Diciembre de 2008

Imagen activaComprendí que nadie viene ni del cielo, ni del planeta Ratikulín (que me gusta ese planeta) a regalarnos nada y que, como decía Víctor Jara, nuestras manos son lo único que tenemos. Nuestras manos y nuestros brazos, para poder dar así un rotundo corte de mangas a quien se lo merezca. Y, claro, me hice republicano

Gallardoski                                                            Querido rey Melchor:
Anda uno ya por los cuarenta y lleva desde que tuvo cinco, dudando de tu existencia y, lo que es peor, dudando de tus intenciones. No conocí, cuando tuve edad, ningún chiquillo ni chiquilla, que mereciera tu desprecio y el de tus dos colegas y sin embargo, he sufrido como casi todos por este hemisferio, vuestra dicotomía simplista de “buenos” y “malos”.

He vivido mañanas desoladas del seis de enero, en las que vuestra ausencia o lo que aún era peor: vuestra lastimera y raquítica presencia, me produjo más que dolor, más que tristeza, una vergüenza infinita, porque esa era la segunda parte de la tradición y la farsa: no bastaba con recibir los frutos del chantaje moral al que éramos sometidos los enanos del mundo occidental, resultaba además preceptivo, salir a exhibirlos por las calles del barrio.

A ver dónde iba a ir uno y con qué cara, cargado con su Fuerte de plástico de los Confederados del Sur y con los muñecos también de plástico que parecían diseñados por un pederasta cruel, si se me permite el pleonasmo. En la segunda mitad de los años setenta, la bicicleta y, algo más tarde, el monopatín, eran los presentes más codiciados por la población infantil masculina. La población infantil femenina, se conformaba con recién nacidos de trapo que eructaban y cagaban como condenados, en un alarde técnico y robótico, encomiable para la época.

Huelga decir que jamás poseí ni bicicleta ni monopatín, y fíjate, Melchorcito de los cojones, que era tal mi conciencia de clase ya, a tan tierna edad, o mejor: era tal mi resignación, que jamás pedí en la carta que se os mandaba al lejano Oriente, ninguno de los dos tesoros, acaso porque mi abuela se encargaba siempre de sentenciar las posibilidades económicas de vuestro reinado.

Para mí el mundo no se dividía en buenos y malos, como para vosotros y para mis viejos. Para mí la división era entre ricos y pobres y esa división se complicaba porque los pobres, los muy capullos, tenían la voluntad de dejar de serlo. Y los ricos, ya sabes tú, Melchor, que vives entre palacios de invierno y de verano, no estaban por la labor.

Luego, ya más crecidito, me dijo uno que a eso se le llamaba “lucha de clases” para años más tarde, enterarme que la partera de la historia había periclitado su ciclo y que ya no había lucha de clases, que se había firmado la paz y el fin de la historia. Pero, querido Melchor, eso son otras fantasías, ahora hablamos de aquellos lejanos años.

Pensaba uno, desde su tontería, viendo cómo el hijoputa de segundo curso de lo que antes se llamaba Educación General Básica, iba ya por su cuarta o quinta bicicleta “BH” y tenía medio batallón de Madelmans, siendo como se ha dicho un hijoputa lamentable y faltón, que uno se merecía más la bicicleta, y hasta un condado en el Perú, de lo bueno que había sido.

Pensaba uno que el mundo era injusto y vuestros gestos también, que lo que había nacido de una tradición del año cero de nuestra era, se había convertido en una escenificación social para la que uno ni había estudiado, ni estaba preparado. Aferrado a la utopía, mi hermano y yo nos decíamos, temiendo lo peor: “Tío, pero al final los Reyes Magos, estos, se portarán y comprenderán que nuestros pecados y nuestras maldades son veniales y decididamente perdonables”.

Esa madrugada vuestra del cinco de enero, en el que los chiquillos tiemblan de emoción cegados por la fantasía, la pasaba uno angustiado por su conciencia, porque la religión a la que representáis, por muy arabescos que fueran vuestros atavíos, había nombrado pecado la mayoría de las cosas que pueden pasar por la mente de un ser humano. En aquellas noches lentísimas, descubrí que la mente, el pensamiento, eran la libertad…algunos de los vuestros llamaron al pensamiento “demonio” “Satanás” o “tentación”. El día que por fin me enteré del timo, mi querido rey Melchor, me harté de reír y abracé con fuerza a mi hermano, sabiendo que ni él, ni yo, teníamos culpas ni merecíamos castigos.

Comprendí que nadie viene ni del cielo, ni del planeta Ratikulín (que me gusta ese planeta) a regalarnos nada y que, como decía Víctor Jara, nuestras manos son lo único que tenemos. Nuestras manos y nuestros brazos, para poder dar así un rotundo corte de mangas a quien se lo merezca. Y, claro, me hice republicano

 
 
   
 
     
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